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La historia de una imagen cálida


Publicado por: David Salischiker el 23 Diciembre 2011

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Autor: 
Daniel Enzetti
Fuente: 
Tiempo Argentino - 23/12/2011

 

El 15 de julio de 1976, un comando del Ejército secuestró en pocas horas y en casas distintas a sus padres y sus dos hermanos. Un mes y medio antes se habían llevado a su prima Patricia. Volvió definitivamente del exilio hace una década. Y alguien, o algo, le dijo que escribiera sobre Betina.
 

"Sigo teniendo alguna esperanza de que mi hermana esté viva en algún lado.” Daniel Tarnopolsky dice la frase en el final de la charla y después de casi dos horas, mientras señala su libro Betina sin aparecer que, en la portada muestra la imagen de una chica linda y de pelo largo, tomada por él mismo en 1975 un año antes que la dictadura secuestrara a la militante de la UES y la encerrara en la ESMA. Si no se conoce la historia de Daniel, y el verdadero motivo que lo llevó a contar qué pasó con su familia diezmada después del golpe de Estado de 1976, la frase parecería similar a la de tantas madres y abuelas que aun sabiendo lo peor, esperan lo mejor. Pero los Tarnopolsky son un caso aparte. Hay varios que le dijeron a Daniel que Betina está viva, y no fueron ni sobrevivientes ni compañeros de cautiverio. Por supuesto, el cronista le cree. “¿Para qué me van a mentir?”, pregunta. Y agrega: “Es algo a lo que recurrí en aquella época, cuando se me cerraban las puertas ‘racionales’, y nadie te decía nada. Hablo del pensamiento mágico, como le dicen por ahí. Muchos familiares hicieron lo mismo, pero no lo reconocieron, hay como una vergüenza intelectual que impide contar esas cosas.”
Las 350 páginas de Betina sin aparecer hablan de “esas cosas”. Escritas en forma de novela, que parecen ficcionadas. Pero que no son ni una novela ni una ficción. Que ocurrieron en la realidad y son tan reales como lo que pasó con el hermano de Daniel, su cuñada, sus padres y su prima, torturados y asesinados por la dictadura.
El 15 de julio de 1976 un grupo de tareas secuestró a Sergio Tarnopolsky y a su mujer Laura, ambos de 21 años, integrantes de la JP y cuadros de Montoneros. La misma noche se llevaron a los padres de Sergio, Hugo y Blanca –en su juventud militantes del PC–, y a Betina, la menor de la familia, que a los 15 años vivía con su abuela y pertenecía a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) del Normal 11. Un mes y medio antes, Inteligencia del Ejército se había llevado a Patricia, una prima mayor que también formaba parte de Montoneros, lo que en la casa de los Tarnopolsky motivó charlas de si convenía o no irse del país en ese momento. Daniel se quedó sólo con su abuela None, y a las pocas semanas empezó un periplo de exilios que lo hicieron recalar en Chile, Israel y Francia, hasta su regreso a la Argentina en 1984.

–¿Qué hacías vos?
–No participaba tanto en política, pero era un militante social, trabajaba en centros de salud mental de inquilinatos. Con la desaparición de Patricia, mis padres se asustaron mucho y decidieron que Betina fuera a vivir con mi abuela. Sergio estaba casado, en un momento pasó a la clandestinidad, y yo fui a casas de amigos. Todos pensamos que alcanzaba con separarnos por algún tiempo, no sospechábamos que la ferocidad y la bestialidad de los milicos llegaría a tanto.

–En esos días hablaron de salir del país.
–Mis viejos insistían, pero nadie quería saber nada. Los que militaban de verdad no aceptaban irse, y para muchos, exiliarse era como desertar, abandonar el barco. Recuerdo que Sergio se negó rotundamente, pero te repito, creo que no había conciencia de lo terrible que sería la dictadura. En esos años, para los que estaban en política la vida familiar era difícil. Muchos jóvenes, incluso casados, vivían con sus padres, pero por una cuestión de seguridad, las organizaciones bajaban instrucciones de no hablar mucho.

–Lo de Sergio fue particular. Cuando lo secuestraron cumplía el servicio militar, veía lo que pasaba desde adentro, y además terminó siendo el ayudante nada menos que de Jorge Acosta en la ESMA.

