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La inclusión de las diversidades y mixturas en la vida cotidiana


Publicado por: Javifenix el 19 Febrero 2013

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Autor: 
Dra. Mirta Goldstein
Fuente: 
Para Plural JAI

 

Porque percibimos que  hoy el colectivo judío argentino está afectado de disidencias extremas, porque nos afecta que los grupos más ortodoxos se estén cerrando sobre sí mismos y conduciendo a sus adeptos a actos de discriminación del semejante judío y no judío, porque nos preocupa la cada vez mayor banalización cultural de la dignidad del ser humano, porque cada vez son más conflictivas las divisiones que ocurren en el seno de los hogares judíos entre los “halajicos” y los no-halajicos, porque no es menor el tema de los cementerios en el judaísmo y en la cultura, como nos importa el tipo de educación que cada fracción judía imparte a los niños y jóvenes, por todas estas razones es que reflexionamos sobre la inclusión de las pluralidades y diversidades dentro del judaísmo.

 Si estamos en posición de hablar de inclusión, es porque estamos consternados ante la discriminación puertas adentro y afuera. Demás está decir que las dificultades para incluir las diversidades y mixturas no aparecen en los argumentos teóricos, sobre los cuales todos “decimos” estar de acuerdo, sino en la vida cotidiana y frente a determinados hechos simbólicos.

Un acto simbólico es, por ejemplo, inscribir el nombre en una lápida, llamar al semejante por su nombre propio y no por un apodo o por un número. Entonces los hechos discriminatorios y no inclusivos son: un mote burlesco, no inscribir el nombre en una sepultura, tatuar un número en los brazos, practicar una educación distinta para creyentes y no creyentes, negarle la entrada a quien piensa y cree distinto.
¿Acaso en el drama Antígona no muere por pedir sepultura para su hermano? La escritura del nombre propio en una lápida representa considerar al individuo: un  semejante; lo contrario es tenerlo por “nuda vida”  o vida sin valor y por ello mismo pasible de ser aniquilada o desterrada.

Mofarse del otro con prejuicios y mentiras -cuestión que los judíos hemos padecido históricamente-, e impartir una educación desigual concierne a considerar a alguien inferior y/o sin los mismos derechos civiles.
En Europa no nos dejaban ir a la escuela pública y nos discriminaban con apodos, amenazas y mentiras. Entonces, si algo de estas situaciones ocurren dentro del judaísmo, es porque algo grave está sucediendo.

Incluir no es igualar ni uniformar, sino permitir la convivencia entre lo extraño y lo conocido; no es regular la vida ajena sino facilitar que cualquier vida se desarrolle en armonía; incluir es convivir con aquellos cuyos ojos, color de piel, creencias, acciones, difieren de las tenidas por “normales”, exigidas como “necesarias” o sostenidas como “único bien” o “bien supremo”.
La idea de que existe un “bien superior” que algunos portan y otros no, es contrario a la fraternidad de los  seres humanos.

Cuando hablamos de incluir las diferencias, tenemos que tomar en cuenta no sólo aquellas evidentes, sino a todos los modos de “mixturas” que habitan en cada ser humano y en sus vínculos. Cada ser humanos es un crisol de distintas identidades e identificaciones y en los vínculos se dan mixturas religiosas, raciales, de clase, de familia, etc.

La mixtura es una posibilidad en sí misma y una realidad en cada persona.
¿El asimilado es una persona compleja por la diversidad que lo habita, o un renegado al rebaño? ¿El “gay” es una persona diferente o un “anormal”? ¿El “convertido” será siempre un extranjero o forma parte del conjunto? De las respuestas que se den a estas preguntas  resultan diferentes modalidades de proyectar la “comunidad”.
Incluir las diversidades que los semejantes albergan en sí mismos, es la consecuencia de una profunda elaboración de la angustia existencial por la muerte y la alternativa del azar en el destino humano. La imposibilidad de tramitar psíquicamente estas incertidumbres conduce a refugiarse en los fanatismos, utopías y extremismos.
La inclusión de las mixturas que los judíos llevamos puestas, no dependen del afuera; más bien la inclusión es conflictiva entre los de adentro: sean las adopciones, los no circuncidados, los discapacitados, los de edad avanzada, los judíos negros, etc.
Le demandó muchos años a la sociedad israelí incluir a los judíos etíopes, integrar a los marroquíes, cobijar a los drusos, convivir laicos y ortodoxos, valorar a las mujeres; aun así los conflictos renacen permanentemente y han llevado a partidismos políticos. Estas mismas dificultades se encuentran en el seno de cada comunidad judía del mundo y sobre todo actualmente en Argentina. 

El judaísmo promueve la convivencia familiar y comunitaria; una de sus frases más logradas es: Shevet Ajim Gam Iajad, o sea, el llamado a la comunidad de hermanos y a la “inclusión” de la diversidad como objetivo afín a todos los judíos.
El concepto de semejante y el de diversidad resultan solidarios entre sí. Ni el sí mismo conforma una totalidad coherente, una estructura psíquica, física y ambiental absolutamente articulada, ni el otro es una totalidad compacta. Más bien las diferencias conviven con sus propias contradicciones y con las diferencias del contexto; de ahí que se produzcan tantas mixturas.

