Ud. está aquíAna María Shúa: "Exceptuando ciertos temas y personajes, no hay nada específicamente judío en mi obra"

Ana María Shúa: "Exceptuando ciertos temas y personajes, no hay nada específicamente judío en mi obra"


Publicado por: David Salischiker el 12 Septiembre 2011

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Autor: 
Julián Blejmar
Fuente: 
Plural JAI

 

La narradora recibió a Plural JAI | Judaísmo Amplio e Innovador para dar sus impresiones sobre la influencia del judaísmo en su literatura, así como para narrar aspectos relacionados a su oficio de escribir.
 

Al hacer un repaso por los más de cuarenta libros que lleva escritos, Ana María Shua afirma que el judaísmo “es un elemento más” en su obra, y solo fundamental en algunos de ellos. Con todo, Ana María Shua, -casada, con tres hijas, un título de Profesora de Letras de la UBA y diversas distinciones como la beca Guggenheim, y los premio Club de los XIII, Municipal en novela, y Municipal en cuento-, señala que el judaísmo está “en sus células”, ya que, según afirmó a Plural JAI | Judaísmo Amplio e Innovador, “no tuve educación judía de ningún tipo, pero mi familia siempre reconoció su judaísmo, y el mismo es parte de mi vida, no desde lo religioso, sino en los elementos que me rodean, estando presente de forma permanente en innumerables cuestiones, como el hecho de que una de mis hijas trabaje en la DAIA, o como cuando leo el diario y le dedico especial atención a todo lo relacionado con Medio Oriente”,

A partir de 1993 comienza a escribir libros relacionados con la cultura y la literatura judía ¿Qué la llevó a abordar específicamente este tema?

Esto se produjo a raíz de que la editorial Shalom, que venía a instalarse en la Argentina, me encargó libros relacionados con la temática judía. Así fue como nació “Risas y emociones de la cocina judía” y los “Cuentos judíos con fantasmas y demonios”, pero retrotrayéndose un poco, se puede ver que en mi novela “Los amores de Laurita”, el personaje principal es una chica judía, y de hecho ya desde ese momento comenzaron a invitarme a congresos de escritores judíos latinoamericanos. Creo que en realidad ese es el primer libro que toca el tema judío, porque en mi primera novela, “Soy paciente”, el personaje principal, frente a la monja que viene a verlo para prepararlo frente a una operación innecesaria, declaraba no ser cristiano, lo que da una pauta, pero tampoco es declaradamente judío. También se pueden ver elementos judíos en mi segundo libro de cuentos, “Viajando se conoce gente”, o en “El libro de los recuerdos”, que es la historia de una familia judía en la Argentina, y fue publicado en 1994.

¿Qué elementos judíos, además de los personajes, encuentra en toda su obra?

Exceptuando los temas y los personajes, no hay nada específicamente judío. El tema judío es un elemento más en todo lo que escribo, y de hecho es fundamental solo en la columna que mantienen algunos de mis libros.

Dentro de la amplia gama de escritores judíos ¿observa algún patrón o punto en común?

Observo una literatura judía neoyorkina con características comunes, que se puede encontrar en Saul Bellow, Bernard Malamud, o Philip Roth, donde se abordan temáticas relacionadas a la colectividad judía neoyorkina, aunque sin embargo la escritura en sí misma es muy norteamericana.

Señala que en su casa la biblioteca era de libros de odontología y de ingeniería agrónoma… ¿Cómo nació su deseo por escribir ficción?

Yo en realidad no sabía que iba a escribir ficción, pero sí sabía que me gustaban las palabras, así como sus sonidos. Eso me llevó a comenzar con la poesía, a la cual ingresé por el lado de una tía mía que estudiaba abogacía, y que al costarle hablar en público, decidió seguir clases de arte escénico. De esta forma, cuando yo tenía tres o cuatro años, ella me sentaba y me declamaba con ademanes los  poemas más sonoros de la lengua castellana, y también me llevaba al teatro a ver a Paulina Singerman, lo cual me gustaba enormemente, me emocionaba y me conmovía. De manera que cuando empecé a escribir, en la escuela primaria, me inicié con la poesía, y de hecho me llevó muchos años llegar a la narrativa, pesé a que me inicié joven en ella.

En su obra se puede ver poesía, ensayo, cuento, mini-cuento, literatura infantil, y novela ¿Qué cree que le aportó cada género a los demás?

Una cuestión de la que estoy segura al respecto, es de que esta versatilidad me ayuda a romper el bloqueo, ya que, al igual que les sucede a todos los escritores, a veces me freno y no puedo avanzar, pero siempre puedo recurrir a otro género, lo cual es para mí un enorme alivio, el hecho de pasar de las novelas al microcuento, o cuando no se me ocurre nada de nada, hacer adaptación de cuentos anónimos populares de tradición oral, lo cual es un trabajo más de oficio que de imaginación. Esto se debe a que la adaptación se trata sobre todo de investigación y reescritura, ya que busco presentarlo de una manera más afín a la sociedad actual, tratando de no deformar el cuanto y de no quitarle su esencia.

Comentó que empezó vendiendo y canjeando sus composiciones a los siete años, y asimismo trabajó durante quince años en publicidad ¿Cree que saber vender es necesario para un escritor?

Todo el mundo tiene que saber vender, sin importar cuál sea su actividad, estos es así para un médico, un contador, un violinista, siempre les va a ir mejor si saben vender lo que hacen. En mi caso, trabajé como publicista entre el 70 y el 85, como redactora y creativa publicitaria en gráfica, cine, y radio, donde escribía guiones, folletos, frases para diarios, todo lo cual me gustaba mucho, así que lo mío no tenía que ver con la venta, sino con la creatividad de la letra escrita.

¿Su trabajo como publicista no influyó entonces en su escritura?

No creo que me haya aportado mucho en la escritura, pero si me enseñó algo muy importante, que es que el bloqueo no existe, porque un redactor publicitario no se puede permitir decir que hoy no se le ocurre nada, tiene que trabajar igual porque si no lo echan. Yo en las agencias había aprendido a escribir absolutamente cualquier cosa, como un poema sobre los productos veterinarios de Bayer, entonces, cuando dejé de trabajar en publicidad para dedicarme por entero a la literatura, tomé este trabajo como si estuviera en una agencia de publicidad, es decir no aceptar que un día no se me ocurra nada. Y algo siempre se me ocurrió, quizás no tan bueno, porque la inspiración existe y hay días en que uno está inspirado y las cosas salen mejor, pero cuando no, también se puede producir. Muchas veces me pasa que la gente luego de leer mis libros me pregunta cuánto me costó alguna cuestión, pero la realidad es que eso fue un momento maravilloso en que bajó la musa y en una mañana escribí cuatro páginas extraordinarias, pero el resto puede ser el resultado de un esfuerzo lento y penoso, de media página por día, un trabajo duro y nunca tan brillante, pero que siempre, con esfuerzo y disciplina, puede imitar a la inspiración.

¿El trabajo fuerte compensa entonces la falta de inspiración?

Para el lector sí, él no se da cuenta y el resultado le llega de la misma manera. La diferencia va a estar en el trabajo que esta escritura insume, pero muy probablemente no se observe en la obra terminada.
 

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