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poema ROMANCE DE MIS TREINTA PRIMAHERMANAS de Pablo Schvartzman

ROMANCE DE MIS TREINTA PRIMAHERMANAS
Tuve treinta primahermanas,
todas mayores que yo.
No queda viva ninguna:
Dios, de a una, se las llevó.
Recuento y creo eran treinta;
quizás falten una o dos.
Algunas eran bonitas;
rotundamente, otras no,
pero yo no las miraba
con mucho afecto o amor.
Rebullía la pelirroja,
otras de color de sol
y varias más tostaditas
por el clima y el calor.
Ciertas eran vivarachas;
taciturnas, una o dos,
y alguna hasta parecía
ser semejante a una flor;
pero ninguna lograba
tener mi predilección.
Mucho menos todavía
ninguna me emocionó.
Nos habían enseñado
a no verlas con pasión:
cosas de la biología,
tal vez de la religión.
No sé si sería el carácter
de mi propia inclinación
o quizás por mi egoísmo,
mas no les tuve afición.
Las recorro en el recuerdo
y veo que predilección
tampoco tuve hacia alguna:
¡qué bicho raro era yo!
Tuve treinta primahermanas,
todas mayores que yo,
y eso no es ningún misterio
puesto que yo era el menor.
Tuve treinta primahermanas:
ni una de ellas me gustó.

Pablo Schvartzman
28.9.2014

EL "HOMBRE QUE RIE" ACOMPAÑA EL CADAVER

EL “HOMBRE QUE RÍE” ACOMPAÑA EL CADÁVER
Aquí traigo otro romance
con el viejo camposanto
plantado en una colonia
de judíos acriollados.
Y aunque no es para bromear
no puedo dejar de lado
la anécdota en la que fui
testigo privilegiado.
Hablo del “hombre que ríe”;
lo habíamos apodado
en honor del personaje
del famoso escritor galo.
Cara roja, ojos saltones,
tenía un rictus muy raro
y parecía reír
aunque por dentro el quebranto
y la pena lo agobiaban.
Había venido del campo
corrido por la miseria;
hacía algunos trabajos
y ganaba unas monedas.
Le consiguió otro conchabo
la gente del club local,
acompañar a finados:
velorio, preparación
de acuerdo al rito sagrado
y escolta con el cajón
hasta el último descanso.
Todavía yo era un gurí
pero lo veo muy claro
y lo recuerdo muy serio
y muy rígido, sentado
al lado del ataúd,
viajando en el acoplado
del pueblo hasta el cementerio
en el agua y en el barro.
Mi tío Marcos, conductor
del episodio sagrado,
escondía en el tractor
la botellita de escabio
para echarse algún traguito
cada vez que se hacía un paro.
Y aquí “el hombre que ríe”
saltaba del acoplado
para exigirle a mi tío
que lo convidara un trago.
El argumento era siempre
el mismo: -- Mirame, hermano;
no puedo estar mucho tiempo
con el cajón del finado
solito con mi alma y él
propinándome sus vahos.
Los chiquilines gozaban
el esperpéntico diálogo
entre “el hombre que ríe”
y mi paciente tío Marcos.
Éste se encolerizaba:
llegaba a vilipendiarlo
con palabras indecentes
que rozaban el agravio.
--¡Aguantátelas, bandido!
¿O querés llegar borracho?
Sería una hermosa forma
de acompañar al finado.
De mal grado obedecía
y volvía a sentarse al lado
del féretro incorregible
que se movía a los saltos.
Claro, los que formábamos
la picaresca del pago
no podíamos compartir
el dolor de un allegado
del muerto que así se iba
a su último descanso.
Pero Dios perdonará
a esos bulliciosos años
en que, sin plena conciencia,
sólo solíamos burlarnos.
A veces se me presenta
como un sueño o pantallazo
el pobre “hombre que ríe”
y era serio, sin embargo.
El tesorero del club
eran mi padre o mi hermano
así que lo solía ver
cobrar el magro salario,
firmar muy claro el recibo
con su temblorosa mano:
“Recibí del Club local
dos pesos (o tres o cuatro)
por acompañar el duelo
de la familia Bogdánof”.