–En el momento de entrar en la conscripción, Sergio sabía que corría peligro, pero igual empezó a pasar información a Montoneros, algo que me confirmó Ana María Careaga. Sí, el destino hizo que fuera el dragoneante del Tigre Acosta, le lustraba los zapatos, planchaba sus camisas, le escribía a máquina algunas cartas. Pero ni siquiera Laura conocía lo que hacía, por eso de querer proteger a los suyos. Muchos años después supe que había puesto una bomba en el “patio de los verdes”, donde formaban todas las mañanas los estudiantes de la Armada. El paquete no explotó, lo encontraron antes en unos macetones, y como represalia secuestraron a cuatro de los conscriptos que tenían acceso a ese patio, Sergio incluido (ver recuadro).

–El título del libro encierra en tres palabras la carga de todo lo que te pasó, terrible. Pero deja una puerta abierta, que va más allá del deseo. Y acá “aparece” tu hermana, justamente.
–Betina era una presencia constante en mi persona, me perseguía. Tenía una sensación extraña con ella, me preguntaba por qué le habían hecho eso, tan chiquita. Hace varios años, una prima que vive en El Bolsón, donde todos son muy místicos (sonríe), empezó a recibir información, en la que se decía que no todos habían muerto, que alguien de la familia estaba vivo. Recomendó que viera a un médium de París, y cuando lo encontré le presenté una foto del casamiento de mi hermano, donde estamos todos juntos. Le dije que necesitaba saber qué había pasado con esa gente, y que había perdido contacto con ellos. Lo podés aceptar o no, pero los médiums trabajan con el calor de la foto, perciben con la mano una imagen cálida o fría, para señalar a los vivos y a los muertos. El hombre pasó su mano, fue hablándome de todos, me señaló a mí mismo en la imagen, y cuando llegó a Betina dijo que estaba viva, pero en muy mal estado de salud psíquica. Y siguió, como si nada. Le contesté que no podía ser, que el secuestro fue masivo y que según sabíamos, la dictadura los arrojó vivos al mar. Pero el médium insistió.

–¿Cómo reaccionaste?
–Me revolucionó la cabeza, tenía miedo de convertirme en un psicótico. Seguí trabajando, viendo a distintos videntes, y todos coincidían: Betina vivía, pero estaba mal, no conectaba con la realidad. Como no llegué más allá, al tiempo me cansé de buscar. Cuando en 2004 le gané aquel juicio a Emilio Massera, y le entregué el dinero a las Abuelas, para mí estaba cerrado un ciclo, necesitaba ocuparme de mí, de mis cosas. Hasta diciembre de ese año, cuando me pasó algo también increíble. Antes de Navidad, un amigo profesor que conocí en Abuelas que vive en La Pampa me contó que la esposa de un colega quería hablar conmigo, la chica era médium: “¿Creés en esas cosas?” Le dije que sí, que en mi juventud, antes de la desaparición de mi familia, siempre me interesó el mundo mágico, pero hasta ahí nomás.

