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NO DIGO QUE TODOS LOS JUDÍOS SON BUENOS


Publicado por: Pablo Schvartzman el 27 Mayo 2010

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NO DIGO QUE TODOS LOS JUDÍOS SON BUENOS
Uno de mis lectores en PLURAL JAI me critica diciendo que todas mis notas “muestran judíos benévolos, virtuosos, filantrópicos”. –¿No hay judíos malos para usted?—me pregunta.
Sí, claro que los hay. Y justamente estaba preparando algo al respecto. Los ha habido en todos los tiempos y de seguro en todos los países y no creo en una confabulación para ocultarlos.

En estos tiempos hemos visto algunos que saltaron a los titulares, como Bernard Madoff, el estafador quizás más grande de la historia de los Estados Unidos; y el asesino del primer ministro israelí Isaac Rabin, en noviembre de 1995, al finalizar en Tel Aviv una marcha por la paz.

Remontándonos unos quinientos años nos encontramos con Shlomo Halevi --que así se llamaba antes de su conversión –y conocido como Pablo de Santa María o Pablo el Burguense (1350-1432) que, según un cronista, jugó un papel importantísimo en la persecución de sus hermanos de raza; quiso atraer a sus antiguos correligionarios a su nueva fe por medio de amenazas, humillaciones y una actitud funesta en la historia del judaísmo español.

El Gran Inquisidor Tomás de Torquemada (1420-1498) que, como se dice en una enciclopedia, “con habilidad y fanatismo sanguinario elaboró una Constitución para la Inquisición que no dejaba escape a los infortunados que caían en sus garras”. Dice la historia –o la leyenda—que, cuando los Reyes Fernando e Isabel dudaban, a última hora, antes de firmar el decreto de expulsión de los judíos de España, Torquemada entró al salón del trono y arrojó un crucifijo delante de ellos preguntándoles si querían vender a su Señor.
Algunos historiadores dicen que, aunque hubo varias familias judías de apellido Torquemada, don Tomás no parece haber pertenecido a ellas, pero muchos otros consideran que sí lo fue.

Nos saltamos muchos siglos y queremos referirnos a lo que quizás sea lo más pintoresco de esta nota, la mención de un gaucho judío matrero que hizo de las suyas en el linde de las provincias de Buenos Aires y La Pampa en el siglo pasado.

El historiador Boleslao Lewin recogió, hace cerca de medio siglo, lo que Arón Esevich escribió sobre Samuel (Schmil”Gavich. “La colonia Barón Hirsch –dice Esevich, hijo de ella—lo vio cruzar los campos cultivados sin prisa, sin jactancia. En primavera, quitada su chapona, se podía ver su facón ricamente cincelado, calzado tras el tirador tachonado de botones de plata .(…) El caballo que montaba había sido boleado por Schmil mismo en las sierras de Curumalal. (…) Usaba sombrero de holgada ala mitrista”.
Schmil sostenía que mataba “por justicia” . Naturalmente --termina Lewin -- nada más lejos de mí que excusar tal acción “justiciera “. Sólo me interesa destacar que en las colonias judías existía toda la gama de individualidades humanas, aun cuando su proporción era diferente que en las otras.

Pablo Schvartzman

Concepción del Uruguay, 21 de mayo de 2010.

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