Pablo Schvartzman
27.9.2014

EL DIFUNTO AMIGO DE MI TIO MORDEJAI poema de Pablo Schvartzman

EL DIFUNTO AMIGO DE MI TÍO MORDEJAI
El tema de este romance
es un viejo camposanto
de los que quedan aún
en los campos entrerrianos,
plantados en las colonias
de judíos acriollados.
Pero no hay aquí fantasmas
ni espantajos ni algún trasgo,
está, sí, la inquieta alma
de un amigo de tío Marcos.
Tengo que contar un poco
el origen del relato
ya que el colono más pobre
--como suele ocurrir tanto—
fue el que regaló el terreno
para el eterno descanso
de los seres que a este mundo
lograron abandonarlo;
miles de veces estuve
en ese santo terrazgo
donde reposan algunos
de mis parientes cercanos.
Todo el año era lo mismo,
en invierno y en verano:
en cuanto llovía muy fuerte
se transformaba en pantano
o mejor en una isla
justo en medio del oceano.
Sepultar en esos días
era tarea de espanto
y he acompañado difuntos
en acoplados tirados
por caballos y por bueyes,
por tractores y por carros.
Pero eso es ya otra historia
y queda para otro cántico.
Y comienza este relato
de la muerte del amigo
de un tío mío, el tío Marcos
(Mordejai en lengua sacra
y Mardoqueo en castellano).
Siguiendo con el ritual
que impone la fe de antaño
fue sepultado en la tierra
en un féretro precario,
sin herrajes ni metales
ni adornos estrafalarios.
Muy poco tiempo después
mi tío empezó a soñarlo;
lo veía muy claramente
clamando en su desgarro:
--Por Dios pido, Mardoqueo;
estoy muy mal ubicado,
esta pésima postura
no me permite el descanso,
me crujen todos los huesos
y hasta se me ha caído el cráneo.
Las pesadillas seguían
y aumentaban: mi tío Marcos
ya no lograba dormir,
se sentía aterrorizado,
hasta que fue a consultar
antes de ingresar en pánico,
en la lejana ciudad
al viejo rabino sabio.
--Algo pasa (juzgó éste)
para que este buen hermano
no se halle en la santa paz
de los seres que han marchado
y es lícito y pertinente
tener que desenterrarlo.
Se hicieron las ceremonias,
los rezos y los cuidados
y abrieron la fosa aquella
del amigo de tío Marcos.
El féretro no existía
y atónitos comprobaron
que una corriente muy fuerte
de agua había sacado
los restos de aquel cajón,
y estaban entremezclados,
pero el cráneo había caído
a casi un metro al costado.
Lo cambiaron de lugar
al amigo del tío Marcos
y de nuevo acomodaron
esos despojos humanos
y mi tío dejó de oír
sus quejumbrosos llamados.
Años después pude dar
cariz lógico al relato
(porque en tiempo del suceso
yo era apenas un muchacho)
y me expliqué la cuestión
de un modo serio, no abstracto:
mi tío sabía de las aguas
subterráneas de ese campo
y el subconsciente alertó
la posición del finado.
Porque yo no creo en fantasmas,
aparecidos ni trasgos.
Y ya me bulle en la mente
otra crónica o relato
del cementerio judío
en ese espacio entrerriano.

