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¿Un Iom Kipur libre de arrepentimientos? Cuentos y reflexiones del grupo Pensandonos


Publicado por: David Salischiker el 23 Septiembre 2009

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Hace unos días, un amigo me invitó a participar de un grupo de reflexión denominado Pensándonos, el que se autodescribe como:

 

Somos un grupo de personas con necesidad de compartir inquietudes, discutir, pensar, enseñar, aprender, y elaborar temas que nos preocupan.

Queremos tratar muchos temas. Por el momento, nos convocan básicamente cuestiones que tienen que ver con la realidad judía en la Argentina.
 

 

Con interés, comencé a navegar por las distintos temas y debates con material para la lectura y reflexión entre los participantes.

Entre los debates abiertos, me interesó uno, tal vez por la pregunta de su título, o simplemente porque era el primero de la lista.

El título de ese hilo de debate era (es) ¿Un Iom Kipur libre de arrepentimientos? iniciado por José Chelquer.

Me gustaría compartir en este espacio el contenido que dio inicio a esa reflexión, un cuento y un mensaje de José y la parte de la continuación de ese hilo, aportado por Pragia Azar, con otro cuento y una reflexión final.

 

Hace unos días, un amigo me invitó a participar de un grupo de reflexión denominado Pensándonos, el que se autodescribe como:

 

Somos un grupo de personas con necesidad de compartir inquietudes, discutir, pensar, enseñar, aprender, y elaborar temas que nos preocupan.

Queremos tratar muchos temas. Por el momento, nos convocan básicamente cuestiones que tienen que ver con la realidad judía en la Argentina.
 

 

Con interés, comencé a navegar por las distintos temas y debates con material para la lectura y reflexión entre los participantes.

Entre los debates abiertos, me interesó uno, tal vez por la pregunta de su título, o simplemente porque era el primero de la lista.

El título de ese hilo de debate era (es) ¿Un Iom Kipur libre de arrepentimientos? iniciado por José Chelquer.

Me gustaría compartir en este espacio el contenido que dio inicio a esa reflexión, un cuento y un mensaje de José y la parte de la continuación de ese hilo, aportado por Pragia Azar, con otro cuento y una reflexión final.

 


 

¿Un Iom Kipur libre de arrepentimientos? Por José Chelquer

Quisiera compartir con ustedes un cuento que, aunque no viene respaldado por la autoridad de ningún Rav, sirve para la ocasión.

Cuenta la historia que había un judío piadoso que, todos los años, para Iom Kipur, hacía su vidui (confesión) y se debatía preguntándose por qué no había sido capaz de comportarse lo suficientemente bien durante el año.

Finalmente, decidido a mejorar definitivamente, encaró un ambicioso proyecto: evitar cometer cualquier desliz y completar el año en tal estado de pureza que resultase innecesario confesarse. Se trataba de un desafío mayúsculo: cometer un jeth es, como la palabra lo indica (jeth=error), tan fácil como errar al disparar una flecha: ¡el blanco es tan pequeño!

Temeroso de cometer alguna injusticia en su trabajo, lo dejó y vivió austeramente de sus ahorros. Para asegurarse que no dañaría inadvertidamente a ningún ser vivo, por pequeño e invisible que fuere, se recluyó en su casa. Deseoso de evitar cualquier falta hacia sus semejantes, evitó el contacto con otras personas –salvo el imprescindible durante los rezos, en los que era acompañado por nueve amigos que completaban su minián. Redujo al mínimo su comida y bebida, y sostuvo durante doce meses un estado de retiro casi absoluto.

Cuando llegó el siguiente Iom Kipur, comprobó con satisfacción que había logrado cumplir su propósito, y que nada ni nadie había sido capaz de distraerlo de su plan. A la hora del vidui, cerró su majzor y se dispuso a escuchar las confesiones de los demás con la tranquilidad de quien tiene su conciencia libre de toda culpa.

En lugar del coro de “Ashamnu, bagadnu…”, escuchó otra voz que le decía:

“Deberías redoblar tus confesiones”.

“¿Acaso no he evitado todo mal?” se preguntó sorprendido, “¿en qué pude haber errado?”.

“No erraste con ninguna de tus flechas porque te negaste a lanzarlas. Cometiste, así, el peor de los pecados al evitar el desafío de vivir”.

 

Cuando escucho a quienes añoran los “buenos tiempos” en que los judíos, privados de la posibilidad de ejercer la soberanía política, estaban libres de cometer los pecados propios de un Estado, cuando los veo reclamar el retorno a ese limbo, pienso que se parecen al personaje de este cuento. Ojalá escuchen. Y ojalá podamos ser mejores.
 

