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EL ENGRASADOR “ALEMITE” DE DON JUAN ACEVEDO, CARNICERO CASHER


Publicado por: Pablo Schvartzman el 13 Junio 2011

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EL ENGRASADOR “ALEMITE” DE DON JUAN ACEVEDO, CARNICERO CASHER
 
Estoy mirando con nostalgia el engrasador Alemite legítimo que le compré a don Juan Acevedo hace más de sesenta años y que hice adaptar para engrasar mi primera moto, una “Automoto” de 125 c.c. de 1947.
Pero el cuento es otro.
 
Aunque tuve que asistir a la escuela primaria, fui un alumno mediocre y en los siete años de escuela solamente me interesaba historia y castellano: soy autodidacto.
Mi maestra de quinto grado, Luisa Acevedo, era hermana de don Juan y –contrariamente a la bonhomía y el humor de éste-- era muy rígida y exigente, pero enseñaba historia argentina como nadie.
Aprendí a leer a los cuatro años, más bien solo y un poco ayudado por mis hermanos mayores; y lo mismo en ídisch: llegué a dominar un ochenta o noventa por ciento del ídisch coloquial. Pero tuve que ir también a la escuela hebrea y ahí fui mucho peor alumno que en la oficial. No me gustaba el hebreo que, grado a grado, se iba haciendo más avanzado, pues siempre fui un enamorado del ídisch. Llegué a destruir cuadernos y libretas de clasificaciones y mis padres sufrían por mi actitud.
No tuve la inteligencia de aprehender las lecciones de los excelentes maestros de nuestro pueblo, algunos verdaderos eruditos escapados de las persecuciones europeas de la década de 1930.
Mi padre era miembro de la comisión directiva de la escuela y pagaba por mi asistencia el equivalente de cinco o seis alumnos, así que, ¿quién se iba a atrever a expulsarme?
Finalmente la comisión se vengó manteniéndome en segundo grado hasta los doce años y, cuando no consiguieron que asistiera más, me dieron “un premio a la aplicación” para que me quedara en casa y fuera, ese premio, una especie de satisfacción para mis padres.
Y repito: el cuento es otro.
 
Mi padre—como digo en el Cuaderno de General Campos Nº 1--tenía firmemente arraigadas sus convicciones democráticas y su apego a la moral y a la ética judías y las defendía sin arrogancia y sin ostentación. Había algunas ceremonias y mandamientos que eran para él tan sagrados que no dudaba en acatarlos incondicionalmente y vaya aquí una muestra. Cuando se casaron mis hermanos mayores, los tres en mi pueblo natal, organizó generosos agasajos para familiares y amigos, pero cumplió rigurosamente con el mandamiento de servir a los pobres y adelantarse a sus deseos de comida, haciendo entrega en forma personal—y yo participé de estas tareas—de abundantes raciones de la mejor carne vacuna, amén de otros comestibles, a todos los necesitados del poblado y sus suburbios.
 
La cosa es que, como apreciaba mucho a don Juan, buen vecino y excelente persona, pero jamás habíamos comprado en su carnicería, pues mi madre era irreductible en materia de pureza ritual, aprovechó y le propuso que hiciera faenar con el matarife judío varias de sus mejores reses
para esas ocasiones , así podíamos comprarle toda esa cantidad que mi padre regaló, y de paso mi madre cocinaría la mejor carne del establecimiento de Acevedo que se transformo así –cosa que entonces resultaba insólita—en la carnicería casher de propiedad de un católico.
 
Y aquí vuelvo al principio: don Juan tenía dos automóviles Ford modelo T anteriores al año de mi nacimiento que hacía fungir de taxis; como le sobraban las herramientas me cedió ese excelente engrasador que todavía conservo.
 
 
 
(Del libro en preparación “Un terco muchacho judío”).
PABLO SCHVARTZMAN
C. del Uruguay, 7 de junio de 2011.
 
 

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