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Santiago Kovadloff: "La política es un ejercicio moderado de la maldad, pero a la vez es imprescindible"


Publicado por: Javifenix el 13 Mayo 2013

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Autor: 
Carolina Arenes
Fuente: 
la nacion

 

Entrelazando religión y política, el filósofo -autor de La extinción de la diáspora judía- indaga sobre la crisis del discurso monoteísta y ve un país huérfano de liderazgos

La inteligencia de decir y no decirlo todo

 Se podría decir que en Santiago Kovadloff la pertenencia al judaísmo, el amor por el pensamiento, la poesía y también la reflexión política son parte de lo mismo, de la misma pasión. El libro que acaba de publicar, La extinción de la diáspora judía (Emecé) es una indagación sobre la naturaleza de la identidad judía hoy, inscripta en una pregunta inquietante: ¿por qué seguir hablando de diáspora cuando no se forma parte de esa porción religiosa del judaísmo que sigue esperando al mesías y si, desde la creación del Estado de Israel, ya nada impide volver a la tierra prometida?

 

La respuesta a esa pregunta se despliega en el libro a través de una discusión con pensadores a los que Kovadloff ha elegido como maestros o como interlocutores válidos -Lévinas, Steiner, Jean Daniel, Finkielkraut, Rabkin, Rozitchner, entre otros- para llevar con ellos hasta las últimas consecuencias esta pregunta sobre el sentido del judaísmo hoy. "Salvo una minoría de intelectuales que hace algo con la tradición para convertirla en herramienta de una exploración no judaica del mundo, la inmensa mayoría de los judíos sobrevive en una especie de letargo, sólo el antisemitismo reaviva la pertenencia", dice. Y lamentablemente, la sombra de esa amenaza, la persistencia de los prejuicios, todavía le da ocasiones para saltar. La última vez, en respuesta al senador Miguel Pichetto que (aunque después se disculpó), al hablar de las víctimas de la AMIA durante el debate por el acuerdo con Irán, había diferenciado entre "argentinos argentinos" y "argentinos de religión judía". Kovadloff respondió vehementemente con una carta que se publicó en el diario Clarín: "Palabras al señor Pichetto de un argentino a medias".

 

Kovadloff tiene un concepto trágico de la política. No como rasgo de estilo en sus textos de análisis sobre la realidad nacional o en su visión de la amenaza que para él entraña el kirchnerismo. Dice, por ejemplo: "Extraño a Mitterrand, él sabía que la política no es ética, que es una tragedia. Yo creo que la política es un ejercicio moderado de la maldad, pero a la vez es imprescindible porque sin ella no hay organización social", dice.

 

Así las cosas, aunque participa activamente de la discusión política y mantiene conversaciones con referentes de distintos sectores de la oposición, nunca eligió hacerlo desde adentro, ni desde la militancia ni desde los cargos. Prefiere verse como un interlocutor, porque, según dice, la experiencia le muestra que a los políticos les resulta muy difícil conciliar la reflexión de un filósofo con las urgencias de su práctica: "Comprenden, aunque no se lo confiesen, que la correspondencia entre ética y política, tal como la concibe un pensador, suele ser desmedida".

 

Tal vez por eso, cuando se le pregunta qué sería lo más valioso que se perdería del legado del judaísmo si la secularización terminara con las tradiciones monoteístas, él elige la idea de la ley que aporta la tradición judía. Lo dice así: "El principio según el cual el hombre debe encontrar un límite para su aspiración de reconciliar la palabra con la verdad; si en algún momento, el hombre cree que su palabra entraña la verdad, entonces esa palabra suya es la de Dios, y en ese sentido, se comete la profanación fundamental para el judaísmo: suplantar la presencia del indecible por lo decible". La advertencia, se entiende, alcanza a la vida política: "El concepto remite fundamentalmente a la conciliación entre el derecho y el deber, y esta conciliación hoy en la Argentina aparece como una necesidad imperiosa ante el avance del oficialismo y su presunción de que debe adaptar la ley a sus propias necesidades de poder".

 

-El libro propone un nuevo concepto, el de la posdiáspora, y una nueva figura, la del judío posdiaspórico, para pensar la situación del judaísmo. ¿Cómo lo explica?