Pablo Schvartzman
27.9.2014

"DON FRANCISCO Y LA PESTE" poema de Pablo Schvartzman

DON FRANCISCO Y LA PESTE

“Yo no soy, pué, gringo, mijo;
la peste a mí no me dentra…”
Tengo presente la frase
de la década del treinta;
nos la decía don Francisco
si aplaudíamos su gesta
de montar pingo tan bravo
a sus años, más de ochenta.
“Pué yo no soy gringo, mijo:
la peste a mí no me dentra”.
Lo estoy viendo y estoy viendo
su pesar y su tristeza
por el drama que sufrió
y que marcó su existencia.
Tenía una sola hija,
y él y su compañera
la criaron de lo mejor
dentro la honrada modestia
de su pasar chacarero
en cercanías de mi aldea.
La chica se enamoró
de un individuo cualquiera
y, aunque muy bien no cayó,
respetaron que eligiera
para marido a ese hombre
y se formó la pareja.
Al poco tiempo nomás
la cosa se daba vuelta.
La muchacha regresó
con una tremenda queja:
después de una discusión
fue agredida con dureza.
Y aquí reaccionó su padre:
la llevó él mismo de vuelta
pero le advirtió al marido:
--Con esto, Juan, no se juega.
Y lo amenazó muy serio:
--Si de nuevo mi hija llega
ofendida y amargada
contándome estas vilesa,
no me va a quedar a mí otra
que aujeriarte la cabeza.
Así que Juan ya sabé;
yo no insisto en la alvertencia.
Muy poco tiempo después
repitió la peripecia
y don Francisco fue a verlo
el Coltreintiocho en la diestra.
Pocas frases pronunció
y cumplió con su promesa.
Un par de meses después
nacía el nieto o la nieta
(me esfuerzo pero no logro
ya recordar lo que era)
y moría la joven madre
agobiada de tristeza.
Don Francisco se entregó
cumpliendo con su conciencia,
pero no por mucho tiempo
lo tuvieron entre rejas.
Pasó un tres cuarto de siglo
y estoy viendo su cabeza
pesarosa de infortunio,
adversidades y pena.
Y aunque él era incapaz
de acciones o frases huecas,
solía repetir aquello:
“La peste a mí no me dentra
pues yo no soy gringo, mijo,
y ni me pueden las penas”.

Pablo Schvartzman
24.9.2014

poema: EL ROMANCE DE LA PRIMA DE MI SUEGRA de Pablo Schvartzman

EL ROMANCE DE LA PRIMA DE MI SUEGRA
La historia cumplirá un siglo;
testigos, no queda nadie.
Procuraré recrearla
en la forma más amable:
como un romance empezó
y la contaré en romance.
El lugar: en la Polonia
del imperio de los zares,
una aldehuela judía
allí donde el Oder nace.
Conversador, bien vestido,
distinguido y elegante,
de inmediato se fijó
en esa beldad radiante
que era prima de mi suegra.
Le cayó bien a los padres,
que oponerse no supieron;
dijo que quería casarse
lo antes posible y partir
a lo de sus familiares
que tenía en la Argentina
y que eran gente de clase.
Manifestó estar muy solo,
sin hermanos y sin padres
y prometió volver pronto
con un rabí venerable.
Y rápido sucedió:
celebraron el enlace
muy felices y partieron
a Hamburgo, para embarcarse
con destino a la Argentina
y allí planeaba quedarse.
Un cuento de hadas sin duda.
Viajaron a Buenos Aires
y pronto a bordo estalló
el drama inesperable:
segunda o tercera noche
y ya trató de entregarle
su bella y joven esposa
a un viejo en primera clase.
Pero ella no era tonta
y en cuanto logró zafarse
corrió a ver al capitán
que detuvo al traficante
y lo mantuvo en prisión
hasta que el barco atracase.
Con amargura llegó
al puerto de Buenos Aires
y de allí vino a Entre Ríos
donde tenía familiares.
Aquí se quedó y su vida
llena estuvo de avatares;
finalmente se casó
y no con un elegante,
ni joven de buen pasar,
ni siquiera bien parlante,
pues era más que maduro
y no era nada brillante,
también era sordomudo
si algo había de faltarle…
Y hubo más de una vez
quién se animó a preguntarle
cómo una hermosa muchacha,
inteligente, agradable,
enmarida porque sí
con pareja semejante.
Y ella solía contestar:
--Ya tuve marido amable,
distinguido, encantador,
vistoso y muy elegante
y, de todo, lo mejor:
un tipo muy bien parlante.

