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La vela encendida en la casa de mi bobe


Publicado por: Agrun el 14 Octubre 2015

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Autor: 
Gabriela Kogan

Había días en la casa de la bobe y el zeide que yo, con mis pocos años, intuía especiales. Una vela prendida durante toda la jornada y los pasos más lentos de mi abuela le daban un matiz distinto a la alegría con la que siempre, absolutamente siempre recibían a los nietos.

Recuerdo el día en el que le pregunté por qué estaba esa vela prendida en la mesa de la cocina. Esa mesa centro de la casa, centro de recuerdos, depositaria de los mejores sabores del mundo y de mimos de abuela como tomar el te en plato de sopa para que se enfriara mientras sumergía galletitas “largas” y esperaba a que quedaran blanditas y así comerlas con la cuchara. “Prendo esta vela porque hoy es el día en el que murieron mis padres y la madre del zeide”.

Algo raro había en esta familia donde mi papá no tenía abuelos, ni tíos, ni primos cercanos. Solo el tío de Brasil con sus hijos y la tía Frunka que eligió irse a Israel y entonces se peleaba con mi abuela que era comunista.

Yo sabía que había algo raro en esto de que los padres de mi abuela y la mamá de mi abuelo hubieran muerto el mismo día.

No recuerdo cuándo lo supe, pero la frase “una noche llevaron a todos los judíos de Svintsyan al bosque y los mataron” es parte de mi vocabulario desde muy chica, de mis imágenes inventadas, de la explicación para la ausencia de familia. Pero no de terrores nocturnos. Siempre me dejaron claro que eso había pasado en un lugar lejano, y que ni aquí ni en ningún lugar podría volver a pasar.

Con los años a esas imágenes que me había inventado le pude poner caras mirando las pocas fotos que se habían podido traer en las valijas más llenas de sueños y esperanzas que de recuerdos. Y con los años supe de la magnitud de la tragedia que de todas maneras sentía lejana a mi vida cotidiana.

Pero la frase siempre fue la misma, como un mantra familiar, casi como un apellido: “una noche llevaron a todos los judíos de Svintsyan al bosque y los mataron”.

Ayer por la noche estaba angustiada, las palpitaciones en el pecho me auguraban que no iba a poder dormir. Buscaba razones: cumpleaños, hormonas que cambian, la vida… Cuando me pasa esto, una de mis técnicas es cerrar los ojos e irme a la casa de la bobe y el zeide. Lo llamo “mi mundo luminoso”. Nada malo me podía pasar allí, bajo el pesado iverbet de la cama en el habitación del piano que había sido de mi tía hasta que se casó. No había lugar más seguro en el mundo que el ritual de los sábados: mi abuelo escribiendo el diario Undzer Lebn en su habitación, la que había sido de mi papá hasta que se casó, mi abuela ofreciéndome el plato judío de milanesas con papas fritas, y luego acostarme en el sillón (el mismo que hoy tengo en mi casa) a mirar con ella “El arte de la elegancia de Jean Cartier” y luego “Alta comedia” hasta quedarme dormida. La siguiente imagen era abrir los ojos y ver a mi abuelo en el sillón, al lado de la ventana, con el diario La Nación desplegado, que luego de ser leído encontraba su lugar en un rincón de la cocina donde formaba una pila altísima que se transformaba en su archivo.

Así que ayer me refugié en mi mundo luminoso, lo recorrí hasta que me encontré con esa vela encendida, y me di cuenta de que no sabía la fecha en la que habían matado a mis bisabuelos una noche en los bosques de Lituania. Me conmoví y como muchas veces me pasa, me emocioné al pensar siempre lo mismo cuando me acuerdo de ellos. ¿Estoy haciendo con mi vida algo que los honre, que haga que su muerte no haya sido en vano? ¿Busco justicia por su vida? A esta altura la angustia había crecido y mi “mundo luminoso” estaba teñido por las sombras de la noche.

