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Iom Kippur: vida judía, perdón y memoria


Publicado por: David Salischiker el 10 Septiembre 2010

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Autor: 
Darío Sztajnszrajber
Fuente: 
Tu Meser - 10/09/2010

 

Iom Kippur es el día más sagrado para la vida judía. Es sagrado porque la vida judía misma se vive con absoluta libertad. Y es libre, porque es un día de decisión. De hecho, se pone en juego el libre albedrío de modo radical: seguir o no seguir apostando a la vida judía. Apostar a la vida judía no es cosificarse en una única definición de lo judío.

La vida judía libre es una apuesta a lo irresoluble. Es que la vida judía acontece. Es un conjunto de situaciones que nos conectan. Es un trasfondo que exige, un confín que estremece, un umbral que obliga. Pero nunca aquieta. Ni resuelve.

La vida judía sobrepasa cualquier estigma conceptual y profundiza sus contradicciones. Es experiencia personal, es conexión estética, es condición ontológica, es construcción de valores, es una manera de preguntar, es diversidad en conflicto. Aquello que otros perciben como un problema, es vivenciado como libertad. Y esta libertad se manifiesta en su radical posibilidad, este día.

Según la tradición rabínica, Iom Kippur es el único día en el cual Satán no nos puede hacer daño. Y por eso es el día más sagrado: porque la vida judía deviene libre. Jean Claude Milner sostiene que en tanto lo judío se conciba como un problema, se supone también que es necesario entonces que se resuelva. Resolver un problema es encontrarle una solución, y así el problema se disuelve, deja de ser problema. Los judíos sabemos bastante de soluciones, finales. Como no encajamos en definiciones estancas, generamos fobias. Y contra las fobias, llueven un aluvión de certezas, un recetario de soluciones.

Por eso siempre se ha intentado delimitar la esencia de lo judío. Para estar en lo cierto. Para resolver el problema. Es que el problema judío pareciera poder resolverse como si fuera una operación matemática, o un juicio, o una inversión económica. Si así fuese, la solución sería muy simple: o bien arribamos a la certeza final (descubrimos la receta del judío verdadero), o bien se disuelve el problema (se acaba con lo judío). Así se resuelven los problemas, así se tienen que resolver, porque lo intolerable es que quede abierto. Lo intolerable es lo irresoluble. Y lo judío se vuelve intolerable, porque lo irresoluble abre. No encaja. No alcanza ninguna certeza, pero tampoco se disuelve. No alcanza nunca la naturaleza de lo genuino, y no por ello desaparece. Tal vez por eso Satán moleste 364 días del año (según la cabalística la numeración de Hasatán es 364); porque nos quiere recordar día a día que tenemos pendiente la resolución de nuestra identidad. Esa es su maldad: hacer de lo judío un problema. Menos en Iom Kippur. Menos el día más sagrado. Aquel donde la identidad se vive con absoluta libertad, donde la vida judía fluye sin diques conceptuales. Menos en Iom Kippur, donde lo judío se manifiesta como disfrute de lo irresoluble, donde Satán, según la tradición, nos ve vestidos de blanco y nos confunde con ángeles. Es que un ángel no es quien posee las certezas, sino quien se realiza en lo incierto de la vida, quien se anima a vivenciarse en sus contrastes, en sus tensiones, en sus mixturas. Los ángeles son criaturas mixtas. Ni humanos, ni divinos: amantes de la búsqueda. Los ángeles se regodean con el interrogante y por eso no son comprendidos en un mundo en el cual Satán exige una definición, promueve la resolución de la mixtura. Durante 364 días, Satán obliga a lo judío a una resolución, piensa lo judío como un problema. Salvo en Iom Kippur. Salvo el día más sagrado para la vida judía. Salvo el día más libre. Salvo el día en que la vida judía renueva su apuesta por lo irresoluble.

