Ud. está aquíTamara Scher, 44 años de trabajo en la Mutual: “Si tengo una sensación de pertenencia, es a la AMIA”

Tamara Scher, 44 años de trabajo en la Mutual: “Si tengo una sensación de pertenencia, es a la AMIA”


Publicado por: David Salischiker el 24 Agosto 2010

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Autor: 
Julián Blejmar
Fuente: 
Plural JAI

 

Colaboradora de la entidad durante más de cuatro décadas, Tamara recibió en su hogar a Plural Jai – Judaísmo Amplio Innovador-, para narrar su historia de vida y su particular experiencia en la extensa trayectoria que desarrolló en esta institución.

Cuatro décadas y media dedicadas a una institución, no sólo dan cuenta de profesionalismo y dedicación, sino también de afecto hacia la misma. Y es que en efecto, Tamara Scher, quien trabajó precisamente 44 años en AMIA, dará cuenta durante la entrevista de todo tipo de momentos durante su larga trayectoria, pero remarcando que le es imposible encontrar uno en el que no sintiese placer por ser parte de esta institución.

Su despedida, a mediados de 2008, fue una de las más emotivas que brindó la institución a persona alguna. “Fue una verdadera sorpresa, me dijeron que iba a ser sólo un brindis, pero fue hermosa, prepararon  un video, me regalaron un hermoso candelabro, y lo más lindo fueron las palabras que me dedicaron mi marido, mis dos hijos, y mis 3 nietos”, afirma con gran satisfacción.

Sin embargo, la amplia vida que tejió en la AMIA imposibilitó que la despedida sea completa. “Aún voy un par de veces por mes, pero solo a visitar, ya que tengo muchos afectos allí. Y estoy al tanto de las novedades por los newsletters que recibo, tanto de AMIA como de DAIA. Pero no tengo vínculo con otras instituciones comunitarias, ya que nunca fui de ir a clubes o countrys, pues no frecuento ese tipo de ambientes. Siempre digo que si tengo una sensación de pertenencia, es a la AMIA”.

Con todo, Tamara transitó por varias instituciones comunitarias antes de recalar allí. La primera de ellas, en su colonia natal. “Mi primer trabajo fue como morá de idish en el templo de la Colonia de Charata, en el Chaco, el cual hoy en día es un almacén. Yo me críe en un ambiente de intelectuales. Mi padre se sabía el Tanaj (Biblia judía) de memoria, y era el maestro de todos los chicos. Así que yo no era una niña de muñecas, sino de libros, ya que abundaban los de Chejov, Tolstoi, y Kropotkin, entre otros. Al crecer, también yo comencé a enseñar, además de trabajar como apuntadora de las obras de teatro que organizaba mi padre en base a autores rusos y judíos”.

La precaria condición económica de su familia los haría emigrar a Buenos Aires, donde Tamara comenzaría el secundario. “Tenía entonces 15 años y empecé en una escuela pública, al tiempo que concurría a la tnuá (centro juvenil) Hanoar Hatzioni. Luego inicié el seminario de maestros en la AMIA, bajo la dirección de José Mendelson, pero lo tuve que interrumpir por dificultades económicas, con lo que comencé a trabajar como administrativa en negocios de telas”. Luego de un breve paso como secretaria de la Liga Israelita contra la Tuberculosis, Tamara comenzó a trabar en la Escuela Bialik, gracias a sus conocimientos de idish y de mecanografía, oficiando tanto de secretaria como de maestra suplente. Paralelamente, estudiaba francés y hebreo, lo que la llevaría a contactarse con una empleada de la Embajada de Israel, que le ofreció la posibilidad de trabajar en el área de prensa de la institución. “Tuve que dar un examen con el embajador, quien me tomó pruebas de hebreo, francés, idish, y redacción en castellano, que creo era mi fuerte, ya que me gustaba mucho la escritura. Fue así como comencé a trabajar como secretaria del Agregado de Prensa Gregorio Verbitsky, hermano de Bernardo y tío de Horacio, fundamentalmente haciendo recortes de prensa para el embajador”. De aquellos años, Tamara recuerda con especial énfasis la intensidad del trabajo durante la captura en la Argentina del criminal nazi Adolf Eichmann, pero al cabo de un tiempo, decidió renunciar a causa del nacimiento de su primer hijo y por la sensación de realizar un trabajo que se había tornado burocrático.

Una fiesta a la que asistiría poco después, en 1964, marcaría el inicio de su idilio profesional.