 


 

Re: ¿Un Iom Kipur libre de arrepentimientos? Por Pragia Azar

Los relatos nos enriquecen y ponen en funcionamiento nuestro  pensamiento. El Rav Soloveichik se preguntó: ¿Que hace un maestro judío?  y él respondió: relata un cuento que ya fue narrado  cientos de veces de generación en generación.

También nosotros narramos. Para Iom Kipur yo les quería acercar un cuento muy conmovedor, escrito por Aída Bornik, "Tomás el ortodoxo". El cuento pone en cuestión el frío cumplimiento y la disciplina vacía de contenido. Cualquier semejanza  con la realidad y el comentario de los javerim que escribieron, es pura coincidencia.

Qué lo disfruten!!!

 

TOMAS EL ORTODOXO

Aida Bortnik

Tomas era un niñito muy prolijo. Tanto, que casi, casi, no parecía un niñito. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado. Estaba siempre limpio y e iba a dormir cuando los niñitos tenían que irse a dormir. Todos sus juguetes estaban enteros, brillantes y en el estante correspondiente. Estaba tan preocupado por conservar todos sus juguetes, que nunca jugaba con ellos. Tomas era un niñito al que no inquietaban el vuelo de los pájaros ni el funcionamiento de su cuerpo.

 

Tomas era un joven muy disciplinado. Tanto, que casi, casi, no parecía un joven. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado, nunca intervenía demasiado. Estaba siempre prolijamente vestido y educado con las chicas y respetuoso con los mayores. Estaba tan preocupado por repetir bien sus lecciones que nunca sabia de que estaba hablando. Tomas era un joven al que no inquietaban el rotar de las estrellas ni el bullir de su sangre.

 

Tomas era un hombre muy ordenado. Tanto, que casi, casi no parecía un hombre. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado, nunca intervenía demasiado, nunca se comprometía demasiado. Estaba siempre del humor justo y trataba cortésmente a las mujeres, a los mayores, a los jefes y a los subordinados. Estaba tan preocupado por cumplir con todos sus deberes que nunca tuvo tiempo para saber que significaban. Tomas era un hombre al que no inquietaban el destino de la humanidad, ni el significado de sus pesadillas.

 

Tomas era un marido muy metódico. Tanto, que casi, casi, no parecía un marido. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado, nunca daba demasiado. Cuando era preciso se disponía a hablar brevemente, escuchar brevemente y proceder brevemente, durante el abrazo. Estaba tan preocupado en observar todas las reglas del matrimonio que nunca se le ocurrió disfrutar. Tomas era un marido al que no inquietaban los fantasmas de la felicidad, ni los demonios de los celos.

 

Tomas era un padre muy riguroso. Tanto, que casi, casi, no parecía un padre. Nunca preguntaba bastante, nunca pedía bastante, nunca curioseaba bastante, nunca intervenía bastante, nunca se comprometía demasiado, nunca daba demasiado, nunca esperaba demasiado. Estaba siempre dispuesto a juzgar y a ordenar, sin olvidar los buenos modales. Estaba tan preocupado por ejecutar todas las obligaciones de la paternidad que nunca pudo conocer a sus hijos. Tomas era un padre al que no inquietaban las frustraciones de sus sueños, ni las posibilidades de una guerra.

 

Tomas murió una mañana de verano. Lo enterraron por la tarde. Por la noche comenzaron a olvidarlo.

 

El señor lo observo en silencio, mientras escuchaba el minucioso relato de sus deberes cumplidos. Después suspiro - el Señor, Tomas jamás suspiraba- y dijo: "Cada siete días, cuando orabas prolijamente tus oraciones, sin olvidar ninguna palabra, yo esperaba. Como esperaron tus padres y tus hijos, tus maestros y tu mujer, tus compañeros y tus ángeles. Esperaba que preguntaras algo, que pidieras algo, que exigieras algo, que sintieras algo demasiado poderoso para ser controlado. Esperaba que te encontraras o te perdieras. Esperaba, como todos esperaron, que me necesitaras. Pero me has dado a mi, regularmente, cada séptimo día, lo mismo que le has dado a la vida: una devoción vacía. Tu eres el único fracaso imperdonable para la Creación: un hombre que no la cuestiona. Vete, Tomas -concluyo el Señor-, también yo quiero olvidarte."

 

Jatimá Tová para todos!!!

 

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