Iom Kippur es el día del perdón. Es el día imposible. Es el día del perdón imposible. Dice Derridá que el perdón solo perdona lo imperdonable. Pero si es imperdonable, es imposible de ser perdonado. Por eso, el perdón solo vale en tanto perdona lo que nadie perdonaría. Si así no fuese, no tendría el valor fuerte del perdón. Si a mi me resulta razonable dar el perdón, ya no es perdón, porque lo maticé, lo hice posible. Si me convenzo de que algo es perdonable, entonces no es perdón. Solo aquello que escapa a mi posibilidad real de dar el perdón, o sea, lo imperdonable, es aquello digno de perdonar. Aquello que no sería razonable, aquello que yo daría aun en contra de mi mismo.

Por eso, es el perdón imposible, siempre que entendamos que a partir de esa imposibilidad, se produce un cambio, el perdón se vuelve como un horizonte inalcanzable, algo posible y necesario. Como una luna que ilumina la noche. Como una utopía. Se la sabe, por definición, irrealizable, pero en ese acto se vuelve posible en tanto tiñe nuestras acciones cotidianas. Así fue el primer Iom Kippur. Si Dios entrega sus tablas de la ley y el pueblo las rechaza, estamos en presencia de un acto imperdonable. No se puede rechazar a Dios. Y si Dios además prohíbe adorar ídolos y el pueblo adula a un becerro de oro, lo imperdonable se potencia. Hay un acto de rechazo radical por parte del pueblo, y sin embargo, Dios perdona. Moisés vuelve a subir y retorna con nuevas tablas para un pueblo que no las quiso. Solo un acto tan imperdonable podía ser perdonado para constituirse, según las fuentes, en el primer Iom Kippur, el día en que Moisés bajó de nuevo con las tablas nuevas. Aquí no hay pacto, ni estrategia, ni conveniencia. No hay economía del perdón. Perdonar lo perdonable es economía del perdón. Dios podría a esa altura de la Toráh, haberse ya hartado de su pueblo y de sus desaveniencias. Pero en contra de si mismo, perdonó. Si yo me arrepiento de todos mis errores y males, y espero el perdón, estoy haciendo economía del perdón: me arrepiento para ser perdonado; o perdono, para generar arrepentimiento. Pero el perdón es un don, y un don no busca reciprocidad. La reciprocidad también es una relación económica.

Derridá recuerda a Jankelevitch y su negativa a perdonar los crímenes de lesa humanidad, en especial en los casos en que el criminal, no lo solicita: “menos aún puede hablarse de perdonar, en este caso, en la medida en que los criminales no han pedido perdón. No reconocieron su culpa y no manifestaron ningún arrepentimiento”. Sin embargo, si solo perdono a aquel que me lo pide, de nuevo recaigo en una economía del perdón. Si solo merece el perdón aquel que lo solicita, no es perdón, no es don. Es intercambio. Está muy bien exigir la conciencia del error como un intento primero de disculpa, pero también es importante vislumbrar la conexión entre la lógica del cálculo y los crímenes a los que nos referimos. Los genocidios no son un producto del hombre prehistórico, sino del mismo hombre que con su razón construye la historia. Perdonar lo imperdonable es salirse de toda esta lógica del intercambio. Es poder pensar de otra manera. El perdón es gratuito, no busco nada del otro. Es como la amistad, un dar sin pedir nada a cambio. Es como la comunidad, un deber para con la falta del otro. El perdón no es la justicia. Iom Kippur no es una apelación a la justicia, sino a la misericordia. No le pedimos a Dios que sea justo, sino que nos perdone. El perdón posible es cálculo, diría Derridá, incluso cuando el perdón es sincero. Es que no es la sinceridad el tema en Iom Kippur, sino la imposibilidad. De lo que se trata es de pedir perdón por aquello de lo que yo se que no puedo arrepentirme. Y en ese acto, algo se rompió

