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DEL FÓSFORO AL ZEPELÍN PASANDO POR LA LUZ FLUORESCENTE


Publicado por: Pablo Schvartzman el 29 Marzo 2010

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DEL FÓSFORO AL ZEPELÍN PASANDO POR LA LUZ FLUORESCENTE
Un malogrado colega y amigo decía que no era escritor sino plumífero. También yo. Y a mis casi ochenta y cuatro años me estoy empezando a cansar.
Esto de escribir todos los días ya está resultando una tarea pesada, pero reflexiono y veo que tengo todavía en la mente, sin darle forma, al menos un centenar de notas sobre personajes y hechos de interés judío que muchos desconocen . Y es así que sigo satisfecho, ufano de que alguien los reciba con simpatía.
No resulta nada fácil ubicar al inventor del modesto fósforo, un judío italiano que nació hace como dos siglos aunque no he podido encontrar la fecha exacta. En una vieja historia del pueblo judío se lo llama Samson Valolera y se dice que, aunque su invento parezca insignificante, resultó muy útil para la humanidad: se trata de la humilde cerilla.
Por ahí lo llaman “Sansone Valobra, hombre de ciencia e inventor que murió en Nápoles en 1883”.
Don Sansón había estudiado física y química y, como judío, no pudo obtener la patente de la cerilla, pero finalmente el gobierno italiano le reconoció su invento en 1831 y en febrero de 1931 la comunidad de Florencia celebró el centenario de ese reconocimiento.
Por participar en el movimiento del Risorgimento y dedicarse a actividades de laboratorio que parecían misteriosas, fue condenado a muerte pero se salvó, al parecer, por la intervención del embajador de España y del Papa León XII.
Uno de los hombres de ciencia más geniales de Alemania fue Hermann Arón (1845-1913).
Era profesor en la Universidad de Berlín desde la edad de treinta años, pero abandonó la cátedra para dedicarse al estudio de la electricidad. Arón es el inventor de la primera luz fluorescente, aunque es principalmente conocido por sus aparatos para medir la corriente eléctrica y la telegrafía sin hilos.
Sus estudios sobre los condensadores, los acumuladores, los micrófonos, la influencia de la electricidad atmosférica sobre los cables, los coeficientes de elasticidad en los medios cristalinos, etc. son conocidos en la comunidad científica, pero su condición de judío fue un obstáculo para la nombradía que debería haber alcanzado.
Como en los casos de Siegfried Marcus y otros el antisemitismo logró hacerlo opacar.
En una nota de hace décadas sobre el trágico destino de los Camondo (que también merecen ser más conocidos) leí: “los judíos han tenido demasiada historia e insuficiente geografía”.
El dirigible, generalmente atribuido al conde Fernando Von Zeppelin (1838-1917), es invento del judío húngaro David Schwarz, nacido en Kesthely en 1845 y que murió en Viena en 1897 debido a la impresión que le produjo el telegrama de invitación al vuelo de prueba del primer dirigible en Alemania.
En 1890 había terminado sus trabajos sobre una aeronave rígida y sometió su proyecto al Ministerio de Guerra de Austria, que lo rechazó por motivos financieros.
Schwarz se fue a Rusia y entró al servicio del gobierno logrando construir su aeronave, que resultó poco eficaz debido a la mala calidad del material utilizado. Alemania se interesó entonces por su invento y, cuando ya iba a realizar el vuelo de prueba, Schwarz falleció del ataque que le produjo la emoción.
El conde Zeppelin, presente entre los espectadores de ese ensayo, contactó con la viuda de don David –Melanie– y, un año después de la muerte del inventor, le adquirió los derechos a los inventos que Schwarz había hecho, “estuvieran patentados o no”.
El contrato respectivo está depositado en los Archivos de la Universidad Hebrea de Jerusalem.

Pablo Schvartzman

Concepción del Uruguay, 26 de marzo de 2010.

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