Ud. está aquíEntrevista a Sergio Langer: "Me considero judío, no un humorista judío"

Entrevista a Sergio Langer: "Me considero judío, no un humorista judío"


Publicado por: Javifenix el 28 Junio 2012

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Autor: 
Julián Blejmar
Fuente: 
Plural JAI

 

La particular infancia que debieron atravesar los hijos de los Sobrevivientes del Holocausto, les valió un término propio, el de ser “Segunda Generación”. Sergio Langer, humorista, dibujante y arquitecto, es parte por definición y por vivencias de esta “Segunda Generación”, aunque no crea que ese término pueda englobar una experiencia común. “Cada uno tiene una experiencia distinta, es algo muy subjetivo, pues son muchas las cuestiones que influyen en la infancia y en la vida”, afirmará este artista de extensa trayectoria y con publicaciones en medios como Newsweek, Rolling Stone, Playboy, Página/12, y actualmente Clarín y Barcelona, durante el diálogo que mantuvo con Plural JAI en su estudio del barrio de Almagro. Con todo, reconoce que el haber tenido una madre Sobreviviente fue una marca que incluso se ve reflejada en su arte. 

En mi dibujo podes ver algo grotesco, agresivo, irónico, e incluso cargado de odio, pero también es cierto que esos dibujos y mi arte en general me rescataron de la locura. Yo no tuve una infancia muy copada, vivía con mi familia encerrado en un departamento del Once, con mi viejo que por laburo viajaba seguido al sur y con mi vieja que quiso quedarse en el barrio para darnos educación judía. En 1972, a mis doce años, a mi viejo lo matan en un asalto en Río Gallegos, y mi vieja, que ya cargaba con todo el tema de la guerra, se brotó, y a partir de ahí empezamos a deambular por distintas casas del Once. Nos recuerdo siempre con las valijas, como refugiados, porque se peleó con toda la familia de mi viejo. Por ese entonces, yo ya iba al Rambam, un secundario de primer nivel, lleno de murales de artistas judíos y con Jaime Barylko como rector, pero desayunábamos en un hotel de la calle Lavalle”.

¿Para entonces ya empezabas a dibujar?

Si, yo dibujaba desde muy pequeño, sobre todo batallas, guerras, explosiones, y mi vieja me puso... ¡un profesor de acordeón! Era un judío alemán que me gritaba y se ponía violento cuando me equivocaba. Supongo que para agradarla yo seguí con las clases, pero sufría una barbaridad. Sentía que ella reproducía la vida de Europa, eso de no tener casa, de la agresión. Así que a mí me salvó tener dos hermanos, y el dibujo y el humor, porque si no me reía me volvía loco. Me rescaté de todo eso replegándome para sobrevivir a mi manera, más allá de que también hubo muchos años de análisis y terapias diversas, aunque después pasé a otras drogas (risas).

 

“La vida es bella” tu trabajo sobre el Holocausto, ¿significó una liberación o por el contrario te conectó aún más con el horror?

Me conectó más, siempre le di vueltas a ese tema desde chico, sobre todo cuando en la biblioteca de la escuela veía los libros sobre la Shoa, pero creo que era una manera de poder comprender a mi madre. Hacer ese trabajo fue emocionalmente intenso, porque tuve que volver a ver esos libros, y hasta el día de hoy me siguen pegando, aunque también es bueno tomar distancia y reírse de ese tema tan sacralizado y tan tremendo, porque tampoco uno puede estar en carne viva todo el tiempo. Igual, ese es un trabajo mío que no es humorístico, sino más bien negro, y un poco irónico. (Nota de la R: la historieta se puede ver en www.sergiolanger.com/lavidaesbella/menu.html). También fue muy importante, la carta que recibí de parte de Simón Wiesenthal, luego de que en el año 2000 le enviara y le dedicara uno de mis libros a "mi superhéroe favorito". A Wiesenthal lo admiré desde muy chico, cuando yo soñaba que era un cazador de nazis, y su respuesta fue uno de los momentos más intensos de mi vida, en el sentido de sentirme en paz conmigo mismo, cerrar de cierta forma un capítulo de mi historia, y como forma de honrar la memoria de mi vieja.

