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La visión judía acerca de las causas de la pobreza


Publicado por: nora el 06 Octubre 2009

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Autor: 
Rabino Dr. Abraham Skorka
Fuente: 
Comunidad Benei Tikvá

 
El análisis que se desarrollará a continuación no resume estudios estadísticos de los que se desprenden cifras finamente acotadas acerca de los índices de pobreza que afecta a nuestro medio en especial, y a gran parte de la humanidad, en general. Tampoco refiere a las razones sociopolíticas que conllevaron a la situación presente. Siguiendo la cosmovisión bíblica, desarrollada en la literatura talmúdica, se tratará de presentar las razones espirituales que han corroído y siguen corroyendo a las distintas sociedades castigadas por este flagelo, que han sustentado realidades sobre las que se gestó la miseria que nos agobia.

 
Es menester puntualizar algunos conceptos que servirán como puntos de referencia para el ulterior tratamiento del tema. Comencemos aclarando ciertos aspectos de la Biblia, punto de partida de nuestras reflexiones. La Biblia, más que tratar acerca de Dios y de Su esencia, posee como tema central al hombre, tanto en su individualidad así como en el ámbito de las múltiples sociedades y humanidad toda. Parafraseando al famoso pensador Rabino Abraham  Joshua Heschel ,
 
“El pensamiento decisivo en el mensaje de la Torah  no es la presencia de Dios hacia el hombre, sino la presencia del hombre hacia Dios. Es por ello que la Biblia es la antropología de Dios, más que la teología del hombre.” 
 
Los relatos que en ella se presentan pretenden servir a sus lectores en la formación de una cosmovisión en la cual el ser humano es poseedor de un hálito de lo Divino, mediante el cual es posible desarrollar un diálogo profundo con el Creador, tal como enseñó Martín Buber en múltiples de sus magistrales escritos . El relato de la Creación, más que una cosmogonía en la que se puede hallar algunos indicios de la física relativista, pretende enseñar, al decir de los sabios del Talmud : que todo el Cosmos fue creado para un sólo ser humano, a fin de enseñar la importancia de cada individuo en su propia, única y peculiar existencia. De donde se desprende que aquél que salva a un sólo individuo es como si estuviese salvando a una humanidad toda y, viceversa, el que destruye un sólo individuo es como si destruyese una humanidad toda . 
 
El Dios de la Torah es honrado mediante la aplicación de aquello que es bueno y justo  en todos los ámbitos de la existencia. Es el Dios misericordioso, que posee por base de su trono a la Justicia y la Equidad , y el paso último para acercarse a Él es mediante un sentimiento de amor, como dice el versículo (Deuteronomio 6:5): ‘Amarás al Eterno, tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu ser y con todas tus fuerzas’. Una de las tesis básicas de la Biblia es que se alcanza el amor a Dios sólo a través del amor al prójimo , al igual que ‘al extranjero que habita tu tierra’ .
 
Aquello que le da sentido a la existencia del hombre es tener conciencia acerca de la atención de Dios puesta en cada individuo y en su devenir. Volviendo al léxico de Heschel: ‘El hombre no está sólo’  en el universo. 
 
De acuerdo a un muy osado midrash, no sólo el hombre depende de la atención divina, sino –por así decirlo- en cierta medida, Dios mismo también depende de la digna atención humana .
 
Lo que Dios pretende del hombre, en las palabras del profeta Miqueas (6: 8), es: “hacer justicia, amar la piedad y caminar con humildad junto a Él”.
 
La propuesta bíblica al hombre es el que trate de analizar todas sus aflicciones, como consecuencia de sus falencias espirituales. Aún ciertas afecciones físicas deben analizarse en tal sentido, como se desprende de la simple lectura de algunos relatos bíblicos. De tal modo vemos que las dolencias de la piel son relacionadas en la Biblia con la blasfemia , y en tal sentido son interpretados en el Talmud y en los Midrashim .
 
Esta cosmovisión sirvió de base en la formación de aquello que se define como cultura o civilización occidental. El encuentro entre la civilización helénica y las culturas meso-orientales engendró a las culturas helenísticas, entre las que cabe hallar componentes judaicos; y posteriormente, como consecuencia entre los encuentros y desencuentros entre Judea y Roma, emerge el cristianismo. Por otra parte, es a través de la expansión del Islam, entre cuyos fundamentos se hallan la Biblia Hebraica y el Nuevo Testamento, que esencias del Weltanschaung de la Torah alcanzan, de tal modo, a los pueblos del medio y lejano oriente.
 
