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“La Comuna nos permitió crecer”


Publicado por: David Salischiker el 04 Noviembre 2010

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Autor: 
Julián Blejmar
Fuente: 
Plural JAI

 

Seis jóvenes del movimiento juvenil Habonim Dror importaron hace dos años el modelo israelí de “comuna”. Plural JAI | Judaísmo Amplio Innovador dialogó con ellos para saber su experiencia de vida en este tipo de organización, y para conocer las nuevas formas de vincularse que encuentra nuestra juventud.

No los une una única e indiscutible ideología. Pero si una estrecha amistad. No lograron que su experiencia se replique. Pero sí lograron sostener la suya, a más de dos años de comenzado el proyecto. Muy diferentes -no podía ser de otro modo- a los personajes que Joseph Baratz describe en “A orillas del Jordán” el libro que cuenta la historia de Degania, el primer Kibbutz (aldea colectiva) de Israel, pero también de los jóvenes actuales que no quisieron, supieron, o pudieron generar un modo alternativo de vida, este grupo surgido del movimiento juvenil sionista Habonim Dror desarrolló una “comuna” en la ciudad de Buenos Aires, que lleva adelante de forma totalmente autogestiva, sin recibir subsidios ni directivas de ningún líder.

Ellos son Dana Teper, Lior Feler y Florencia Herscovich, todas de 23 años, Ariel Rapp, de 22 y el recién llegado Damián, de 21. Todos realizan trabajos sociales y educativos, mientras estudian carreras humanísticas en universidades públicas. Y sienten que esta vida compartida en una casa del barrio de Villa Mitre -donde todos los derechos y obligaciones son repartidos de forma justa y equitativa- está dejando una marca imborrable en sus vidas.

Según afirman, el proyecto nació luego del viaje que tradicionalmente realizan a Israel quienes culminan su capacitación en los movimientos juveniles. En diferentes camadas, tuvieron la oportunidad de compartir sus vidas con jóvenes de todo el mundo en diversas “comunas” de distintas ciudades de Israel. “Durante nuestra experiencia surgieron muchas y muy jugosas cosas, -señala Dana-y eso nos motivó a replicar la experiencia en la Argentina”, al tiempo que agrega que la “comuna” “es un proyecto alternativo al del kibbutz, ya que muchos jóvenes consideran que los problemas sociales están en la ciudad, y que a diferencia de lo que sucede en los kibbtuzim, este tipo de organización permite activar desde y hacia la urbe, porque uno está en contacto permanente con la gente que la habita”. Según Florencia, la motivación también se debió “a que existía el interés de generar un marco para quienes terminaban de participar en los movimiento juveniles”.

Fue así como a comienzos de 2008, se pusieron en contacto con la enviada de Habonim Dror para la Argentina, Natalia Moshelion -que también reside en una “comuna” en Israel-, quien los incentivó a darle forma a la idea y presentar el proyecto por escrito, luego de lo cual los acompañó mediantes reuniones quincenales para definir la organización, los temas afectivos, económicos, organizacionales y operativos.

Para fines de ese año, una vez encontrado el espacio, el movimiento les dio un financiamiento inicial mediante el cual lograron pagar los gastos de entrada a la casa que tomaron en alquiler, como el depósito, una parte de la mudanza, y el primer mes, luego de lo cual el proyecto comenzó a ser totalmente autogestivo. Para ello, destinan la totalidad de sus ingresos mensuales, sin importar el monto individual, mediante los cuales financian los gastos básicos así como situaciones personales, como una terapia psicológica, un taller, o un viaje al exterior para ver un familiar. Incluso, cuando algún miembro estuvo desempleado, mantuvo sus mismos derechos para los gastos y no se le computó deuda alguna. Según Ariel, “el hecho de que hayamos ido creciendo también en nuestra situación laboral fue muy importante, porque eso nos permitió nivelarlos gastos”.

Tanto para las decisiones económicas como para cualquier otra situación organizativa o conflictiva, el grupo realiza una reunión los días sábados, en donde se plantean todas las cuestiones. Al principio estas reuniones fueron coordinadas por Moshelion, y una vez que ella regresó a Israel, por otro miembro del movimiento, Sebastián Medina, quien al cabo de un tiempo también partió, tras lo cual decidieron coordinarlas por sí mismos. “La ida de Natalia nos significó un fuerte vacío como personas y como grupo” afirma Lior, en tanto que Florencia señala que “Sebastián también fue muy importante para continuar este proceso. Pero en las reuniones más trascendentes, el decidió no participar, ya que sentía que nosotros debíamos tomar las decisiones solos”.

Si bien concuerdan en afirmar que la vida es por sobre todo armónica, también existieron tensiones que surgieron por detalles como la comida o por cuestiones mucho más delicadas. “Desde que llegábamos las estábamos esperando”, admite Florencia con una sonrisa, pero, según señalan, siempre pudieron resolverlo por sí mismos, mediante las charlas de los sábados. “Nunca dejamos que llegue a mayores, todos los temas los tratamos y aunque nos haya llevado dos meses en algún caso, siempre pudimos resolverlo, porque además los problemas suelen surgir entre dos personas, nunca entre los seis, con lo cual el grupo ayuda mucho”, comenta Dana. “En muchas oportunidades entendimos que el conflicto no era por lo aparente, sino por algo que estaba detrás y se hacía difícil expresarlo, por eso fueron tan importantes las reuniones” señala Lior.

