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La identidad judía ¿un dilema?


Publicado por: Agrun el 10 Octubre 2014

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Autor: 
Profesor Manuel Tenembaum
Fuente: 
Radio JAI

 

De manera brillante el profesor Manuel Tenembaum, quien fuera por décadas el Director ejecutivo del Congreso Judío Latinoamericano, expone de manera sintética y clara los momentos históricos, los aspectos ideológicos y las tensiones que conforman la identidad Judía contemporánea.

Leon Dujovne fue uno de los intelectuales judíos más destacados de la Argentina del siglo XX. Filósofo, catedrático y autor de innúmeros libros sobre temas filosóficos, alcanzó fama internacional con su estudio en cuatro tomos sobre la vida y obra de Spinoza. Incluso David Ben Gurion se interesó por su “Spinoza” y lo invitó a visitarlo en Israel. Preguntado en cierta ocasión cómo se consideraba en tanto que judío, Dujovne contestó, no sin orgullo: “judío a secas”, sin adjetivos.

La respuesta es toda una definición identitaria y remite a la tensión entre tradición y modernidad en la historia judía contemporánea.

En las comunidades pre-iluministas, en Europa o en el Mediterráneo, la pregunta habría causado sorpresa y la respuesta hubiese sido similar a la de Dujovne. Los judíos no se clasificaban en religiosos y no religiosos; en ortodoxos, reformistas, agnósticos o ateos; comprometidos con la comunidad o indiferentes. Eran judíos sin más.

A fines del siglo XVIII las cosas empezaron a cambiar, primero en Alemania bajo la égida de un gran filósofo, amigo de Kant: Moses Mendelssohn.

Con él comenzó la corriente que preconizó la presencia de los judíos en la sociedad general y la lucha por adquirir derechos civiles y políticos. Mendelssohn se mantuvo fiel al judaísmo tradicional, pero sus seguidores desarrollaron un gran esfuerzo para adaptarse al entorno mayoritario, sosteniendo además que las leyes que regían en la antigüedad durante la existencia del Beit Hamikdash ya no eran actuales y habían caducado. Entre los descendientes del filósofo no faltaron las conversiones al cristianismo.

El pensamiento iluminista se propagó por toda Europa Occidental. Su motivación era la búsqueda de igualdad adoptando la cultura y costumbres generales. En el camino se producía el abandono de la tradición milenaria y la búsqueda de la semejanza con los demás.

Los judíos se comportaron como alemanes, franceses e ingleses, aunque la población gentil no los reconociera como conciudadanos plenos. Sin embargo el avance de las ideas de la modernidad les abrió el camino de la emancipación. Formalmente todo comenzó en Francia cuando en 1791 la Asamblea Nacional Constituyente declaró la igualdad jurídica de los judíos, no sin la oposición de figuras importantes del clero y de la economía.

El carácter precario de la legislación francesa se pudo advertir con la convocatoria por Napoleón del llamado Sanhedrin de Paris, con el cual el Emperador sometió a prueba la lealtad judía al Estado. En 1808 Napoleón dictó medidas discriminatorias contra los ciudadanos judíos, en particular en la esfera comercial y profesional.

A lo largo de todo el siglo XIX el proceso emancipatorio avanzó y retrocedió pero terminó imponiéndose en Europa Occidental. Formaba parte del auge del liberalismo filosófico, político y económico. Pero estaba condicionado por una salvedad esencial, que los beneficiarios judíos en su entusiasmo por las libertades adquiridas no advirtieron o no tomaron en cuenta: sus derechos se entendían sujetos a la renuncia a la herencia judía y a la asimilación a las sociedades mayoritarias.

Amplios sectores judíos no vacilaron en pagar el “precio”, que el poeta Heinrich Heine denominó “nuestro billete de entrada a la civilización”. Ya los notables interrogados por Napoleón habían declarado que eran “franceses hasta la muerte”. El padre de la sociología judía Arthur Ruppin contabilizó no menos de 200.000 conversiones durante el siglo XIX. Muchos más fueron los asimilados que no llegaron hasta este extremo. Naturalmente los sectores fieles a la tradición resintieron en las comunidades judías el “costo de la igualdad” y algunos combatieron a los que la promovían calificando a la antigua fe de anacrónica.

