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EL NOMBRE DE DIOS


Publicado por: Pablo Schvartzman el 22 Abril 2010

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EL NOMBRE DE DIOS
En mi nota anterior (“¿Quiénes eran los misteriosos interlocutores de John Dee en hebreo?”) hablo de los visitantes quizás extraterrestres que el sabio recibía y con los que hablaba en hebreo.
Por simple asociación de ideas recuerdo la vieja leyenda que dice que hay tres cosas en nuestra tierra que no son originarias de este planeta: la banana, la tortuga … y el idioma hebreo. Para aclarar esto tendría que elaborar otra nota, quizás algo extensa, que queda para una próxima oportunidad.

Hoy me refiero a algo más importante.
El Antiguo Testamento dice que, cuando Moisés le preguntó al Señor cuál era su nombre, para informárselo al pueblo, este le respondió: EIE ASHER EIE,“Soy el que soy”, (Éxodo, 3.14)
Seguramente por eso el idioma hebreo no tiene una palabra para designar a Dios: hay setenta maneras de reemplazar Su nombre y en mis modestas investigaciones llevo identificadas más de cincuenta.
Aquí van algunas: El – Elohá – Elohim - Adón (señor) - Adonay o Adonaí ( mi señor) - Shadai (todopoderoso) - Melej Haolam (rey del universo) - Hamakom (el lugar) - Maoz Tzur (roca y fortaleza) – En Sof (sin fin, infinito) – Baal Shem (dueño del nombre) – Harajman ( el compasivo) – Ribonó Shel Olam (dueño del universo) etc.

Un párrafo merece la palabra Jehová. Como el hebreo avanzado no usa vocales, la costumbre de colocar las vocales correspondientes a Adonaí debajo de las letras del tetragramaton (IAVH) hizo que los cristianos creyeran que la palabra se pronunciaba de acuerdo con esa acentuación y formaron Jehová, vocablo que para el hebreo carece de sentido.

En el misticismo judío, los nombres de Dios adquirieron fundamental importancia y se creía que se podía lograr cierto poder sobre la naturaleza mediante su uso. Así se combinaron las letras de los nombres divinos, ideándose nuevos cuyo significado sólo conocían los iniciados. Se mencionan nombres de Dios de 12, 24, 45 y 72 letras. Y se llegó a decir que hay un Centésimo Nombre que no puede ser comunicado desde el exterior y solamente es posible obtenerlo desde el propio interior para gozar de sabiduría y poder.

Los judíos religiosos que escriben en otro idioma no pueden tampoco aquí poner el nombre completo de Dios y, por ejemplo en castellano, deben escribirlo eliminando una letra: D-os o Di-s.

Que hay personas que tienen algo no común es real y verdadero y hay ejemplos escalofriantes. Yo no he tenido experiencias personales, pero sí algunas familiares realmente notables. En mis variadas lecturas encontré el nombre del coronel Verneuil, un jefe de la resistencia francesa antinazi, que podía reconocer a un traidor a simple vista, incluso en una fotografía o por el modo de redactar algunas palabras. La frase del libro me impresiona todavía: “Nunca se equivocó”.

Y finalmente una pintoresca nota personal: yo tenía un amigo que se llamaba Dios: Ramón Dios Villar, español y poeta, que firmaba con la inicial solamente de su segundo nombre y que me obsequió su hermoso libro “Poemas simbólicos” (1954) con una honrosa dedicatoria.

Pablo Schvartzman

Concepción del Uruguay, 16 de abril de 2010.

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Estimado Pablo,
Quisiera comentar con Ud. -a modo de simple anécdota- algo acerca de su interesantísimo articulo sobre el nombre Dios, en que se hace una simpatica referencia a mi tio abuelo Ramón Dios Villar. Efectivamente la D. corresponde a la inicial de Dios, sin embargo, en nuestra familia corresponde a apellido y no a nombre. Esto es particularmente relevante en nuestra historia, pues, como Ud ha de saber, la tradición judio sefarAdita desarrollada desde el año 1110 en España y en particular en la zona Gallega de Lugo asigna a la familia Dios el rol de Guardián de la Torah (algo similar a los roles tradicionales de los Cohen y Hacohen).
El famoso edicto de José II, el emperador AustroHungaro que obligaba a los judíos a usar un apellido, fue implementado en España por José Bonaparte bajo el alero de su hermano Napoleón, y afortunadamente no tuvo la violencia ni la suciedad con que se implementó en otras zonas de Europa. Esto unido a que la comunidad ya había adoptado varias de las costumbres locales, permitió que se conservasen muchos los apellidos familiares tradicionales adoptados por costumbre natural mucho antes del edicto de José II.

En el caso de mi tío abuelo, recuerdo las historias contadas por mi padre acerca de que ante el ambiente imperante antes y durante la segunda guerra mundial varios judíos decidieron abreviar el apellido DIOS a D. en el ámbito público, de manera que el libro que Ud. se refiere aparece como del autor Ramón D. Villar. Esa costumbre se hizo usual al menos en Chile y en Argentina.
Una vez más, muchas felicitaciones por su Blog,
Atte,
Tito Villar