La experiencia, que como se puede observar resultó muy favorable en el caso de este grupo, no pudo sin embargo ser extendida por el momento a otros jóvenes. Si bien afirman que gracias a su vivencia, muchos familiares, amigos, y conocidos empezaron a escuchar sobre “modos diferentes de vivir”, lo que, especulan, podría hacer proliferar el proyecto, ello no les permitió aún replicar el proceso. Según señala Dana “No pudimos crear nuevos espacios donde el proyecto sea significativo”, al tiempo que Florencia agrega que “nos dimos cuenta que no todos estaban preparados para esto”. En este sentido, Lior comenta que “invitamos a gente que podía estar interesada, pero algunos comenzaron diciéndonos que el sábado era muy temprano”, y agrega en lo que respecta a esta propia comuna que “el proyecto no está abierto a todo el mundo, pero intentamos abrir otros como una huerta o un mural, aunque nos interesa conocer más a grupos que a individuos”. Con todo, Florencia admite que la capacidad que tuvieron para autorganizarse como grupo, tal vez no la tengan a la hora de sumar otros jóvenes “Iniciamos algunos proyectos sociales pero nos costó mantenerlos, tal vez nos costó liderar algunas cosas, así que tratamos de no generar expectativas para no defraudar a los que se acerquen, sabiendo también que uno no está dispuesto a dar más que un cambio cambo en la cotidianeidad, ni a incorporar gente que no conoce. Y en definitiva esta es nuestra casa, es nuestra familia, vos podés abrir tus puertas pero tu familia es tu familia”.

Sin embargo, aún cuando no pudieron lograr que otros jóvenes repitan la experiencia, afirman que intentan acompañar otros proyectos que, aunque sea de otra manera, permitan a los jóvenes realizarse. Para entrar en contacto con ellos, organizaron diversas actividades en la casa, tanto del movimiento como así también seminarios o cenas de Pesaj y Rosh Hashaná, que contaron con más de 25 personas. Según Ariel, constantemente buscan diferentes formas de activar y nuevos espacios para trabajar con otras personas “Uno nunca sabe que va a pasar, tal vez algunos proyectos que se cayeron vuelvan más adelante”.

La incertidumbre también recorre sus propias vidas. “Cuando empezamos con esto lo vimos como un modo de vida, no sé si para siempre, pero sí como un modo de realización. Con el tiempo, cada uno buscó diferentes formas distintas, uno se fue vivir solo, -aunque muy cerca-, otro viajó a Israel, y todos acompañamos esas decisiones” señala Lior, quien también está por marcharse a Córdoba “como otra forma de realización, pero generando algo así con otros para sostener este tipo de vida”.

Esta experimentación también puede observarse en una vinculación que ya no parece tener como base una fuerte ideología común. “El proyecto tiene valores del socialismo, -señala Lior-. porque las decisiones y la economía son compartidas”, pero afirma discrepar en algunos puntos con esta doctrina, mientras que Florencia admite que no son todos iguales ni tienen visiones únicas y cerradas, como por ejemplo en relación al sionismo, al que no todos conciben de la misma forma. Según Ariel, “el proyecto puede evolucionar hacia diferentes lados, pero lo que buscamos es de ir de lo pequeño a lo grande, cambiando nuestras vidas cotidianas para luego modificar el entorno”.

En lo que sí existe un acuerdo total, es en la huella que está dejando en sus vidas esta experiencia. “No me imagino viviendo todos acá con nuestros chicos dando vuelta, -expresa Ariel- pero esto va influir en mis decisiones de vida, de hecho ya lo hizo, y a la distancia creo que seguiremos siendo un grupo. Una de las cosas más importantes fue el aprendizaje que tuvimos de saber que siempre hay un otro, y que cuando uno toma decisiones, está incidiendo sobre él, lo que te permite ver más acabadamente a la otra persona”. Lior coincide en resaltar el lazo creado entre los integrantes. “Me llevo el aprendizaje de los vínculos, de entender que a veces las necesidades del otro pueden ser prioridad para uno, y de aceptarlo aunque uno no coincida. Y por sobre todo las relaciones, ya que sin mucho amor y amistad esto no se podría hacer. Acá dije cosas muy fuertes y profundas, y pude ser parte de un sentimiento colectivo. Todo ello también me sirvió para tomar la decisión de irme a Córdoba”. Florencia resalta lo intenso de la experiencia “Disfruto cada momento que estoy acá, es muy único y por eso estoy mucho tiempo en la casa. Yo vine de Rosario como una kamikaze, y la verdad es que a esta edad encontrar tanto, como un hogar, una familia, contención y compañerismo, me da una enorme satisfacción”. “Ser joven es difícil –agrega Dana-, ya que hay que encontrar con quien compartir lo que te pasa e ir tomando decisiones de trabajo, estudio, y sobre el futuro, y toda esta compañía nos ayudó a crecer, a vincularnos, y a no estar solos en esas situaciones de elección”.

Básicamente crecimos”, señala Lior, y todos dejan que el silencio transforme a esas, como las últimas palabras.

 

Por Julián Blejmar para Plural JAI
Noviembre 2010

 

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