Me puse a pensar en ciertos dolores familiares que navegan las generaciones…

Necesité conectarme con algo de esta historia, no podía entender cómo no sabía la fecha en la que mi abuela, todos los años prendía la vela por sus padres y también por sus vecinos y amigos.

Fui al escritorio, prendí la computadora y empecé a buscar. Lo primero fue encontrar el nombre de la ciudad, a veinte kilometros de Vilna, en Lituania, y vi que hay muchas formas de nombrarla por los idiomas y las invasiones a las que fue sometida: Svencionys, Shventenai, Schvenchionys, Shvencionys, Shvenchenis, Shventshenis, Svintsyan, Svintsian, Sventsian, Svenchan, Shvintzion, Svintzian, Sventzion, Sventsiany, Swenziany, Shvyentsiani, Shvyetsiani , Swieciany, Swienciany, Svieciany, Swenciany, Svenciany…

Pero entre tantas opciones, encontré cómo la llamaban mis abuelos: Svintsyan.
Mientras buscaba, (¡Dios mío, gracias por Internet!) sabía que me estaba acercando a algo. Que por algo estaba ahí, sentada en el escritorio a las 2 de la mañana de un día lunes con el pecho que me explotaba de ganas de llorar y no podía. Primero encontré una nota escrita por mi abuelo sobre Svintsyan y fotos de él con sus compañeros de escuela, encontré fotos del monumento hecho sobre la fosa en el bosque, vi que cada vez son menos los que se juntan todos los años a recordar esa matanza.

Leí que los únicos judíos que se salvaron fueron los que estaban alistados en el ejército ruso o confinados, como el tío Shaike, en Siberia.

Y de pronto el misterio reveló su presencia, sus hilos, sus travesuras. Eso que no entendemos de la magia de la vida se abrió en forma de 0 y 1 en la pantalla de mi computadora. Mientras leía lo que voy a poner a continuación pude llorar y entender que hay algo que no podemos descifrar pero no por eso deja de ser verdadero y contundente: “On September 27, 1941 ( Shabbos Tshuva 5702) – the whole Jewish population of the greater Svintsyan area was taken away from these points: Svintsyan, New-Svintsyan, Ignaline, Podbrodz, Haydutsishok, Dugelishok, Tseykin and everyone was kept for 10 days in the barracks of the military camp Poligon near New-Svintsyan.

During this time, the Jews were tormented in inhuman ways, and on the intermediate days of Sukkoth, the 7th and the 8th of October, the whole group was shot and thrown into a previously prepared pit. This communal grave held 8,000 Jews from the Svintsyan area”.

Traduzco: “El 27 de septiembre de 1941 (Shabbos Tshuva 5702) toda la población judía del area del Gran Svintsyan fueron llevados desde los siguientes lugares: Svintsyan, New-Svintsyan, Ignaline, Podbrodz, Haydutsishok, Dugelishok, Tseykin y fueron dejados durante 10 días en las barracas del campo military Poligon cerca del Nuevo Svintsyan.
Durante este tiempo, los judíos fueron atormentados de maneras inhumanas, y en el intermedio de los días de Sukkot, el 7 y 8 de octubre, todo el grupo fue fusilado y arrojado a una fosa previamente preparada. La tumba común aloja a 8000 judíos del área de Svintsyan”.
Hoy es 6 de octubre. Ya sé que mañana es el día y como hacía mi bobe, voy a prender la vela. Hay misterios y hay inconsciente. Lo que sea. Pero parece increíble.

Yo soy también esa noche en el bosque, que mágicamente se me reveló en mi noche de insomnio, tal vez guiada, tal vez facilitada por la web o tal vez no tenga idea por qué justo anoche tuve la urgencia de buscarla.

Mañana ellos volverán a tener su vela encendida. Voy a prenderla por ellos, por mi, por nosotros, por el misterio, por la bondad, por la familia. Porque como alguna vez escribió mi zeide… “si dos de tres es el número de nuestra tragedia, uno de tres el número de nuestra esperanza”. Así sea.

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