–¿Por qué quería verte?
–Porque la mujer estaba recibiendo mensajes por escritura automática, que es cuando la persona cae en trance y escribe cosas sin darse cuenta, incluso sin saber una sola palabra del idioma. Mi amigo sabía que yo estudiaba hebreo, y como sospechaba que los textos eran hebreos, necesitaba alguien que los tradujera. Le dije que eran textos de La Torá, que estaban escritos con una caligrafía perfecta, pero que cualquiera los podría haber copiado. “Te aseguro que ella no los copió”, me dijo, y a los pocos días me mandó montones de páginas en hebreo también de ella, con dibujos alegóricos. El 25 de diciembre a la noche me llamó otra vez: “Paula te quiere hablar urgente, le están pasando cosas muy extrañas, perdoná el momento, pero es importante.” Antes de colgar agregó algo que me dejó sin palabras: “Esperá, Paula me pasó una lista de nombres que le aparecieron de golpe, ¿te los puedo leer para ver si te dicen algo? Son nombres a consonancia hebrea.” Y leyó: “Abraham, Edith, Sergio, Lala, Tina.” Te puedo asegurar que casi me desmayo. Le dije que me estaba leyendo los nombres de mi familia, que Abraham y Edith en hebreo eran Hugo y Blanca, que Sergio era mi hermano, que Lala seguramente era Laura, y que Tina era Betina. Al conocerla a Paula se disculpó por irrumpir de esa manera, pero contó que no aguantaba más, y quiso saber qué había pasado con ellos. No conocía mucho lo de la dictadura, es mucho más joven, pero hasta hoy ella insiste en una cosa: en su cabeza ve una foto, y en esa imagen hay cuatro personas detrás de una línea de sangre y una persona fuera de esa línea, Betina. La misma explicación del médium francés. Seguí trabajando, viajé al interior del país, visité a varios mentalistas, y la versión era igual: está viva, pero no la podemos encontrar. Y acá viene lo que me preguntabas sobre el libro. Yo creo que Paula vivió y vive en carne propia la angustia que Betina tiene, y que mi hermana le transmitió a ella todo lo que le pasaba, para que a su vez me lo contara a mí. En un momento Betina comenzó a distanciarse, a calmarse. Pero hace poco, Paula me contó lo último: recibió mensajes que hablaban de un libro, de escribir. Mi hermana transmitía paz, ya no tenía la angustia de antes, pero decía “tenés que escribir”. Te explico una cosa: los médiums son impresionantes. Y si uno no cree en las almas, en la permanencia de la vida después de la muerte, lo único que se me ocurre para explicar lo que me pasa, tratando de que esa explicación se acerque lo más posible a algo “racional”, es que son tipos con un poder enorme para leer lo que tenemos dentro de la cabeza. En el exilio, el francés me dijo: “Daniel, hay una señora bajita, gordita, con un dedo cortado. Te saluda.” Era mi tía María, fallecida muchísimo tiempo atrás. Tenía con su marido una vieja fábrica de caramelos, y un día se cortó el meñique con una guillotina.

–Dijiste que siempre te había interesado lo mágico, y que para vos fue otra manera de buscar.
–Sí, porque en la dictadura a los familiares se nos cerraban las puertas, y eso traía desesperación. Empecé a buscar a los de-saparecidos por otro lado, por lo inmaterial, y muchos hicieron lo mismo pero no lo reconocieron nunca, por una especie de vergüenza intelectual alrededor del tema. De un día para otro me explotó el mundo, quedé solo con mi abuela None, y por suerte me ayudaron mucho unos tíos y varios amigos de mi padre. No tenía tiempo para cuestionarme nada, lo único que hacía era sufrir. Hasta que me repuse. En Europa empecé a militar con otros exiliados, a participar en jornadas. Era una manera de sentirme acompañado, pero al mismo tiempo de no bajar nunca los brazos para reclamar el castigo a los culpables del genocidio, como dice siempre Tati Almeyda. En esa pelea tuve idas y vueltas. Volví en 1984, pero me fui cuatro años después, por lo de Semana Santa y las leyes de impunidad. Una tarde, de casualidad, me lo crucé a Albano Harguindeguy en la esquina de Santa Fe y Pueyrredón. No lo podía creer: el tipo había secuestrado y torturado, y estaba ahí, paseando y mirando vidrieras. Finalmente regresé con la caída de Fernando de la Rúa, en un país de caos. La gran diferencia del gobierno actual es que, por primera vez, Néstor y Cristina Kirchner decidieron tomar nuestra línea política, nuestra bandera, para condenar a los responsables de tantas muertes y hacer justicia. Este país caía en una debacle sin interrupción: ultraliberalismo, corrupción, amnistía, destrucción económica. Con un mensaje siniestro y que bajaba desde el poder, porque si dejás libres a los asesinos de 30 mil personas que sirven sólo para secuestrar gente en la calle, y eso se demostró en Malvinas, la sociedad se derrumba. De ahí para abajo, ¿por qué no vas a salir a robar 50 pesos?

–¿Cómo era Betina?
–Típica nena judía: petisita, cola grande, piernas gordas, tipo maceta (se ríe). Lo sufría, pero ojo, que con los pibes tenía un éxito tremendo. Yo necesitaba que ella me presentara chicas, pero Betina no, era rápida, no le hacían falta mis amigos (vuelve a reír). Sigo teniendo alguna esperanza de que mi hermana esté viva en algún lado.
 

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