Ya en el siglo XIX los judíos occidentales se jactaron de haber dejado atrás el gueto y no es exagerado afirmar que brillaban en la literatura, en las artes y en la ciencia. Hubo ministros y parlamentarios judíos, médicos eminentes, juristas destacados, sociólogos y escritores famosos e incluso ya en el siglo XX un jefe de gobierno de un gran país como Léon Blum en Francia.

Podría pensarse que personalidades tan identificadas con la cultura europea estarían ya a salvo de las injurias y difamaciones que los antisemitas vomitaban contra los judíos más tradicionales. Fue el gran error de los judíos contemporáneos: su integración y creatividad exacerbó la judeofobia. Los judíos más asimilados fueron a menudo los más agredidos. Blum por ejemplo fue víctima de un verdadero “asesinato de carácter” siendo jefe de gobierno.

Sin embargo esta reacción contraemancipatoria no impidió que muchos judíos se deshicieran de la herencia de su pueblo: los embargaba el profundo deseo de ser como los gentiles y ansiosamente buscaban aceptación. A la elite del judaísmo francés el término “juif” le parecía demasiado fuerte; prefería el más suave “israélite”. Comenzaron a abundar los que se explicaban diciendo que “solo son judíos por su origen familiar” o los que sencillamente declaraban que su judaísmo no era más que nominal.

El nacionalismo judío, conocido como sionismo, fue ante todo una reacción contra este tipo de visión desvalorizadora del propio ser. El fundador del movimiento político Theodor Herzl lo dijo de una vez para siempre en el discurso inaugural del primer Congreso Sionista convocado en Basilea en 1897: “El sionismo, antes que luchar por la vuelta a su país, representa el retorno del judío al judaísmo”. En aquel tiempo fue objeto de burla por las elites asimiladas en la derecha y por los revolucionarios en la izquierda, situaciones existenciales ambas vaciadas de judaísmo raigal.

Es de justicia señalar que la fe religiosa siempre y en los tiempos contemporáneos se suma la convicción nacional, generan sin dificultad en el judío la posibilidad de ser él mismo. El amor a D’s y el amor al pueblo judío desalojan la angustia existencial. Por el contrario producen equilibrio emocional y seguridad en la relación con los no judíos. Superar la angustia por igualarse a los otros y asumir la condición propia continúa siendo el dilema de muchos judíos en el mundo occidental. Para no pocos un dilema desgarrador, aunque objetivamente ficticio.

Cada tanto se producen sobresaltos de lucidez. Cuando el antisemitismo golpea, el Estado de Israel es amenazado y las más aberrantes acusaciones menudean, suele despertarse el alma judía en algunos de los menos propensos a reconocerlo. El notable intelectual francés Raymond Aron confrontó al héroe nacional Charles de Gaulle cuando éste apostrofó a los judíos como “pueblo de elite, seguro de sí mismo y dominador”.

El filósofo Henri Bergson, al borde de la conversión, volvió de golpe al judaísmo cuando Francia se rindió a la Alemania nazi. El alemán judío Franz Rosenzweig a punto de abandonar su fe volvió con más fuerza a la misma, cuando en un Día del Perdón pasó por una sinagoga y escuchó el canturreo de las oraciones del día más solemne de los judíos. Y hay que agregar a los que experimentaron esta epifanía a los cientos y miles de jóvenes que sin saber nada de sus raíces se dirigieron a luchar por Israel, impulsados por un súbito llamado a identificarse con su pueblo.

Los estudiosos a menudo dicen que “la historia judía es un drama”; los sociólogos hablan de “tensión entre tradición y modernidad”; los creyentes simplemente cumplen “el Servicio de D’s”. Identidades claras e identidades confusas, pero sigue siendo verdad que “reinos van y reinos vienen, mas Israel perdura”.

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