 

-Yo fui encontrando el concepto de lo posdiaspórico muy gradualmente; es un nuevo paradigma que caracteriza a un judío que está entre el pasado relativamente inequívoco en cuanto a sus contenidos y un porvenir sumamente incierto. Por eso yo planteaba la pregunta de si la creación del Estado de Israel no implicará el fin del judaísmo posdiaspórico y si el judaísmo se reducirá a ser una identidad nacional o si tendrá un porvenir alternativo fuera de la línea ortodoxa que reafirma la diáspora. Yo tengo la impresión de que desde hace mucho tiempo las comunidades judías de la diáspora están enfrentando la crisis de su desorientación y de su inconsistencia. La enorme mayoría de los judíos de la diáspora no se definen por un contenido específico, hay una profunda crisis en la educación judía, hay un desinterés manifiesto por el conocimiento del judaísmo, no sólo por la lengua hebrea, sino por la tradición, la historia, la cultura. En el marco de esta percepción un poco incómoda del carácter un poco espectral de la vida judía, fuera del campo religiosos, y de lo nacional israelí, pensé que ya no somos judíos de la diáspora si la diáspora era el exilio obligatorio que nos imponía el incumplimiento de la ley divina, pues con la creación del Estado de Israel y la desaparición de la dimensión religiosa en la mayoría de las comunidades como instancia de identidad, ya no éramos judíos diaspóricos. Y me pareció también que el judío de la posdiáspora no se define por un contenido alternativo sino por una crisis que es consecuencia de la extinción de la diáspora, es vacilante, está atrapado en una paradoja que es la afirmación de su condición judía y, al mismo tiempo, la imposibilidad de enriquecer esa afirmación con contenidos creativos alternativos a los de la religión y los del sionismo.


-En cierta medida, la desorientación que observa no parece un fenómeno exclusivo del judaísmo.

 

-Es verdad, yo me sentí autorizado a hablar sobre el judaísmo, pero también creo que el libro termina siendo una metáfora sobre los problemas del monoteísmo en general. Tal vez pueda leerse como una metáfora sobre la crisis que atraviesan judíos, cristianos e islámicos, porque el monoteísmo ha perdido contenido espiritual en nosotros y las expectativas fundamentales de identidad ya no pasan por la religión. De todos modos, la historia demuestra que las metamorfosis de las culturas no redundan en extinciones apocalípticas sino en transformaciones que implican nuevas conformaciones, nuevos replanteos y significados. Yo no soy pesimista con respecto al porvenir de la cultura, soy escéptico respecto de la perdurabilidad de formas congeladas. Creo que el dogmatismo está condenado a resquebrajarse y reaparecer. La encrucijada del monoteísmo es la pérdida de credibilidad de su discurso.


-¿Usted sería un judío posdiaspórico?

 

-Yo soy un judío posdiaspórico porque no me defino ni por la línea religiosa estricta que dice que la diáspora existe como expectativa de la llegada de un mesías, ni por el hecho de ser un judío israelí que hace de la nacionalidad israelí una fuente renovada de la identidad judía. Yo me afirmo como judío a través de mi actividad como escritor, en el pensamiento, en la poesía. Pero mis hijos, por ejemplo, son posdiaspóricos de un modo más nítido que yo: son incapaces de renunciar a la palabra judío para caracterizarse, pero no saben de qué están hablando. Hoy ya casi no podemos hablar de cultura judía diaspórica fuera de un campo de reivindicación frente al antisemitismo. En ese sentido, el episodio reciente del pacto con Irán vuelve a renovar el sentimiento de un peligro, de una acechanza. Cuando le escribí esa carta a Pichetto que se publicó en Clarín, lo hice con tal intensidad, con tal necesidad de enfrentarlo y de denunciarlo... Y eso es un sentimiento milenario, no es nuevo, eso viene de muy lejos.

 

-Los últimos papados tendieron puentes con el judaísmo después de siglos de desencuentros. ¿Se pueden cerrar esas heridas?

 

-Para mí fue muy importante todo lo que pasó a partir de Pablo VI, de Juan Pablo II, del papado de Juan XXII. Yo viví con mucha emoción el pronunciamiento de las palabras que importaba decir. Creo que son las palabras que Heidegger nunca dijo y debió haber dicho y que en filosofía nos hizo mucho daño a quienes nos encantamos con su filosofía; entonces haber oído esas palabras me hizo mucho bien. Pero creo que es muy importante asentar nuestra convivencia en una memoria viva y no en un olvido ficticio. Creo que no es posible olvidar; es posible no limitarse a la memoria de lo trágico y tomar otros gestos y otros posicionamientos. Como cuando empecé a colaborar en Criterio por invitación de ellos y empecé a formar parte del consejo editor. Uno siente la alegría del diálogo sin que sea indispensable borrar la historia, uno puede ir al diálogo mucho más auténticamente sino disimula sus heridas.

 

-¿Y Bergoglio podrá cambiar algo con su llamado a una Iglesia para los pobres, con su pedido de coherencia a los referentes de la Iglesia?