Recibiste críticas por parte de medios conservadores de la comunidad, que afirmaban que  algunos de tus dibujos respondían a estereotipos retratados por los nazis. ¿Cómo tomaste aquellas críticas y cuál es tu respuesta?

Las criticas por supuesto que me dolieron y me afectaron. Se me acusó de ser antisemita e incluso irrespetuoso por ser hijo de una Sobreviviente, lo cual para mi demuestra una gran intolerancia. Además, mi dolor o la relación con mi vieja es muy personal, y nadie me va a negar el derecho a reírme y a abordar de la forma en que quiero todo lo que siento y me relaciona con ese tema. Yo en mis dibujos represento algo que no se puede captar con una lectura literal, mostrando cosas que me afectan, como la banalización del Holocausto mediante su comercialización. Porque además, los Sobrevivientes se van muriendo, y no creo que nadie pueda arrogarse el derecho a ser el custodio oficial de la memoria. Y respondí a mi modo, haciendo humor con todo eso. (Nota de la R.II: Debajo se publica la historieta que realizó Langer con motivo de la polémica)

¿Y en relación a las críticas que recibiste por tus chistes sobre Israel?

Eso fue durante la Guerra del Líbano del 2006, yo no estaba de acuerdo con la respuesta israelí, me preguntaba cómo podía ser que después de tantos siglos de sabiduría todo se redujese a las bombas, e hice un chiste sobre esa desproporción entre los misiles del Hezbolla y el ejército israelí, uno de los más poderosos del mundo. De todas formas, yo me di cuenta que ahí había pasado un límite, pero mío, interno, porque al verlo publicado noté que podía haberme molestado incluso a mí como lector. Creo que igualmente equivocarme es parte de esta intención de ir a fondo, y parte del ser artista. Así que también hice un chiste desde el lugar de mi vieja, que manifestaba algo así como que ahora se quejaban porque atacamos palestinos inocentes, pero que nadie había levantado la voz cuando mataron a seis millones de judíos. Creo que son mis propias contradicciones, porque en mi panza siento un alivio por la existencia del Estado de Israel, después de lo vivido en la Shoa, pero también veo que ese sionismo socialista de los kibutzim, de la convivencia con los árabes, tiene muy poco que ver con lo que pasa hoy día, con ese muro de hormigón kilométrico y check-points, más parecido al Sudáfrica del Apartheid que a un Estado abierto y democrático.

¿Reparás en la comunicación de un chiste tuyo, más allá del humor?

No me da igual, pero privilegio el humor, sino escribiría una nota de opinión. Para mí el ideal sería ser gracioso para judíos y palestinos. Si es posible me interesa transmitir la realidad política, pero debe ser con humor, es decir que además de bajar línea debo ser gracioso. Y entiendo la dificultad al hablar de Israel, porque existe el terror real de que lo borren del mapa, porque además la Shoa pasó hace cinco minutos. Pero bueno, pienso que muchas veces el que fue golpeado, golpea, y acá muchas veces la ligaron los palestinos. En ese sentido me interesa el revisionismo histórico de los nuevos autores israelíes, que desarticulan el relato oficial de la creación del Estado de Israel, y me parece que con las nuevas generaciones de judíos y palestinos, en algún momento se van a ir acomodando las fichas.

Una muestra tuya se título “¡Qué difícil es ser judío!” ¿En que radica esa dificultad? 

Esa fue una muestra para la Amia, pero el nombre tuvo que ver con que Samuel Rollansky, quien era presidente de IWO y profesor mío de Idish, me eligió en el Rambam para participar en la obra de Scholem Aleijem que tenía ese nombre, "Shver tzu zain a Yd", ya que yo hablaba bien el idish por escucharlo en mi casa. Y treinta años después, me convocan para hacer una muestra en el mismo lugar adonde antes estuvo el viejo edificio de la AMIA y hoy se levanta el nuevo, por eso le puse a la muestra ese título, pero nunca me resultó difícil ser judío.

¿Y por el contrario podrías decir que te aportó en algo?

