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NAZISMO EN AMERICA LATINA - Indagan sobre el ingreso y penetración de los Nazis en América Latina


Publicado por: Agrun el 26 Junio 2014

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Autor: 
Guillermo Lipis

 

La historia de lo que sería el movimiento nazi comienza en América latina 18 años antes que el surgimiento del nazismo en Alemania, con la fuga de Wilhelm Canaris, el 4 de agosto de 1915, de la isla Quiriquina, en el sur de Chile, advierten Jorge Camarasa y Carlos Basso Prieto, autores del libro ‘América nazi’, editado recientemente por Aguilar.

Para Canaris -un marino sobreviviente de la batalla entre el buque alemán Dresden y dos navíos británicos en aguas del Pacífico sur- como para muchos otros, América latina fue un territorio a veces acogedor y amigable donde refugiarse, echar raíces y prosperar a la sombra de algunos gobiernos del continente.

‘América nazi’ revela algunas historias como esta y de las múltiples redes de complicidades e influencias bajo cuyos amparos estos asesinos lograron reiniciar sus vidas, a veces bajo otras identidades y hasta el final de sus días.

Si bien la inmigración alemana había llegado a Chile en la época de la colonia en un número insignificante, recién a mediados del siglo XIX, cuando se decidió la colonización del sur de ese país, se impulsó una fuerte inmigración germana, explicaron los autores a Télam desmitificando, de este modo, que Argentina haya sido la basa inicial del nazismo en Latinoamérica.

A la Argentina los adelantados llegaron de la mano de diferentes órdenes religiosas, especialmente con los jesuitas, y si bien para 1840 en Buenos Aires se censaron 600 alemanes, los obreros y agricultores germanos recién llegarían a fines del siglo XIX.

En otros países de América latina la situación era similar para la misma época. Camarasa y Basso Prieto hablan de 78.000 alemanes en Brasil, 3.500 en Perú, 2.800 en Bolivia y algunos centenares distribuídos en Uruguay, Paraguay, Colombia y Ecuador.

En la mayoría de los casos, agregan, “la religiosidad fanática era la base de su identidad”. Los autores destacan el caso de unas 14 familias alemanas que en 1886 llegaron a Asución del Paraguay provenientes de la región de Dresden.

Era un grupo menonita liderado por Bernhard Förster, “un nacionalista furioso que pensaba que la salvación de Alemania dependía de un antisemitismo radical”, explica Camarasa.

Pero el tema de su teoría cierra en la práctica con el casamiento de Förster con Elisabeth, la hermana del entonces joven filósofo Friedrich Nietzsche, de quien había tomado la idea de que la única manera de salvar y purificar a Europa era fundando una comunidad de hombres puros y perfectos en algún lugar del mundo.

Ese sitio, para Förster fue en una colonia que llamó Nueva Germania, en San Bernardino, casi en medio de la selva paraguaya.

La locura de Förster lo llevó a pedirle a sus colonos que no se mezclaran con las tribus originarias y “que valorasen la naturaleza blanca como un bien superior para hacerla prevalecer en ellos y en sus hijos”.

Förster murió “presuntamente envenenado tres años después de haberse instalado en Paraguay, donde había tratado de imponer las consignas de no tomar alcohol, no comer carne y evitar todo contacto con razas inferiores para evitar la contaminación”.

Elizabeth alternaba, luego de la muerte de su esposo, entre la colonia y Alemania. “El 2 de noviembre de 1933 estaba en su casa en Essen cuando el recién elegido canciller Adolf Hitler llegó a visitarla y le regaló el bastón que había sido de su hermano. El Führer se lo agradeció emocionado porque Nietzsche sintetizaba sus aspiraciones y la concepción germánica de la vida”, afirma Basso Prieto.

“Esta era, a grandes rasgos, la América latina alemana que se iba a radicalizar” con el correr de la Segunda Guerra Mundial explican los autores.

Un informe desclasificado en el 2009, de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de los EEUU, señala que para la década del 30 la Abwehr, el servicio de inteligencia exterior de las Fuerzas Armadas alemanas, “América latina fue probablemente su mayor teatro de operaciones” por sus recursos naturales y la ruta naviera que podía controlarse desde Chile y Argentina por el Estrecho de Magallanes, dado el control de EEUU sobre el Canal de Panamá.

Así que no sólo fueron frecuentes los avistajes de navíos alineados con Alemania y sus submarinos, sino que se armaron redes de inteligencia y de apoyo terrestre que luego resultaron útiles para “disolver” a fugitivos nazis en la América latina profunda a través de la llamada ‘Ruta de las ratas’.

Desde la derrota del nazismo, Camarasa explica que comienza la etapa de la llamada “inmigración calificada” que consistía en una inmigración especial de ingenieros, científicos, técnicos e instructores militares “que ya había sido abierta por Estados Unidos y la Unión Soviética”. “Y no sorprendía que entre tantos científicos y técnicos se filtraran criminales”, agrega Basso Prieto.

Herbert Cukurs, que fue de los primeros en usar esta vía, estuvo involucrado en la masacre de judíos letones en Riga, ingresó al continente por Río de Janeiro y luego se radicó en Pocitos, Uruguay, explicaron.

Un año después, llegó a Buenos Aires bajo la identificación del sacerdote español Pedro Ricardo Olmo, Walter Kutschmann, un desertor que había sido segundo comandante del campo de exterminio de Drobobycz, en Polonia.

En 1948 lo hizo el capitán de las SS Erich Priebke, responsable del fusilamiento de judíos en las Fosas Ardeatinas, en Italia, que se radicaría en Bariloche, desde donde fue extraditado a Italia, donde terminó su vida preso.

O Wilhelm Sassen, que se radicaría en Asunción, Paraguay; Adolf Eichmann, quien llega a Buenos Aires el 15 de julio de 1950, y bajo el seudónimo de Ricardo Klement encontró refugio laboral en una empresa de capitales alemanes asentada en el país; o Klaus Altman, Klaus Barbie, asesino de líderes de la Resistencia Francesa que viviera en Bolivia.

Pero los autores advierten que a diferencia de unos pocos nazis, “la mayor parte de ellos no despertó el favor de los americanos porque no tenían ninguna contraprestación que ofrecer. No habían sido, por ejemplo, agentes de inteligencia, sino toscos criminales de guerra”.

A pesar de ello, algunos sirvieron a las dictaduras latinoamericanas como aportando sus útimos servicios a favor gobiernos intolerantes bajo un fascismo que nunca supo de fronteras.

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