Es por ello que en muchas de las creaciones intelectuales que emergieron posteriormente, aún en aquellas antagónicas a la Biblia en su concepción de lo Divino, puede distinguirse como piedra angular de las mismas, a la ética propuesta por el texto bíblico.  
 
Al analizar el Humanismo laico que surgió en la Europa del siglo XVIII, en el que se reconocen los derechos del individuo sin excepción, por su sola condición humana, cabe distinguir el componente ético que heredaron los creadores del mismo, partiendo de los conceptos desarrollados por los Profetas, y su desencuentro con el Dios que había inspirado a éstos en su prédica.
 
Aún en los escritos de Marx es posible diferenciar entre su crítica a la expoliación del hombre por el hombre y sus acerbas críticas contra las religiones. Es por ello que Hans Küng  al igual que Merold Westpahl, así como muchos otros teólogos, separan entre la crítica social de Marx y su concepción atea, desestimando esta última y considerando la primera en un contexto de religiosidad.
 
Estos argumentos, expuestos aquí en forma muy escueta, pretenden ampliar la base de sustentación de la metodología empleada para abordar el tema de la pobreza, al enfatizar acerca de los múltiples lazos existentes entre la creación espiritual judía y la de muchas otras religiones y culturas de vasta influencia en el seno de la humanidad, que permitieron y coadyuvaron a sus logros y desarrollo.
   
 
La Biblia enseña a diferenciar entre dos tipos de pobreza. La que inevitablemente ha de producirse en toda sociedad como consecuencia de las vicisitudes mismas que hacen a la vida del individuo y la sociedad. “Pues no dejará de haber menesteroso en el seno de la tierra”, enseña el Deuteronomio (15: 11), ante lo cual hallamos el imperativo: “por ello Yo te ordeno diciendo: habrás de abrir tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso, (que se hallan) en tu tierra”. 
 
Las viudas y los huérfanos son los prototipos bíblicos de la condición débil que conlleva a la pobreza. Es a ellos que el pudiente en satisfacer sus necesidades propias, debe extender una mano de ayuda plena, a fin de que el menesteroso no sólo pueda salir de su aprieto económico, sino que tenga la posibilidad de volver a vivir el estilo de vida al que se hallaba acostumbrado . 
 
El léxico bíblico generó el vocablo Tzedakah, cuya raíz es Tzedek, justicia. La interpretación rabínica del vocablo refiere al impuesto que se recauda para paliar las necesidades de los menesterosos. Si bien, con el tiempo se le adscribió al término la connotación de acto de caridad, piedad; el Talmud enseña a diferenciar entre ambos denominando a éste último Hesed .
 
Leemos en Suca 49, b: “Enseñaron nuestros maestros: en tres aspectos el  Hesed es superior a la Tzedakah. La Tzedakah sólo puede realizarse con dinero, el Hesed tanto con dinero como con acciones. La Tzedakah se ejercita con los pobres, Hesed, tanto con los pobres como con los ricos. La Tzedakah es para los vivos, el Hesed tanto para los vivos como para los muertos”. 
 
De donde resulta que la ayuda al prójimo, desde la perspectiva talmúdica, posee dos elementos: uno legal, que debe reflejarse en la normativa que rige los destinos de la sociedad, el otro en el sentimiento de solidaridad y amor al prójimo que la cultura que caracteriza a la misma debe gestar y desarrollar en su seno.
 
El segundo tipo de pobreza es el que surge de la expoliación de los débiles de la sociedad por parte de aquellos que sustentan alguna forma de poder que les posibilita hacerlo.  No se trata meramente del incumplimiento de las normas de Tzedakah, de desentenderse de los necesitados, sino de quitarles lo poco que poseen para acopiar bienes sin límite alguno, por el mero hecho posesivo que conlleva a la sugestión de sentirse poderoso.
 
Es especialmente en los libros de los Profetas Postreros, y en forma harto elocuente en Isaías y en Amós, donde es dado hallar una de las críticas más acerbas contra este tipo de injusticias y trasgresiones. Una de las tesis centrales de la Biblia es que toda sociedad en la cual impera la inequidad, la injusticia, y por ende se multiplican en su seno explotadores y expoliados, desaparecerá de la faz de la tierra. Una sociedad en la que hay marginados que se debaten en su destino de miseria y maldicen a los cielos por ello, que son el resultado de la codicia y la liviandad de proceder instalados cual forma de vida, desaparecerá de la faz de la tierra. De tal modo leemos en Amós 2:
 
“Así ha dicho el Señor: Por tres pecados de Israel (he retardado mi castigo), empero por el cuarto, no lo revocaré. Porque vendieron por dinero al justo y al menesteroso por un par de zapatos. Aspiran quitarle a los desvalidos aún el polvo de su cabeza y tuercen el camino de los humildes . . . 
 