Pablo Schvartzman
1.10.2014

DOS SONETOS: "la casa de don pablo sin él" y "soneto de la difunta infanta"

DOS SONETOS

En su prólogo a mi libro “Judíos en América” (de 1963) escribía Aristóbulo Echegaray, quizás demasiado generosamente: “Pablo Schvartzman, como la mayoría de los mejores prosistas, se inició publicando libros de versos”.
Es verdad que, desde muy chico, escribo poesía y soy un enamorado de los viejos moldes y sus reglas: coplas, romances, décimas y sobre todo, quizás y sin quizás, el soneto.
El poeta chileno Francisco Contreras (1877-1953) escribía en París en 1906: “Armonioso de factura, opulento de rimas, dificultoso de ejecución, el soneto es la expresión más bella y perfecta de los llamados poemas de forma fija y acaso de todas las combinaciones métricas”.
Algunos modernistas reniegan de él y otros estimamos que esta forma de expresión lírica es inmortal. Yo trato de seguir cultivándolo y estos dos son un par de los míos que más quiero:

LA CASA DE DON PABLO SIN ÉL

Calle Ameghino, “el loco de los huesos”,
y casi Rocamora, fundador de villas;
la fachada impersonal, sencilla,
sin bronces, ni mármoles, ni yesos.

Dentro, libros y papeles de ésos
que se apilan de pura maravilla,
una habitación de orilla a orilla
con monedas, medallas , más impresos.

Hay recuerdos y fotos de la amada,
cuatro o cinco poesías empezadas,
una Biblia, un blasón del Diablo,

la pistola que fue de algún pirata,
en un tomo marcadas las erratas…
Casi todo está allí, menos don Pablo.

SONETO DE LA DIFUNTA INFANTA

Este soneto de la difunta infanta
es la oración por mi hermanita muerta
que partió con pretensión incierta
y es siempre niña, inocente, santa.

No fue mi culpa. Hay algo que transplanta
y quién sabe si acierta o desacierta;
pero la interrogante queda abierta
en un presagio que tal vez espanta.

Una lágrima rueda por mi faz anciana
cuando la evoco temprano en la mañana:
yo llegué, fui feliz y me hice viejo.

Ella partió para que yo viniera
y no sé si es sueño, ilusión, quimera…
El día de encontrarla no está lejos.

PABLO SCHVARTZMAN.

EL DESCANSO DEL CEREBRO de Pablo Schvartzman

EL DESCANSO DEL CEREBRO
Aunque asistí a la escuela primaria, me considero un autodidacto total. Fui un alumno menos que mediocre: nada me gustaba, nada me interesaba, excepto castellano e historia; casi todo lo aprendí prácticamente solo primero y luego a través de la vida y de incesantes y desordenadas lecturas que ya duran más de ochenta y cinco años.
A los cuatro aprendí a leer y a escribir en castellano e ídisch (pues mis padres hablaban entre ellos en ídisch casi todo el tiempo) y especialmente mi madre era una insaciable lectora y lo hacía en castellano, ruso, ídisch y algún idioma más. Al ídisch coloquial lo llegué a dominar en un ochenta o noventa por ciento. Aprendí a andar en bicicleta moliéndome a golpes, a manejar automóvil a los ocho o nueve con el Ford A de 1929 de un vecino, a nadar en los arroyos y charcos de mi zona, a conducir motocicletas cuando tuve la primera a eso de los veinte años; la exacta ortografía fijándome obsesivamente – sin darme cuenta -- en mis numerosísimas lecturas, y escribí poesía desde muy pequeño, algunas quizás tan buenas o tan malas como las posteriores.
Se me despertó la pasión por el coleccionismo de monedas y medallas antes de los cuatro años y llegué a ser un numismático bastante conocido, obteniendo algunas distinciones nacionales e internacionales quizás no del todo merecidas.
Pero a esto quería llegar: a la manera de descansar de nuestro cerebro. He llegado a pensar que el cerebro nunca descansa, pero que en el curso de nuestra vigilia está casi completamente bajo nuestra dirección: lo que pensamos, lo que planeamos, lo que hacemos, sea estudiar, trabajar, escuchar música, cantar, bailar, conducir vehículos, alimentarnos, etc. lo realizamos con actos conscientes y tenemos al cerebro, por así decirlo, sujeto a una tarea incesante de la que no puede zafar, pero cuando nos dormimos o no estamos totalmente conscientes, de cualquier forma, él se desquita creando, inventando, imaginando situaciones, generalmente inverosímiles, en cuyo transcurso se divierte, juega, goza a sus anchas totalmente libre de la esclavitud a que está sometido cuando nos mantenemos alerta, ocupados o solamente despiertos.
Claro que no soy un científico sino un ser humano común y corriente, pero mi amigo el cerebro quizás juegue con mis ideas y mis pensamientos a mayor velocidad de la que sus congéneres lo hacen con personas más tranquilas.
En realidad, estas reflexiones me estuvieron bullendo durante mucho tiempo. Debo confesar que desde pequeño duermo mal, en forma inquieta y casi la totalidad de mi descanso nocturno – en forma permanente – está poblado de pesadillas, fantasías desagradables en su mayoría y sólo muy de vez en cuando se cuela un sueño agradable y placentero. Pero la inmensa mayoría de las veces – así creo que lo llegué a descifrar – es mi cerebro que, en su descanso, se burla de mis quehaceres y pensares. Me fui acostumbrando – como dice el proverbio judío: “Que Dios nos libre y nos guarde de aquello a lo que podemos acostumbrarnos”—y me reconcilié con mi magín y lo dejo retozar a su gusto.

