Ud. está aquí“Mi judaísmo es natural, no necesito alabarlo o denigrarlo” - Homenaje póstumo a MANUELA FINGUERET

“Mi judaísmo es natural, no necesito alabarlo o denigrarlo” - Homenaje póstumo a MANUELA FINGUERET


Publicado por: David Salischiker el 12 Marzo 2013

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Autor: 
Julián Blejmar
Fuente: 
Para Plural JAI

 

Queremos compartir este reportaje a Manuela Fingueret (Z'L) que no llegamos a publicar antes de enterarnos hoy de su fallecimiento. Va el merecido homenaje de Plural JAI. Bendita sea su memoria.

 


 

Deben ser pocos los porteños, judíos, y/o “clases media” que no se vean reflejados en algunos de las tramas y personajes de la extensa obra de Manuela Fingueret. Poetisa, narradora, ensayista, y periodista, entre sus más de veinte libros ha publicado “Blues de la calle Leiva”, “Soberbias argentinas”, “Ajo para el diablo” e “Hija del silencio”, -esta última traducida al inglés y ampliamente elogiada por la crítica de Estados Unidos-, o “César Tiempo: Un argentino y judío comprometido”. Asimismo, suele colaborar con la revista Caras y Caretas y el diario Página/12, y es conductora de un ciclo cultural radial en Radio Nacional Folklórica.

Fingueret recibió a Plural JAI en su departamento de Barrio Norte, donde comenzó haciendo referencia a la influencia que tuvo en su literatura las vivencias de su infancia. “Desde niña acompañaba a mi madre en la tienda de polirubros que ella tenía en Leiva y Otero, es decir en un barrio judío, muy popular y de conventillos. Ella había llegado de Lituania y hablaba muy mal el castellano, pero había logrado ser una mina de barrio y se relacionaba con muchas vecinas, al punto que la tienda era como el bar de las mujeres, porque ellas venían a chusmear, y yo estaba muy atenta a todo lo que ahí transcurría, que para mí era fascinante, porque escuchaba todo tipo de historias y observaba diferentes modos de narrar, por parte de judíos, gallegos, italianos, o gente venida del interior. Era, además, un momento muy particular, plena época del peronismo, donde la gente vivía más o menos bien, y muchas de las clientas pertenecían a la flamante clase media baja del peronismo. “Blues de la calle Leiva” fue el libro en el que reflejé, en clave de ficción, muchas de esas historias”.

Además del barrio, otro elemento muy presenta en tus obras es el judaísmo ¿De dónde vino esa influencia?
El judaísmo fue siempre parte de mi vida, y vino especialmente de mi papá, un hombre inteligente, culto, informado y muy judío, pero liberal y más bien anarco, militante del partido Bund (Nota de la R: el partido de los judíos socialistas). Él trabajaba de carpintero y estaba muy compenetrado con el sindicato de carpinteros, donde había muchos judíos, pero no dejaba de lado su vida cultural, y ejerció una enorme influencia en todo lo relacionado a un judaísmo abierto y enfocado hacia lo histórico y cultural, así como también en todo lo vinculado a la Shoá, pese a que, a diferencia de mi mamá, no había perdido familiares ahí. Él también consiguió, por medio de un amigo suyo que había conocido en Lituania, que tanto mi hermana como yo pudiésemos obtener becas para estudiar en la Escuela Sholem Aleijem, que terminó siendo otra de mis fuentes de educación judía.

¿Cómo repercutió ese judaísmo en tu vida cotidiana?
El judaísmo forma parte de mi identidad, como el hecho de ser mujer, o escritora. Es inescindible, y lo fue siempre excepto en mi período de militancia de los setenta, donde hubo una espacie de apartamiento. En realidad, yo jamás abjure de mi judaísmo, e incluso eso me provocó conflictos en la izquierda, porque en parte de ese espacio existe un antisemitismo muy marcado, pero en aquellos tiempos no tuve esa impronta que me acompañó en mi vida, donde el judaísmo está incorporado naturalmente, sin necesidad de alabarlo o de denigrarlo. Eso se ve reflejado en todo, desde la educación de mis tres hijos, que no fueron a escuelas judías pero formaron parejas judías, o mi marido que también es muy judío, así como en los festejos que hacemos de Pesaj o Rosh Hashaná, pero también como algo natural y no impuesto. Y surge en todos lados, en reflexiones, pensamientos, situaciones buenas y otras que no lo son, pero no hago de eso una bandera, es parte de mi personalidad.