Pues he aquí, yo os apretaré en vuestro lugar como se aprieta el carro lleno de gavillas; el ligero no podrá huir, al fuerte no le servirá su fuerza, ni el valiente librará su vida . . . “
La catástrofe humana, tal vez debiéramos decir, cósmica, es la existencia de criaturas humanas sumidas por otras al ultraje. Pues tal cuadro redunda finalmente en la blasfemia más dura que puede proferirse contra Dios. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, para recordarle que al agraviar de alguna forma a su prójimo, es cual si estuviese agraviando al Creador. Quitarle las posibilidades de una vida digna a una persona, como consecuencia de la corrupción imperante, conlleva a desterrar la posibilidad de la manifestación de Dios en el seno de esa sociedad descarriada. No se puede servir con sinceridad a Dios mientras persista la iniquidad entre los hombres. Al decir de Isaías (58)
“¿Por qué ayunamos y Tú no lo ves? ¿Por qué afligimos nuestro ser si Tú Te desentiendes?” Empero en vuestro día de ayuno buscáis vuestros negocios y oprimís a todos vuestros deudores. He aquí que ayunáis entre discordia y pleitos, para golpear con vuestro puño con violencia . . . 
 
Este es el ayuno que habrá de agradarme: Desatar las ligaduras de la iniquidad, desligar los haces de la opresión, liberar a los oprimidos y romper todo yugo. Compartir tu pan con el hambriento, albergar a los pobres y errantes en tu casa, cuando vieres un desnudo habrás de cubrirlo . . . ”
 
Todo régimen en el que la preocupación de aquellos que lo sustentan pasa por el engrandecimiento del mismo y de aquellos que lo rigen, y no por el de cada uno de los hombres y mujeres que se encuentran bajo su égida, es –al entender de la Biblia- carente de espiritualidad alguna, falto de los valores que le otorgan un sentido trascendental a la existencia.
 
Amós (8: 11 – 13) profetiza que por las iniquidades cometidas en su seno, la sociedad trasgresora padecerá hambre y sed hasta el desmayo, pero no por la carencia de pan y agua, sino de la palabra de Dios. 
 
El desmayo, tanto de aquellos hartados de pan y agua y carentes de espiritualidad, así como los que sufren de la falta de pan, es la exacta descripción de una realidad como la presente, en la cual el uso de estupefacientes y el exceso de insumo de bebidas alcohólicas son uno de los síntomas más patéticos de los esfuerzos de muchos por escapar de una triste, vacua y desesperante existencia. Al ser absolutamente todo enajenable, las fidelidades relativizadas, instaurando la idea que el poder y el dinero son los únicos medios capaces de asegurar una buena calidad de vida, no queda espacio para la esperanza de mejora de muchos, ni de sentir la pureza de la existencia para otros. Sólo permanece la opción de escapar de una realidad en la que todo vale, en la que el presente con su dramática y agobiante problemática atora toda posibilidad de soñar con algún futuro mejor. Dado que resulta imposible soñar con realidades concretas, sólo queda el placer de la obnubilación y el desprecio por la vida misma, dada su abismal desvaloración.  
 
Una lectura cuidadosa de la Biblia, nos revela que más que el imperativo de creer en Dios, se halla en múltiples oportunidades la prohibición de no rendirle pleitesía a ningún tipo de ídolos. En el texto hebraico no encontramos ni una sola vez la expresión: ‘en Dios has de creer’ . Sí hallamos ‘amarás al Señor tu Dios’ ,  ‘tendrás temor de Dios’ , ‘buscar a Dios’ . Dedujeron los sabios  el precepto de creer en Dios a partir de la primer frase del decálogo : “Yo soy el Señor tu Dios que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud”. La inmediata continuación del versículo enfatiza: “no tendrás otras deidades delante de Mí” 
 
La prohibición de rendirle culto a las deidades de todo tipo se halla explicitada en los diez mandamientos y mencionada en múltiples oportunidades en la Biblia. Los sabios del Talmud afirman : “Tan grave es el culto pagano que aquel que lo apostata es cual si estuviese aceptando toda la Torah”. Y en Yalkut Shimo’ni (Parashat Bo, Remez 195): (la prohibición de) el culto pagano posee el mismo peso que el de todos los preceptos de la Torah juntos. En Sifre Zuta (Piska 15, D”H: 22. Tasigu) se afirma: “¿Cuál es el precepto que todos los otros dependen de él? (La prohibición de) el culto pagano”.
 