En el casamiento de una amiga, volvía a entrar en contacto con Gregorio Fainguersch, entonces presidente de AMIA y a quien conocía porque su mujer era directora del Bialik. Tuve que rendir también otros exámenes, y comencé como secretaria de actas en idish y a escribir cartas, entre varias otras cuestiones, ya que también era una especie de comodín. Pero fundamentalmente, era la redactora de la institución, y también me encargaba de las relaciones públicas, que eran muy diferentes a lo que son hoy en día. Luego comencé a tomar trabajos de mayor responsabilidad, como organizar y convocar a las asambleas de directivos, administrar donaciones de inmuebles, o escribir los discursos de los presidentes, para lo cual estudiaba muy bien la personalidad de cada uno”. Su capacidad de análisis, sumada a la experiencia y conocimientos que desarrollaba, la convertirían en una fuente de consultas de muchos directivos. “Hablaba con los presidentes, y luego con los directores institucionales, ya que tenía un conocimiento muy profundo y fluido de la institución. Disfrutaba mucho esa parte de mi trabajo, ya que nunca me gustó el perfil alto, pero si ser reconocida por mis aportes. Y puedo decir que gocé de un enorme respeto por parte de todos los funcionarios”. Durante esas décadas de trabajo, fue ascendiendo hasta llegar a ser directora de la Secretaría General, para a comienzos de los años 90 convertirse en secretaria del presidente.

Tamara hace un silencio antes de continuar su relato. Su rostro se ensombrece, y es que sus recuerdos comienzan a llegar a aquel momento. “Ese año 1994 lo iniciamos trabajando como nunca. Era el centenario de la AMIA, con lo que realizamos un acto en el teatro Coliseo y contratamos a un reconocido periodista para armar un libro sobre la historia de la institución. Pero, de todas formas, no salíamos en los diarios. A pocos les interesaba eso. La AMIA no era todavía famosa”.

Tamara recuerda esos minutos previos, el 18 de julio, cuando el presidente Alberto Crupnicoff le pidió realizar un envío por fax. Y luego, el ruido ensordecedor, la oscuridad repentina, las luces tenues y lejanas, los gritos, los ruidos, los olores de explosivos, y la quietud final. Y el instante siguiente, en el que se encontraba sentada, sin poder reaccionar ni moverse, hasta que vinieron a rescatarla, para llevarla por interminables pasillos de escombros y agujeros, similares, según sus propias palabras, a los que todavía sigue llevando en su corazón.

Al día siguiente me presenté en Ayacucho, cuando todavía buscaban a los desaparecidos en Pasteur, y comencé a trabajar precariamente en una piecita. Recuerdo al Cardenal Antonio Quarraccino agarrándose la cabeza y diciéndome ‘hija mía, qué es esto’. Todos empezamos a ver que se podía hacer en esa situación, que pasos dar. Y algo con lo que aún me siento como en deuda, es no haber tenido la fortaleza como para ir a los velatorios de Loyola, donde se encontraban varios cuerpos”.

Su salud acusó recibo, y Tamara cayó en cama por una semana. “Por esos días se convocó a la primer asamblea de directivos. Cuando me reincorporé, el Presidente me comentó que había hablado prácticamente todo el tiempo, y que estaba seguro que yo imaginaría lo que había dicho, con lo que tendría que hacer el acta sobre la reunión en base a eso. Yo lo conocía a Crupnicoff tan bien, que fue así como la redacté, y al entregársela, me dijo: ‘¡...ni que hubiera estado presente…!’. Esa acta quedó como la primera luego del atentado. Pero no fue ningún mérito mío, yo sentía lo que sentían todos”.

Tamara afirma que la bomba significó un antes y un después, tanto en su vida como en la de AMIA. “En lo personal, yo había trabajado seis años en la Embajada de Israel, que habían volado dos años antes, así que para mí me arrasaron los pisos de donde trabajé, era como si hubiera quedado en el aire. Pero por otra parte, luego del atentado, ningún aspecto menor me pudo afectar demasiado. Y en relación a AMIA, se profundizó un fenómeno que ya había comenzado a inicios de los 90, y es que puertas para adentro la Amia no despertaba el mismo interés, nos costaba mucho convocar a los miembros de la asamblea, muchos venían como un favor a mí, porque yo les decía que tendría problemas si en las asambleas no había quórum. Ya eran los tiempos de judíos asimilados, ocupados en las cosas modernas, muy diferentes a aquellos en los que había un mayor interés en lo comunitario, lo sionista, en el trabajo de los partidos. Porqué se dio este cambio, es un fenómeno social que no estoy capacitada para explicar”.

En 1999, fue inaugurado el nuevo edificio de Pasteur, y Tamara sería una de las que pondría la piedra fundamental. Allí, retornaría a su antiguo e inicial cargo de secretaria del secretario general, “en una linda oficina, con cuadros y plantas”.