 

-Los efectos iniciales de las declaraciones de Francisco a mí me sorprenden porque yo creo que hay una disposición enorme a buscar en él una palabra orientadora y un liderazgo. Hay una demanda de la sociedad argentina, y yo creo que esa misma demanda, salvadas las distancias entre lo político y lo espiritual y lo acendrado que el catolicismo está aún en la sociedad argentina -por menos consistente que sea su práctica y su comprensión-, hicieron que apareciera Bergoglio como Papa y confluyeran sobre su figura una serie de demandas reparadoras que la idealización generó y que, en parte, también responden a una orfandad muy profunda que no es sólo la de un liderazgo espiritual, sino la de una identidad nacional y un liderazgo político. No cabe duda de que todo esto lo convirtió en el primer contrincante significativo que encontró Cristina Kirchner en la sociedad argentina. Más allá de lo que el propio Bergoglio se haya propuesto, lo cierto es que la rapidez con que ella llevó adelante la cabriola política que realizó sólo responde a la comprensión y a la aceptación de que estaba frente a un liderazgo alternativo peligroso para ella.

 

-¿A qué cree que se debe esa demanda?

 

-La cultura política argentina atraviesa una crisis muy profunda. La crisis que vive el radicalismo también la vive el peronismo, pero mucho más disimuladamente porque el discurso peronista tiene voces polifacéticas y puede argumentar que no muere con sus muertos, que siempre hay alguien que está más allá del deceso del que pierde credibilidad. Y en la oposición hay una pugna por liderazgos fantaseados que no parecieran responder a la demanda social.

 

-¿Por qué liderazgos fantaseados?

 

-Porque se supone que uno debe tener un protagonismo respaldado por la realidad y sólo está respaldado, eventualmente, por los medios. Francisco sí sabe responder a esta demanda social desmesurada, porque él sí es un político. Es un gran oyente. Nos reunimos varias veces en los últimos años. Hablábamos del porvenir de la política, del judaísmo, del cristianismo, de la crisis de los monoteísmos. Nunca hablamos específicamente de este gobierno ni del de Kirchner, sí de la desorientación de la política en la Argentina. Me daba la impresión de que tenía una gran sensibilidad para saber cómo encarar los temas con cada interlocutor. Yo vi un hombre de extraordinaria sensibilidad política y en él nunca se encuentran disociadas la prédica religiosa de la sociopolítica. Tenía un diagnóstico muy elaborado de quién es cada uno, qué podía esperar de cada uno; muy simpático, muy agradable, pero sin ser una personalidad ostentosamente cálida, diría verosímil, creíble, de una sencillez formidable. Me lo encontré en la calle varias veces. Era un hombre que hablaba de la pobreza y de la indignación que le producía la instrumentación de la pobreza. Una vez me dijo que en toda la historia de la cultura occidental desde el advenimiento de la modernidad, la pobreza había sido instrumentada por el poder; eso lo subrayaba mucho.

 

-Usted fue interlocutor de figuras alternativas que llegaron a tener un lugar muy destacado, como López Murphy, en su momento, o Elisa Carrió. ¿Por qué no funcionó?

 

-Puse mucho empeño en que pudieran encontrarse y no tuve suerte porque las desconfianzas recíprocas y las estrategias en cuanto a la forma de ganar proyección y protagonismo no favorecían el tendido de esos puentes.

 

-¿Hoy ve la misma dificultad?

 

-Hoy tal vez tenga la misma intensidad, pero no las mismas razones porque la demanda social de mayor interdependencia entre figuras políticas que hasta hoy aparecían separadas es mucho más fuerte que antes. Y pienso que ciertas alianzas, como la que Carrió ha hecho ahora con Pino Solanas, antes no hubieran sido posibles. Lo son hoy porque la necesidad de recuperar protagonismo exige mayor interlocución con quienes hasta ahora aparecían como adversarios no considerables.

 

-¿Y no hay un riesgo en apresurar alianzas?

 

-Claro que lo hay, pero al mismo tiempo hay que sumarle a la necesidad de correr esos riesgos el hecho de que, sin esas alianzas, la intrascendencia numérica de la propia fuerza es muy intensa. En las últimas elecciones nacionales no hubo derrotados, hubo una figura victoriosa y los demás no llegaron ni a ser derrotados porque las cifras acumuladas por cada uno de ellos sólo hablaban de intranscendencia política. La lucha hoy es contra la propia intrascendencia, y los que van a estar mejor posicionados son aquellos que muestren un discurso menos oportunista.

 

-¿Y respecto del Gobierno?

 

-Bergoglio es su primer adversario significativo, porque si el Gobierno se empeñó en tener un apoyo masivo entre los pobres él vino a decirle: «Nosotros ya lo tenemos ese apoyo porque hace dos mil años que trabajamos con ellos». A mí me parece, dicho esto con cierta cautela, que Bergoglio va a orientar la acción política en la dirección adecuada para formar una oposición significativa. Porque el caudal fundamental que le está aportando a la vida política del país es una disposición social a creer en su palabra, y esa palabra es la que él va a hacer valer.

 

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