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Medio Oriente y los dilemas de la guerra


Publicado por: Agrun el 14 Agosto 2014

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Autor: 
Rogelio Alaniz
Fuente: 
El litoral.com

 

Alguna vez Golda Meier declaró que “lo que nunca le vamos a perdonar a los palestinos no es que hayan matado a nuestros hijos, sino que nos hayan obligado a matar a los hijos de ellos’’. No recuerdo si lo dijo durante la Guerra de los Seis Días o la guerra del Yon Kippur; para el caso da lo mismo, porque desde 1947 Israel vivió en guerra. Las ganó a todas, pero sus dirigentes mejor que nadie saben que esos triunfos nunca representaron la victoria final. ¿Y entonces? Ésa es la tragedia: Israel sabe que la guerra nunca será la solución de fondo, pero es la solución para vivir cada día. Otra posibilidad no le permiten.

Yo no sé si los judíos están donde están por orden de Moisés o de Teodoro Hertz; si el mandato viene de la Biblia o de la declaración de Balfour; lo que sé es que el pueblo judío se ganó el derecho de ocupar una mínima fracción de ese territorio. Trabajo, inteligencia, coraje, fueron las virtudes puestas para merecer un hogar nacional. Cuando llegó la hora de la partición por mandato de la ONU, Israel se presentó a la cita con la historia teniendo un ejército profesional, una economía fundada en los kibbutz, una central de trabajadores, partidos políticos, burocracia estatal e incluso la hazaña de construir un idioma propio. Del otro lado, las tribus y la guerra. Siete ejércitos atacaron. Israel; los derrotó a todos. En el camino hubo decisiones controvertidas, pero más allá de la polémica histórica, el más elemental sentido común se pregunta por qué tanto revuelo por veinte mil kilómetros cuadrados en un territorio de cuatro millones de kilómetros cuadrados.

Israel también en sus inicios contó con sus terroristas y fanáticos. Institucionalmente la crisis se resolvió en junio de 1948, cuando Ben Gurión decidió bombardear el Altalena, barco cargado de armas y explosivos destinado a abastecer al Irgun, el grupo armado dirigido por Beguin. La controvertida decisión de Gurión consolidó la autoridad estatal y puso punto final a las pretensiones de los sectores más duros ¿Cuándo Abbas se decidirá a hacer algo parecido con Hamas?

Todo nacimiento de un Estado nacional es un acto de violencia. Israel no fue la excepción, pero es el único Estado que más de medio siglo después debe dar explicaciones por su existencia, sobre todo debe defenderse de quienes no critican a un gobierno o a una gestión, sino a esa existencia misma. Hoy el mundo admite de la boca para afuera que Hamas es una banda terrorista y mesiánica, pero son muy pocos los que se hacen cargo de las consecuencias de ese reconocimiento. También se admite a regañadientes que Israel es la única democracia en la región, pero pareciera que eso en vez de ser una virtud es un defecto o una formalidad irrelevante, como si la condición democrática no incluyera un concepto del ser humano, un concepto de la sociedad y un concepto de la política.

Sus universidades están calificadas entre las mejores del mundo, sus políticas sociales son justas, la movilidad social es excelente, su producción de conocimiento científico es brillante, sus hospitales disponen de la tecnología más avanzada y humanitaria, pero a sus empecinados críticos estos logros sociales no les dicen nada. Ellos están afligidos porque el gobierno de Israel es conservador. En cualquier país democrático del mundo la derecha es una de las posibilidades del poder, pero en Israel eso pareciera ser un pecado imperdonable.

¿Por qué no gobiernan los progresistas? Gobernaron en su momento, pero sus enemigos externos nunca dejaron de reclamar que el destino de los judíos es el mar. La última vez que los progresistas tuvieron una oportunidad fue en 2000, cuando el ministro Barak propuso satisfacer más del noventa por ciento de los reclamos palestinos. La respuesta de Arafat fue la segunda Intifada. En los últimos quince años a Israel nunca le fue bien con sus propuestas pacifistas. A Barak le respondieron con la segunda Intifada; al retiro del Líbano, con Hezbolá; a la entrega de la Franja de Gaza, con Hamas. “Cuando fuimos comprensivos, débiles y apátridas, nos condujeron a las cámaras de gas’’, le dijo Golda Meier a Oriana Falaci.
No es ninguna novedad saber que, en sociedades democráticas, cuando la izquierda no da respuestas, las soluciones empieza a proponerlas la derecha. De todos modos, lo cierto es que la guerra para Israel no es una cuestión de derecha o de izquierda, sino de salvación nacional. Como dijera Ben Gurión, uno de los grandes estadistas del siglo XX: “Nuestra arma secreta ha sido no tener alternativa’’.