Yo creo que si. Hay algo en la tradición judía que viene de siglos, como la ironía, o también todo lo que hicieron Woody Allen, los Hermanos Marx, los Tres Chiflados, o el Stand-up comedy, que no es un invento nuevo, porque mis viejos me llevaban a ver y me hacían escuchar los discos en idish de  José Griminger, Dzigan o Norman Erlich, y yo mamé toda la cultura idishe, que está en mi ADN. Creo que también está muy presente eso de reírse de uno mismo, mi vieja por ejemplo estuvo en la guerra pero era bastante irónica y tenía capacidad para reírse de muchas cosas. Yo particularmente no sé en qué porcentaje me influyó, pero creo que esto de observar y ser muy certero con la observación es algo muy propio del judío de la diáspora, el hecho de que haya estado durante siglos excluido y marginado de las sociedad en la que vivía, le dio una capacidad de observar la realidad de forma muy certera, porque se vivía dentro de una sociedad pero afuera, en el gueto o el shtetl. Y yo desde muy chico me sentí distinto, pero también en la escuela judía, por el hecho de ser hijo de una Sobreviviente y de no tener a mi padre. Creo que, de última, el sentirse distinto, raro, te da la capacidad de tener las balas de plata, las que dan en el blanco al disparar, y esa capacidad de observar es algo muy judío. Igual, me gustaría aclarar que yo me considero judío, pero no un humorista judío.

¿Y qué te aportó el hecho de ser arquitecto?

Arjitecto, como decía mi vieja. Ahí yo hice los deberes con el mandato familiar de estudiar una carrera tradicional, porque mi viejo había laburado para darnos educación y yo no iba a patear el  tablero porque era muy apegado a la familia e introvertido. Pero no me arrepiento de haber hecho esa carrera, fue una decisión que yo tomé y no le voy a echar el fardo a nadie. Opté por la arquitectura porque tenía que ver con lo artístico, y en realidad me gusta esta profesión, mi mujer por ejemplo es arquitecta. Llegué incluso a trabajar en un estudio de decoración en Recoleta adonde tuve contacto con la estética grasa de gente adinerada, pero no deja de ser un dato anecdótico, y también hice muchos chistes sobre el tema.

Tu humor parecería ser el ideal para un medio algo anárquico como la revista Barcelona, donde publicas el segmento “Mamá Pierri” ¿Cómo manejas la convivencia de hacer “La Nelly” para un medio casi opuesto como lo es Clarín? 

En Clarín estoy de hecho hace como veinte años, pero también laburé en Perfil y La Prensa, y siempre supe cómo adaptarme a esos medios, siendo yo un inadaptado y teniendo un dibujo tan grotesco. Durante mucho tiempo hice humor en Zona, un suplemento que era como marginal dentro de Clarín, que dirigía María Seoane, y ahí mandaba bastante fruta. Pero una tira diaria es otra cosa, ahí no podes bajar línea, es más liviana porque es para toda la familia, está en la contratapa, la lee todo el mundo, y además, en un multimedio, no podes joder con el sexo, el aborto o la Iglesia. La tira “La Nelly” la hago igualmente gracias a mi dupla con Rubén Mira, que es un gran escritor y guionista. Alguna vez me dijeron que Nelly tenía que ser como una Mafalda grande, pero nosotros creamos todo lo contrario, un personaje políticamente incorrecto, posmenemista, admirador de la farándula, de Miami y del consumo, en fin, una Susanita de grande. La realidad es que en Clarín apostaron por un producto muy distinto y renovador, y en su momento en la contratapa, lo que para mí es valorable. En cambio Mamá Pierri es una historieta que sólo podría salir en la revista Barcelona, es una mujer, nazi, nacionalista, ultra católica que tiene un hijo sensible, progre, y gay con amigos judíos, a los que ama porque su cultura le parece cool y fashion, o sea con un contrapunto que es mucho más extremo.

¿Llegaste igualmente a encariñarte con La Nelly?