Resulta interesante observar que las críticas de los profetas al pueblo giran, generalmente, en derredor de dos temas recurrentes: la injusticia social y la pleitesía al culto pagano. Este hecho debe sugerirnos la existencia de alguna íntima relación entre ambos. 
 
La sociedad en la que impera la injusticia, la inequidad, posee sus fundamentos en lo corrupto y de ningún modo puede rendirle pleitesía a un Dios que clama por la justicia, y que se le honra especialmente mediante la pragmatización de la misma. 
La sociedad en la que se instaura la miseria física y espiritual sólo podrá rendirle pleitesía a deidades, jamás al Dios que sabe manifestarse en la intimidad espiritual del individuo.
 
Analizar la realidad argentina en los términos aquí desarrollados nos conlleva a contemplar el alto grado de pobreza material existente en el país. Más allá de las discusiones referentes a la exactitud de los respectivos índices de pobreza, hay una realidad insoslayable de desnutrición, de poblaciones que se encuentran en estado de abandono e inanición, de muchos que sólo alcanzan a sobrevivir por hallarse ‘fuera del sistema’.
 
El dramático aumento del consumo de drogas, de la violencia, del desprecio por la vida propia y ajena, son los indicadores de una sociedad que va polarizándose cada vez más y enraizando con más fuerza la miseria en su medio.  
 
La sociedad argentina, pese a contar con un apreciable número de talentos sobresalientes, formadores de cultura, no supo desarrollar en su seno una estructura democrática genuina en la cual se materialicen los sueños de aquellos que se esforzaron por constituir en estas tierras una ‘nueva y gloriosa Nación’.
 
La historia de los últimos ochenta años del país revela una sucesión de pugnas y desencuentros que conllevaron a derramamientos de sangre, torturas, odios e inquinas, que pudieron y debieron haberse superado oportunamente. El espíritu de altruismo que hace años se manifestaba en múltiples formas en nuestro medio, fue suplantado por el de la mezquindad. La honradez que supo ser el orgullo de muchos, se desvalorizó al tiempo que se multiplicaba la corrupción y corroía la aplicación de la justicia.
 
La pobreza argentina no es consecuencia, por supuesto, de la falta de medios naturales, sino de la falta de grandeza moral y espiritual de nuestra sociedad como un todo. Los destinos del país fueron labrados por las acciones y omisiones de todos. Los que forjaron los destinos del país fueron hijos de la misma sociedad y reflejaron sus grandezas y vilezas en sus actos de gobierno. La demonización del otro sin percatarse del demonio propio caracterizó a muchos movimientos de estos últimos ocho decenios.
 
Nuestro medio se caracterizó por la falta de una autocrítica sincera, la humildad de decir y reconocer públicamente los errores, de enmendarlos.
 
El personalismo es una de las manifestaciones del paganismo que subyace en nuestra cultura popular. El exitismo, es otra. La sociedad argentina se halla constantemente a la búsqueda de semidioses en todos los campos de la existencia. Se deifica y rinde pleitesía a los que alcanzan cierta notoriedad, del mismo modo que se los mancilla a la hora de su crepúsculo. El valor del trabajo y el esfuerzo fue trocado por el oportunismo y el cohecho.
Nos hallamos a pocos meses de cumplir doscientos años desde el momento en que se planteó el desafío de ser una nación independiente. Ya ha llegado holgadamente el tiempo de empezar a caminar retomando la propuesta primigenia, aquella que se halla magistralmente resumida en el preámbulo de la Constitución Nacional, y que sirvió de final de los discursos de su exitosa campaña presidencial al Dr. Raúl Alfonsín, en 1983, porque reflejaba -y seguramente sigue reflejando-  el ideal más caro de todos los argentinos. El que muchas de nuestras falencias espirituales no nos lo permite materializar.
 
Después de casi doscientos años de vida independiente y veintiséis años desde que se alcanzó nuevamente la democracia, la pobreza y la corrupción imperantes son lacerantes cuadros que nos reclaman a cada instante la aprobación de las asignaturas y deberes pendientes para alcanzar a realizar algún día al primigenio y constituyente proyecto de  nuestra ansiada nación. En la que, honrando la existencia de cada uno de sus habitantes, se permite el enaltecimiento de lo espiritual y sublime, entendido por cada uno a su modo, y expresado mediante la equidad, la justicia y un genuino sentimiento fraternal, por todos.  
 

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