¿En qué momento, si es que existió, decidiste que serías escritora?
En mi familia hubo momentos económicamente difíciles, pero mi papá nunca nos dejó de regalar un libro por mes. Así que la literatura estaba muy presente, mi hermana y yo éramos muy lectoras, y siempre me destacaba en las famosas composiciones de la escuela primaria, donde recuerdo especialmente haber escrito la obra de teatro para la presentación del acto de egresados. Y empecé a escribir poesías a los catorce años, para luego  comenzar a formar parte de grupos de escritura, en los que llegué a tener como maestro a Mario Morales, quien era editor de la revista Último Reino, y uno de los grandes maestros de la poesía. En 1975 publiqué mi primer libro de poemas, y luego con “Blues de la calle Leiva” me decidí por la novela, en un paso muy difícil y desafiante, porque la poesía abarca otras cosas, de hecho pienso que es la síntesis de la literatura, pero la narrativa permite otra forma de acercamiento y de mayor contacto con la gente. Y por supuesto existió una influencia de una gran cantidad de autores, entre los que puedo mencionar, en poesía a  Dylan Thomas, Cesare Pavese o César Vallejo, y en narrativa desde Dostoievsky hasta Simone de Beauvoir, John Maxwell Coetzee, o Virginia Woolf, y el que cada vez escribe mejor, que es Jorge Luis Borges, un ídolo indiscutido para mí, donde cada vez que lo leo encuentro cosas nuevas. Y entre los escritores judíos, puedo mencionar a Isaac Bashevis Singer, Sholem Aleijem, Bernard Malamud, y el Phillp Roth de la primera etapa. Pero en todos los casos solo nombro los que me viene a la mente, porque en realidad son muchísimos.    

Dos obras tuyas, “Ajo para el diablo” e “Hija del silencio” cruzan el Holocausto y el Proceso argentino. ¿Qué te llevó a abordar estos dos temas de forma simultánea?
Ambas tragedias estaban y bullen dentro de mí. Tengo familiares sobrevivientes de la Shoá y otros Desaparecidos por la dictadura. Y el Proceso en sí mismo me retrotrajo a cuestiones de la Shoá, no porque se puedan comparar, sino por algunos hechos puntuales. En “Hija…” planteo que los sobrevivientes no les cuentan a los hijos, son silentes. En este caso se reproducía la tensión y ese silencio intergeneracional en Rita, que había estado en la Esma  y cuya madre había sobrevivido al Campo de Concentración de Terezín. Rita reconstruye incluso su historia negada como judía, y de fondo se plantea que producen los sobrevivientes en sus hijos. En el caso de “Ajo…”, quise asumir la voz masculina, lo cual fue dificilísimo, pero siempre me planteo algún tipo de desafío. En este caso se trata de una pareja mayor, con una hija que con los años pasó de revolucionaria a trepadora, es decir una especie del que conocemos varios. Esta pareja se va a Berlín, ciudad que conozco muy bien, y aparece el tema del judaísmo y la Shoá, y un país como la Argentina, con sus situaciones de fondo después de los noventa y lo que esa década produjo en las jóvenes generaciones.

¿Qué cosas produjo esa década según tu mirada?
Menem cerró con un moñito lo que comenzó la dictadura, tanto a nivel económico como cultural, porque hubo también una masacre cultural, y los sobrevivientes de esa generación no pasaron indemnes por los noventa. Hubo un cambio de valores, donde lo importante se transformó en llegar al objetivo, que generalmente era poder y dinero, sin importar el camino. Y el 2001 fue una consecuencia de los años de la dictadura y el menemismo, donde el país parecía que se disolvía y marchaba a la guerra civil. Recién ahora mucha gente, o más bien sus hijos, han vuelto a entender que la política en democracia es la única posibilidad de cambio.

También te referís en “Ajo…” a la generación del setenta ¿Qué visión tenés sobre la misma?
La generación del setenta fue una consecuencia de algo mundial, basta pensar en el mayo francés y otros movimientos, donde parecía que la revolución estaba a la vuelta de la esquina. Fue una gran equivocación estratégica, que comenzó con el Che en Bolivia, pensando que los pueblos iban a acompañar la revolución. Y estaba también ese vanguardismo de izquierda, creyendo que podrían educar a los pueblos en su objetivo. Igual, hoy es mucho más fácil de criticar y difícil de mirarlo con los ojos de ese momento, pero en aquel entonces, a pesar de que yo tenía claro que la lucha armada no era el camino, había cosas que se podían mirar con simpatía.