Puede que el gobierno de Israel sea de derecha, pero lo cierto es que en este caso no está en guerra con un gobierno de derecha o de izquierda, sino con una banda terrorista cuyos fundamentos ideológicos pertenecen al campo de la extrema derecha. A las almas bellas ese detalle tampoco les dice nada. En todas las circunstancias, el que tiene que pagar los platos rotos es siempre Israel. A las almas bellas les encanta publicar notas de judíos criticando a los judíos. Lo que nunca se preguntan es por qué no hay testimonios críticos del otro lado. Preocupados por la intangibilidad de los valores, a los caballeros tampoco se les ocurre pensar que algo valioso hay en una sociedad donde el gobierno puede ser criticado. Tampoco la coherencia interna los desvela. Por lo general, en sus propios países son de derecha o de centro, pero a la hora de pensar en Israel giran aceleradamente hacia la izquierda. Vargas Llosa es un ejemplo aleccionador. En uno de sus viajes descubrió a Ilan Pappe, un historiador israelí de extrema izquierda que asegura que el sionismo es más peligroso que el Islam y que Israel como entidad estatal no tiene derecho a existir. A diferencia de su platea palestina, no propone arrojar a los judíos al mar, pero les deja servido en bandeja los argumentos a los terroristas para hacerlo. En ninguna parte del mundo Vargas Llosa estaría de acuerdo con un tipo como Pappe, menos en Israel, claro está, donde descubre jubiloso que puede retornar a sus ideales juveniles de izquierda.

Harina de otro costal es Daniel Baremboim. Se puede estar o no de acuerdo con sus propuestas, pero en todos los casos tiene derecho a hacerlas. En una sociedad abierta es importante que alguien disienta, que alguien advierta sobre los peligros de la guerra. Dicho esto, también importa decir que la autoridad intelectual de Baremboim proviene de la música; sus opiniones como ciudadano son importantes, pero para el campo de la política no dispone de un saber especial o privilegiado. De todos modos, personajes como Baremboim o Grossman, sólo son posibles en Israel. En la Franja de Gaza hace rato que los hubieran fusilado.

Algunas aclaraciones en esta coyuntura son importantes. Hoy la guerra en la región no es contra los palestinos o los árabes, sino contra Hamas. Acerca de quién inició las hostilidades armadas no hay discusiones: fue Hamas. La banda necesita la guerra como Drácula la sangre. ¿La guerra es un horror? Chocolate por la noticia. La guerra es un horror, pero el problema no es ése, el problema consiste en saber qué debe hacer una nación cuando se enfrenta con enemigos decididos a aniquilarlos. Poner la otra mejilla puede ser una decisión, pero un gobernante responsable no puede dar esa respuesta. La otra posibilidad es creer que Israel bombardea Gaza porque le gusta matar niños y mujeres. El argumento es interesante, sólo porque se nutre del más cristalino antisemitismo.

¿Tantos años de guerra transformó a Israel en una nación integrada por criminales? Es verdad que a ninguna nación le sale gratis vivir con el dedo en el gatillo, pero está claro que no fue ése el destino que eligieron los Padres Fundadores. “‘Quisimos ser Abel y nos obligan a ser Caín’’, se lamentó alguna vez uno de los Padres. “Nunca nos gustó la guerra dijo Golda Meir- ni siquiera cuando las ganamos’’. Se me hace difícil imaginar a los terroristas de Hamas atravesando por esas dudas existenciales. “Adoramos la muerte, como nuestro enemigos adoran la vida’’, es su respuesta a tantos dilemas. Las almas bellas suspiran acongojadas.

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