Ser judío
Soledad Morillo Belloso
Hay mil maneras de ser judío, ninguna es suficiente para dejar de serlo.
Hay quienes nacen judíos y quienes se hacen judíos. Hay quienes lo son por linaje, por rito, por historia, por elección, por memoria, por herida, por esperanza. Hay quienes lo son en la sinagoga y quienes lo son en la cocina, en el idioma que se escapa entre dientes, en el rezo que se murmura sin saber ya si es plegaria o canción de cuna. Hay judíos que llevan kipá y otros que llevan cicatrices. Judíos que celebran el Shabat con vino y pan trenzado, y otros que lo hacen con silencio y ausencia. Hay judíos que hablan hebreo, yiddish, ladino, árabe, ruso, español, francés, inglés, y todos los idiomas del exilio. Hay judíos que creen en Dios, y otros que creen en la memoria, que es otra forma de fe. Hay mil maneras de ser judío. Tantas como historias, como nombres, como abuelas que contaban cuentos al borde de la cama. Tantas como trenes que partieron, como barcos que llegaron, como cartas que nunca fueron respondidas. Tantas como formas de resistir, de reír, de llorar, de recordar. Pero no hay manera de dejar de serlo. No porque lo imponga una ley o una tradición, sino porque ser judío es una forma de estar en el mundo con la conciencia de la fragilidad y la persistencia. Porque incluso quien reniega, quien se aleja, quien olvida, lleva en su sombra la marca de un pueblo que ha hecho de la supervivencia un arte y de la identidad un tejido que no se deshilacha. Ser judío no es solo una religión. Es una historia que se hereda, una pregunta que se repite, una herida que se transforma en canto. Es una forma de mirar el mundo con ironía y ternura, con sospecha y compasión. Es saber que la libertad se gana cada día, y que la justicia no es un lujo, sino una urgencia. Hay mil maneras de ser judío. Y todas son verdaderas. Y ninguna es suficiente para dejar de serlo.
Eso lo entendí hace mucho tiempo.
Shabat Shalom