Pablo Schvartzman
Concepción del Uruguay, 22.9.14

JUICIO Y DEFENSA poema de Pablo Schvartzman

JUICIO Y DEFENSA

Despierto en la madrugada

y me digo: ”un dia más...”

Décadas, lustros y años

me comienzan ya a pesar;

el porqué esta larga vida

no lo puedo imaginar.

Abuelos, padres, hermanos,

ninguno alcanzó mi edad

y alguno se fue del mundo

casi antes de despertar.

Por eso, Gran Arquitecto,

pregunto con ansiedad:

¿tienes para este anciano

algunas tareas más?

¿O quizás es un castigo

que no alcanzo a descifrar?

Recorro todos mis años

y no veo mucha maldad;

seguro algún pecadillo

que se puede soslayar.

Porque casi no he mentido,

no he jurado jamás,

no he robado, sí he odiado

alguna oportunidad;

pero es humano supongo

lo de amar y lo de odiar.

Fui un rebelde, no lo niego,

en la escuela y el hogar

pero, ¿quién, en este mundo,

puede, con sinceridad,

tomar la primera piedra

y disponerla a arrojar?

Amable fui con las gentes,

no aprendí a discriminar,

ayudé al necesitado

sin sacrificios quizás.

No me convierte eso en santo

ni lo pretendí jamás.

Doné litros de mi sangre

sin saber ni preguntar

a quién se destinaría,

estuviese bien o mal.

No caí en la idolatría;

soy de la estirpe de Abraham

y acato una buena parte

de las órdenes que dan

los preceptos y las leyes

que rigen la humanidad.

Pero sigo preguntando

por qué tanta ancianidad

e insisto con el dilema:

¿tendré algunas tareas más?

He cumplido con aquello

de “creced y multiplicad”:

cuatro hijos, doce nietos,

no es demasiado, ¿verdad?

No fui a escuela para padres

y me hube de equivocar.

He honrado a padre y madre

y a la compañera más.

Combatí a las tiranías

dentro mi capacidad,

impugné el libertinaje,

defendí la libertad.

Sufrí discriminaciones

y bastante de maldad,

pero traté en lo posible

de olvidar y perdonar.

Tuve largos quince meses

de servicio militar,

aprendiendo la experiencia

de obedecer sin chistar;

y encontré allí camaradas

de corazón fraternal.

Y también caí entre rejas,

pocos días nada más;

soporté afanes, trabajos,

y accidentes por demás

y, sí, abusé, reconozco,

de la alta velocidad.

Todo ello no me hace bueno

y acepto con humildad

que en mi modesta existencia

sólo soy un hombre más

con virtudes y defectos,

pero, más de éstos quizás.

El Juez Supremo decide

lo que haya que censurar.

Trato hoy de tener paciencia;

pronto he de dilucidar,

cuando parta y comparezca

al que me habrá de juzgar.