Cuenta la tradición religiosa que, a partir de Rosh Hashaná (Año Nuevo), los hombres durante diez días, reflexionan y se arrepienten. Piden perdón. En Iom Kippur, Dios decide quien es perdonado estampando su nombre en el libro de la vida. Dios no hace justicia en ese instante, sino que otorga el perdón. ¿Pero qué tipo de perdón es el que da Dios? ¿El perdón posible o el imposible? O en todo caso, ¿qué es lo imperdonable para Dios? ¿Qué actos no perdonaría, y por ende, debería perdonar? ¿No es lo imperdonable para Dios que los hombres no lo perdonemos por nuestra condición humana? ¿Qué no le perdonamos los hombres a Dios, y por ello, le perdonamos en cada Iom Kippur? ¿Qué hace de este día un imposible, sino que le perdonemos a Dios, lo imperdonable?

En Iom Kippur se recita el Izkor, en recuerdo de los seres queridos que ya no están. Una amiga me dice que es el día en el que se siente más judía que nunca. Solo le basta un día para darse cuenta. El día en que la vida se comprende junto con la muerte. Lo judío es celebración de la vida sobre un horizonte histórico de muerte. Los seres queridos que ya no están fueron sobrevivientes. Los judíos somos sobrevivientes. Pero intentamos combatir la supervivencia vacua con lo creativo de la vida. Nuestra cultura va fluyendo en esa hendija entre lo que sobrevive y lo que quiere ser vida plena. Por eso somos extranjeros. El sobreviviente no puede nunca permanecer atado, porque es difícil atrapar al que fluye, como es difícil aquietar el agua entre los dedos. Como es difícil someter al que está siempre cambiando. Nuestra identidad se construye a través de la memoria y se desconstruye a través de la pregunta. La memoria ata y la pregunta desata. Esa es nuestra tensión constitutiva. Es una identidad que nunca es idéntica a si misma.

Así, como un sobreviviente errante, lo judío cambia todo el tiempo. En el cambio dota a la vida de sentido y se aleja de la mera vida desnuda. Por eso lo judío no puede estancarse en definiciones vacías, para no desnudarse. Lo judío es una memoria de la pregunta y una pregunta por la memoria. En la supervivencia no hay judíos, porque no hay sentido. No se recuerdan vientres, sino gestos. Lo judío se construye como experiencia de una ética. Es una experiencia elegida sobre un trasfondo no elegido. Mi amiga se siente más judía que nunca porque recuerda en este día a su padre ateo llorando por la mañana. Iom Kippur es el día en el que las almas se afligen. Es un precepto escrito. Como si la aflicción pudiese ordenarse. Como si la felicidad fuese una obligación, o el amor una orden. Pero el contraargumento es adolescente y confirma la aflicción: como debo afligirme en Iom Kippur, entonces no me aflijo, sino que me aflige tener que afligirme en Iom Kippur.

¿Pero entonces, por qué lloraba el padre? ¿Para cumplir con el precepto? De la exigencia dogmática a la inspiración hay un abismo. En un caso hay estrategia, en el otro hay conmoción. ¿Por qué lloraba el padre? La palabra “religión” parece provenir tanto de religare (religar) como de relegere (releer, reunir) La religión nos reúne para releer aquello que nos religa, que nos liga con intensidad. Y a los judíos nos reúne la relectura. La religión no es patrimonio de la norma. Es la libertad de conectar con aquello que nos inspira a la búsqueda. El padre de mi amiga lloraba porque en Iom Kippur se recita el Izkor en recuerdo de los seres queridos que ya no están. Y ese día se sentía más judío que nunca.

Si le preguntáramos a nuestros muertos por aquello que hubieran deseado que continuara, ¿no elegirían más bien gestos?, ¿no preferirían una lágrima, un tono, un relato? En los detalles habita lo distintivo. El padre de mi amiga lloraba porque recordaba a su padre en una sinagoga llorando en Iom Kippur cuando oía el sonido del shofar. El sonido de los sobrevivientes. Mi amiga, como su padre, nunca pisó una sinagoga. Pero en Iom Kippur se siente más judía que nunca.

 

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