EL COCODRILO DEL 7 DE OCTUBRE: ENTRE LA COMPASIÓN Y LA SUPERVIVENCIA

Posteado el Lun, 02/02/2026 - 10:54
Autor
Yehuda Meitav
Fuente
redes sociales

Autor Yehuda Meitav

Fuente redes sociales

El cocodrilo del 7 de octubre: entre la compasión y la supervivencia

Hay un antiguo cuento popular llamado "El Cocodrilo y la Anciana". Una mujer vive a la orilla de un lago. Aparece un pequeño cocodrilo. Está débil, así que lo alimenta. A medida que crece, sus necesidades aumentan. Sigue alimentándolo. Se vuelve más fuerte, más audaz, menos temeroso. Un día, la devora. La moraleja es simple: la compasión no cambia la naturaleza de un depredador; sólo lo hace más fuerte. Nací en una familia mizrají (originaria de Oriente Medio o el norte de África). Mi padre era tunecino y mi madre yemení. Más adelante, me trasladaron a un kibutz, un mundo predominantemente asquenazí, compuesto en gran parte por supervivientes del Holocausto. Esto me brindó una perspectiva poco común en Israel. Crecí entre dos mundos judíos: el de Oriente Medio y el europeo. Dos historias, dos traumas, dos maneras de entender el peligro, la confianza y la supervivencia. Mis padres provenían de países árabes. Vivieron entre musulmanes durante generaciones. Conocían el idioma, la psicología, los códigos, las sonrisas y lo que se escondía tras ellos. No odiaban a los árabes, pero tampoco los idealizaban. Entendían cómo funcionan el honor, el poder, la religión y el miedo en ese mundo. Los judíos europeos, en cambio, tenían una historia diferente. Provenían de la «Europa de la Ilustración», del socialismo y el universalismo. Creían en la similitud fundamental entre los seres humanos y pensaban que la buena voluntad siempre sería recíproca. Esta cosmovisión influyó en la creación de kibutzim, movimientos por la paz y el deseo de construir puentes entre comunidades. Esta divergencia cultural aún existe en Israel. No se trata de juzgar cuál es superior, sino de reconocer las distintas realidades de cada civilización. Las comunidades más devastadas por el ataque del 7 de octubre fueron principalmente kibutzim fronterizos: de izquierda, humanitarios y comprometidos con la paz. Estas personas facilitaron el acceso a la atención médica a los gazatíes, llevándolos a hospitales israelíes, recaudando fondos, ofreciendo empleo y desarrollando proyectos conjuntos, convencidos de que su buena voluntad sería recíproca. Lo que muchos no comprendieron fue que, mientras alimentaban al cocodrilo, este crecía. Este apoyo, ofrecido sin sospechas, permitió que el peligro se desarrollara gradualmente, sin que la mayoría se diera cuenta. La amenaza crecía silenciosamente, alimentada por una confianza que parecía natural y reconfortante. Después del 7 de octubre, encontramos mapas de los kibutzim, listas de nombres, planos de casas, notas que indicaban dónde dormían los niños, dónde estaba el perro, a quién matar primero, etc. No se trataba de ira; era información recopilada cuidadosamente durante años. Esta información provenía del acceso, la confianza y la proximidad, de la misma apertura diseñada para crear paz. Esta meticulosa organización reveló que la amenaza no era improvisada, sino cultivada en la sombra mediante una relación de confianza. Esto es taqiyya (engaño y artimañas para lograr ciertos fines) en la práctica. Sonrisas, cooperación y dependencia se usaron para preparar una masacre. Tras una fachada de cordialidad y apoyo mutuo, la confianza se desvió al servicio de un plan destructivo, ocultando verdaderas intenciones bajo la apariencia de buena voluntad. Los judíos mizrajíes advirtieron sobre esto durante décadas, no por odio, sino por memoria. Sabían que en Oriente Medio se respeta el poder, no la buena voluntad. La debilidad no encuentra compasión; se explota. Su experiencia sirvió de advertencia contra la peligrosa ingenuidad, enfatizando que la seguridad no reside en la bondad, sino en la fuerza. El 7 de octubre obligó incluso a los israelíes más idealistas a afrontar esta realidad. Muchos de quienes una vez creyeron en la coexistencia absoluta ahora dicen que ya no confían en lo que hay al otro lado de la valla. El cocodrilo mostró los dientes. Ese día, la confianza se desmoronó, sustituida por la duda y el miedo ante una amenaza que se había hecho visible. Lo que me preocupa ahora no es solo Israel. Es la diáspora judía en Occidente: Nueva York, Londres, Sídney, París. Muchos aún ven el mundo a través de la óptica europea. Asumen que todos se rigen por las mismas reglas morales. Creen que el islam radical es solo otra opinión política. Asumen que la tolerancia se corresponde con la tolerancia. Esta visión del mundo, anclada en la universalidad de los valores, los expone a riesgos similares a los que experimentan en Israel, debido al exceso de confianza y la subestimación del peligro. Mientras tanto, el cocodrilo nada entre ellos. Se observa en la intimidación callejera, en los llamamientos abiertos a la violencia, en las multitudes hostiles, en los ataques a barrios e instituciones judías. Se observa en los políticos que lo apaciguan a cambio de votos electorales, ya sea Mamdani en Nueva York o el alcalde de Londres. Incluso se observa entre los judíos que creen actuar con virtuosismo mientras contribuyen a fortalecer ideas que los desprecian. La amenaza está presente, a menudo ignorada o minimizada, pero se está infiltrando en el tejido social. La anciana creía ser bondadosa; en realidad, alimentaba a su propio atormentador. Esta historia ilustra la tragedia de la bondad mal dirigida: creer que se hace el bien mientras se fortalece aquello que, en última instancia, causará la propia destrucción. No pretendo poseer la verdad absoluta. Comparto lo que un niño mizrají criado entre asquenazíes aprendió viviendo entre dos mundos. El 7 de octubre no fue solo un ataque. Fue una revelación de lo que sucede cuando se confunde a un cocodrilo con un vecino. Fue una llamada de atención, invitándonos a repensar la naturaleza de la confianza y el discernimiento necesario ante el peligro. Esta reflexión exige cautela y claridad para que una amenaza no se perpetúe por exceso de confianza. Tal vez sea hora de que, en Israel y en la diáspora, dejemos de alimentar al cocodrilo.

Texto de Yehuda Meitav, traducido del original.

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