Pablo Schvartzman

Concepción del Uruguay, 14.9.14

contra los "panqueques" y el transfuguismo en la vida comunitaria: proyecto para penalizar la "borocotización"

Desde la recuperación de la democracia en el año 1983 han pasado ya suficientes años como para que la sociedad argentina en general, y la comunidad judía en particular, hayamos tomado conciencia que este sistema imperfecto, susceptible de infinitos cambios y mejoras, es el mejor sistema de gobierno que hemos encontrado para convivir y desarrollarnos.
Sin embargo, como el agua que horada la piedra a fuerza de gotear millones de veces, la corrupción, la mentira, la impunidad y la traición han calado tan hondo en la conciencia política de los argentinos que si no lo revertimos y la seguimos descuidando, la democracia puede volver a ser un bien susceptible de ser perdido: a diario escuchamos que “todos los políticos son corruptos”, “la política es sucia”, “yo no participo porque son todos chorros” y eso se aplica tanto a nivel nacional como dentro de la comunidad judía.
Los que vivimos épocas de dictadura del lado de la gente común y del pueblo sabemos lo grave que eso puede llegar a ser. Y los judíos en particular no debemos perder de vista que los sistemas totalitarios son siempre más sanguinarios, más discriminadores y más antisemitas que las democracias.
Los argentinos no solo inventamos el colectivo, y la birome, no solo tenemos a Gardel y a Messi… también inventamos el transfuguismo político y lo tenemos a Borocotó.
El transfuguismo, término con el que el castellano define a quien "pasa de una ideología o colectividad a otra", y otras conductas contrarias a la voluntad popular, se identifican con el engaño, la mentira y la traición a los votantes que son la fuente del poder de quienes asumen un cargo electivo a partir de hacer cosas diferentes y muchas veces contrarias, a lo prometido en campaña.
La lengua española, a su vez, caracteriza al tránsfuga como aquel que ocupando un cargo público "no abandona éste al separarse del partido que lo presentó como candidato" y al "militar que cambia de bando en tiempo de conflicto". Dejando de lado la corrección de la terminología, a la fuga o cooptación de dirigentes políticos que se vino dando en los últimos años, motorizada especialmente por el kirchnerismo a nivel nacional, popularmente se la conoce como "borocotización".
En nuestra comunidad judía la “borocotización” la nombraré como “ortodixación” ya que tiene sustento en los cambios de candidatos que en las diversas instancias electorales se comprometieron con sus votantes para llevar adelante políticas inclusivas, democráticas, integradoras de todos los judíos a nuestra comunidad y terminaron transfugando sus votos para obtener algunos cargos, permitiendo que una minoría de nuestra comunidad imponga su forma de ver la realidad a la gran mayoría que lo sufre y condena.
En defensa del sistema democrático dentro de nuestra comunidad propongo la sanción de una norma ética aplicable a todas las elecciones de instancias centrales que indique que "podrá ser sancionado con la pérdida del cargo que detenta, el representante electo por una institución, partido, alianza o frente electoral, que decide incorporarse o representar otra opción política, salvo en el caso que demuestre que su conducta responde al incumplimiento de la plataforma electoral por parte del partido político, alianza o frente electoral por la que fue electo.”
Esta iniciativa apunta a sancionar un tipo de conducta, o mejor dicho, de inconducta política, lamentablemente en boga en estos tiempos: se debe sancionar el transfuguismo porque desconoce la voluntad popular, rompiendo con el vínculo de representatividad y convirtiendo a la política en un terreno para la consecución de intereses personales

Acto 18/J AMIA: lo mismo que nada

 

Y asi fue. Un acto tibio, vacío, casi de compromiso.
Un ensayo de discurso, en boca del presidente de facto de AMIA.

Que esto no es un acto político, dijo, quien en reiteradas
oportunidades no se privó de ensalzar a Nestor, Cristina, Sileoni y
cuanto funcionario del actual gobierno se lo permitiera la ocasión.

Que esto no es un acto político, dijo, quien hizo proselitismo desde
ese púlpito enunciando supuestos logros de su administracion.