En la novela también haces una crítica al psicoanálisis…
Me referí a los lacanianos, no por experiencias personales de terapia, sino por haber conocido gente cercana que pasaron del dios Freud al dios Lacan, pero a mí me da que pensar el auge que tuvieron durante la dictadura, cuando se hicieron de todas las cátedras en la facultad de psicología, y durante el menemismo. Esto me llevó a reflexionar que el estilo de terapia que hacen puede o no modificar estructuras individuales, pero no modifica las estructuras sociales, y además no sé cómo, pero el gremio debería separar a ciertos psicólogos y psicoanalistas que le hacen mucho daño a sus pacientes.

Te definís como una “kirchnerista crítica”. ¿Por qué kirchnerista y por qué crítica?
No me gustan ciertos funcionarios y políticas que no me las explico demasiado, como el tema de transporte, la falta de una reforma fiscal, o las falencias en la implementación y explicación del cepo cambiario. Entiendo sí que hay muchos frentes abiertos, y no es fácil, pero hay cosas que siguen siendo imprescindibles de hacer. Y me molesta mucho que se vuelva a usar ese argumento del menemismo que decía que el que tiene pruebas que vaya a la Justicia. Eso me molesta de cualquier gobierno, porque las pruebas sobre la corrupción son difíciles de obtener, pero los mismos gobiernos saben ciertas cosas, y por lo tanto hay gente que no debería estar, por sus negociados y también por incapacidad. Debo decir que esto igualmente tiene que ver con una estructura estatal burocrática y corrupta que se instaló como natural. También creo que hay un desprecio y algo de revanchismo con la clase media, que si bien es cierto que es una clase muy complicada y veleta, como se puede ver con su votación por Mauricio Macri o con el intenso odio que muchos tienen sobre Cristina, no menos real es que debe ser incluida en los planes de gobierno, por ejemplo facilitando su acceso a la vivencia. Pero apoyo totalmente las importantes reformas que se hicieron en estos años, que nunca pensé que las iba a vivir, así como las que se siguen haciendo, las cuales ni tiene sentido que las nombre porque están a la vista de todos.

 


La comunidad y sus instituciones
A la hora de definir a las instituciones centrales de la comunidad judía, Fingueret es tajante. ”Creo que son un desastre, afirma, y es culpa nuestra. En primer lugar, porque con la llegada de democracia no se democratizó la Carta Orgánica de Amia y Daia, y en segunda instancia porque la dirigencia no tomó en cuenta el avance de los religiosos y su verticalidad de trabajo, con lo que no se preocupó de convencer al grueso de la comunidad que se asocie para realizar cambios. Yo soy socia y voto, ojalá Plural JAI pueda ganar las próximas elecciones y logre cambiar algunas cosas, pero tengo mis dudas, porque muchas veces está todo bien en la campaña, pero en el poder es muy distinto”.


Su polémica con Aguinis y la banalización de la Shoá.
Manuela Fingueret fue uno de los intelectuales que con más fuerza respondió la columna que el escritor Marcos Aguinis publicó en el diario La Nación (http://www.lanacion.com.ar/1500963-el-veneno-de-la-epica-kirchnerista) mediante una columna publicada pocos días más tarde en Página/12 (http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/202088-60301-2012-08-29.html). En relación a esa situación, la escritora señala que “Me pareció brutal lo que Aguinis escribió. Es tanto el odio que desde algunos sectores se le tiene a los Kirchner, que no miden lo que dicen. Incluso un tipo tan ilustrado como Aguinis, puede llegar a decir lo que dijo, de una forma que ni siquiera es banal sino realmente horrible. Me pareció que alguien tenía que contestarle de manera fuerte, de ahí mi respuesta. Yo tuve, aún en las disidencias, un muy buen vínculo con Marcos a nivel personal, pero para mí eso fue un corte total, y de preguntarme qué había pasado con este hombre. Porque la comparación entre el nazismo y ciertos movimientos kirchneristas no solo no es ingenua, sino que además remite a una utilización espuria de la Shoá, pues muchos judíos sacan a relucir esta tragedia como argumento para cualquier otra discusión, prestando a confusión sus opiniones personales con cuestiones referidas a la Shoa”.

* La presente entrevista fue realizada el 17 de enero de 2013
 

 

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