Ese fue su trabajo durante su última década en la institución, años que recuerda muy gratamente. En rigor, Tamara afirma que siempre se las arregló para encontrar placer y aprender en su trabajo. “Yo en AMIA aprendí muchísimo. Cuando estudiaba en el seminario conocía el edificio pero no cómo funcionaba todo, para mi AMIA era solo el lugar donde se ayudaba a los que no tenían nada, pero luego empecé a comprender era mucho más que eso, porque había trabajo en cultura, juventud, desarrollo laboral, y mucho más. Era como una ventana al mundo, donde conocí a mucha gente, entre la que recuerdo especialmente al reconocido intelectual Isidoro Niborski, quien tuvo una notable actividad en pro del idioma idish. E incluso, gracias a AMIA, pude conocer Israel, ya que en 1984, en ocasión de mis 20 años de trabajo, me regalaron un viaje”.

Asimismo, rescata algunos períodos con especial satisfacción. “Cuando entré a trabajar a AMIA con Fainguersch, todo el mundo venía a contar sus problemas, y todos eran recibidos y escuchados, incluso por las más altas autoridades y por el Presidente, que era capaz de salir a atenderlos. Y a nadie se le decía que no, sobre todo en relación con las becas para escuelas judías. Para esos directivos, la mayor parte de ellos inmigrantes de Europa, era sagrado venir a AMIA, por lo que no nos preocupábamos por el quórum para las asambleas, que se hacían abarrotadas de gente. Jacobo Cohen, quien fuera Secretario General entre 1981 y 1984, fue un ejemplo de este tipo de directivos, ya que ponía mucha voluntad para que las cosas se lleven adelante, y en lo personal me consideraba un gran apoyo para su gestión”.

Asimismo, rescata a algunos funcionarios que en su opinión fueron claves para el desarrollo de la AMIA, y que a ella le dieron el espacio necesario para desarrollar sus capacidades. “Tengo grandes recuerdos del ejemplar trabajo que hizo Bernardo Peist como Director General entre 1979 y 1983, fecha en que concretó su Aliá, y fue también muy linda la época en que Bernardo Blejmar estuvo como Director, donde se abrieron nuevos horizontes y desarrollos, se generó una apertura y se comenzó a trabajar con otras ONGs, todo lo cual me gustó mucho. En relación con los presidentes, me sentí muy cómoda trabajando con Alberto Crupnicoff, Abraham Grunberg, Chaim Rajchenberg, Luis Perelmuter, Mario Gorenstein, Hugo Ostrower, Abraham Kaul, Gregorio Fainguersch  y  Tobías Kamenszain. A todos ellos los recuerdo con mucho respeto y afecto. Durante mi última etapa con Luis Grynwald y los dos “Pepes” (por José Adaszko y José Kestelman) también me sentí muy cómoda, ya que Luis tenía conmigo un muy buen trato, siento que me quería y respetaba mucho”.

Precisamente, la gestión de Grynwald, entre 2005 y 2008, sería la última de las quince comisiones directivas que tuvieron a Tamara como fiel colaboradora. “El último tiempo me fui despidiendo de a poco, comencé rechazando propuestas de mayor responsabilidad, con la idea de ir despegándome. Pero además, sentía que todo había cambiado mucho respecto de lo que yo estaba acostumbrada, tanto en el trato con las autoridades, que ya era más distante y menos personalizado, como con los compañeros y compañeras de trabajo, con los que tenía una muy buena relación que dura hasta hoy en día, pero lógicamente con distancias debido a la edad. Sucede que cuando entré yo era la más chica, pero antes de irme, ya era una de las más grandes, porque pese a que siempre preparaba a la persona que yo creía que me iba a suceder, ellas se iban y yo me quedaba”.

Luego del homenaje formal, Tamara siguió trabajando por tres semanas, hasta el cambio de presidente. “Fue una forma de no sentirme tan mal en la despedida, ya que sabía que todavía seguiría yendo”. Y aquella jornada del 11 de junio de 2008, terminó siendo la última de su extensa trayectoria. “Me pidieron que venga a la ceremonia de transmisión de mando, pero pese a que tengo una muy buena relación con Guillermo Borger, el presidente que asumió, no quise ir porque para mí ya era complicado viajar por la noche, pero sobre todo porque me daba mucha pena sentir que ya no formaría más parte de eso”.
 

Con todo, Tamara afirma no extrañar aquellos años ni sentir nostalgias por su pasado en la institución. “Desde que era jovencita siempre tuve que trabajar, de mora, de secretaria, en las tiendas, siempre levantándome temprano y corriendo, y soportar también problemas de salud. Por eso, sentí que se abría una etapa de más tranquilidad en mi vida, y hoy no extraño, porque creo que fue como un ciclo de mi vida que se cerró, por suerte muy bien, sin ningún tipo de conflicto. Y cada vez que voy a AMIA gozo del respeto y aprecio de todos los que allí me reciben”.
 

Julián Blejmar para Plural JAI
Buenos Aires, Agosto de 2010

 

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