Estoy re encariñado, es alguien que tiene vida propia, o tal vez será porque me da de morfar. Sé que en el ambiente progre no fue bienvenida, pero todos opinan de “La Nelly” desde el prejuicio, porque es una tira que la gente no lee, bah nadie lee nada, y yo estoy muy feliz de haber podido hacer una tira entretenida, con ironía y sátira en un medio como Clarín. Tuve que aprender cómo hacerla pero no deje en el camino mi personalidad, es un producto mío pero distinto, porque yo sé que no puedo tocar punk donde hay un público que va a ver a Los Nocheros o Diego Torres. E igualmente la Nelly le pega a todo el mundo, es en realidad una sátira de la clase media porteña.   

De hecho, un elemento que aparece frecuentemente criticado en tus dibujos es la clase media argentina. ¿Esto tiene que ver con tu cercanía o con que tenés una opinión más negativa de la misma frente a las clases bajas y altas?

Yo hice en la época del menemismo la tira “Clase Media” para la revista Inrockuptibles, y me paro desde ahí porque es lo que tengo a mano y conozco, y creo también que es la más rica, porque se relaciona con la clase baja, en cuento a lo que no quiere ser, y con la alta, en cuanto a lo que quiere ser pero no le da. La clase media da más material, por ejemplo con el tema de los dólares, porque quiere comprar y no puede, mientras que el pobre ni sabe de que le hablan y los ricos ya los tienen. Es un flan, muy ambigua, y la que consume en masa. Yo conozco sus prejuicios desde adentro, en ese sentido me pasa como con lo judío, no creo que sea ni mejor ni peor, pero la conozco bien.


Su defensa de Gustavo Sala

En enero de este año, el dibujante Gustavo Sala publicó en el diario Página/12 una tira que intentaba hacer humor incluyendo el tema del Holocausto. Su publicación generó una fuerte reacción, sobre la cual Langer fue consultado. “Yo me entero de todo esto porque una noche me manda un mail Diana Wang, -que es hija de sobrevivientes y me convocó para dar testimonio e ilustrar algunas de sus publicaciones sobre la Shoa-, donde me adjunta la tira y me consulta mi opinión. Ahí mismo le digo que si estaban buscando nazis, no era por ese lado, e inmediatamente le escribo a Sala diciéndole en joda que lo están buscando del Mossad, y que yo ya lo había denunciado como líder de una banda de neonazis marplatenses, porque él es de allá. En ese momento, él mismo me estaba escribiendo, desesperado, diciéndome que le habían hecho un Facebook en su contra, donde me parecía que lo querían linchar. El pibe se comió un garrón, y vi un odio atroz e injustificado, ya que pienso que el día que haya un episodio antisemita de verdad, solo va a quedar prenderse fuego. Creo que el humor negro y la crueldad son necesarios y está bueno expresarlos, pero como editor no lo publicaba en Página/12, porque siempre va a haber gente no familiarizada con esos códigos. A mí, los chistes de la Shoá me nacen desde otro lugar, desde el dolor, pero igual firmé una solicitada defendiendo su derecho a equivocarse, porque para mí es muy discutible juntar jabones y judíos en un chiste y publicarlo en un diario masivo, pero sé muy bien que él no es nazi, y yo defiendo también su derecho a equivocarse”.

¿Crees entonces que era criticable pero desde otro lugar?

Me preocupó lo desmesurada de la reacción, eso también es para analizar, y coincidía con el rabino Daniel Goldman en que era una demencia hacer tanto quilombo. Creo que es un momento de mucha cerrazón, en los años sesenta y setenta la comunidad judía tenía un nivel de apertura, producción, e intercambio con el afuera mucho más interesante y rico que el de ahora, como por ejemplo la revista “Raíces” adonde se podían encontrar posiciones críticas incluso hacia el gobierno de Israel. Hoy veo todo lo contario, al punto de hablar de una gestión comunitaria sólo para judíos genuinos. De todas maneras, esto no solo pasa en las instituciones judías, el mismo terror a juntarse o el miedo a los de afuera lo ves en Europa, pero creo que no hay otro camino que una gran “La Salada globalizada“, adonde todos juntos, judíos, coreanos, bolivianos, nigerianos, palestinos, chinos y peruanos, podamos convivir en paz y armonía.

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