En este sentido el corpus social conforma un colectivo  “ensamblado” y la “comunidad”  es la denominación del conjunto articulado de las diversidades -en todas sus manifestaciones-.
Lo mismo ocurre con las familias actuales a las que denominamos “ensambladas” porque se conforman según lazos simbólicos y afectivos y no co-sanguíneos.
Honrarás a tus padres es un mandamiento que equivale honrar al semejante, lo mismo que no matarás. A pesar de dar origen a estos mandamientos, tenemos dentro de la cosmovisión judía la posibilidad de aplicar Cherem, acto mayor de exclusión por intolerancia, que puede terminar con una vida. Spinoza, el caso más conocido por la radicalidad de su excomulgación, siglos más tarde fue reivindicado. Esto demuestra nada más y nada menos que lo que en un tiempo resulta aterrador, más tarde puede resultar aceptable y que la expulsión siempre es obra de una perspectiva que se aferra a las oposiciones extremas y se atemoriza ante lo múltiple, singular y diverso.
¿Acaso no enterrar en un cementerio judío al convertido, no es un Cherem?, ¿Acaso no reconocer casamientos conservadores y reformistas no es un Cherem?; ¿Cómo podemos vivir el siglo XXI aferrándonos a estas arbitrariedades?

Parece ser que resulta difícil aceptar e incluir a las mixturas en la vida cotidiana y en la organización comunitaria. Esto conduce a que por ejemplo los matrimonios mixtos, tengan que conformar organismos que los representen, o directamente alejarse.
Algunos sectores piensan y sienten desde una perspectiva bipartita: o esto o aquello: lo elegido o lo excluido, lo singular o lo común.

Cualquier dominancia de la exclusión sirvió y sirve a los regímenes totalitarios para provocar miedo y terror. Cualquier formación que se arroga el derecho a oponer de manera taxativa y excluyente los opuestos, parte del preconcepto de que uno de los elementos de la oposición es superior. Obviamente fue el nazismo el que condujo a su cénit al paradigma de lo bipartito: lo ario y lo no-ario y le otorgo un carácter singular a la cultura alemana desprestigiando a cualquier otra formación cultural; por esta razón su meta fue eliminar la cultura  del “Idish”.
En cambio, pensar y actuar a partir del paradigma de la coexistencia de una multiplicidad de tipologías, identidades, funciones e identificaciones permite discernir identidades mixtas, pero a la vez aplacar la notoriedad de las singularidades.
El paradigma de lo múltiple resulta mucho más solidario con la concepción de las “diversidades” que de las “singularidades”. Esto no significa desestimar las singularidades, sino, no hacer de ellas absolutos o purezas.

El pánico a que el paradigma de lo múltiple se expanda y difunda, lleva, a los grupos más concentrados, a la expulsión de lo distinto. El miedo es mal consejero pues genera y arraiga prejuicios y tiende a excluir a todos aquellas manifestaciones de diversidad tenidas como anormales dentro mismo de la singularidad de un grupo. En este sentido cada vez que invocamos a la “comunidad” para estatuir privilegios y rechazar las diferencias, no hacemos otra cosa que caer en el autoritarismo y la discriminación.
Lo diverso rompe con la idea tranquilizadora de que si se está de un lado no se está del otro, si se es capaz no se está incapacitado, si se es culto no se cae en la ignorancia, si se es ateo no se es judío. El educado puede ignorar lo esencial, el capacitado desconocer aquello que lo discapacita personal y socialmente, y el ateo promover creencias. De ahí que cada ser humano es una mixtura entre aquello que sabe de si mismo y lo que de su propio ser y del semejante  le resulta incomprensible e incognoscible.

Una de las cuestiones menos cercanas a la racionalización, es ¿por qué alguien tiene fe y el otro no? Este es uno de los puntos que genera disenso y división. ¿Es necesario que alguien tenga fe para ser incluido como judío? ¿Es suficiente que alguien no tenga fe para ser excluido como judío? ¿Es necesaria la adhesión a la Halaja para ser considerado judío?
Las preguntas pueden multiplicarse ya que el pensamiento excluyente encuentra razones dogmaticas para no-incluir aquello que le resulta peligroso. ¿Peligroso a qué? A que se desmorone su propia estructura jerárquica, su cosmovisión, su sistema de creencias.
Lo múltiple no solo es solidario con las diversidades sino también con el pluralismo de criterios, situaciones, acontecimientos, con una jerarquía que incluya horizontalidad en sus modos de acción, con un accionar que no provenga del fanatismo y con la alternativa de reflexionar y admitir lo “particular”.
Con particular me refiero a nuestras particularidades, las de cada uno, ya que no hay dos ateos iguales, ni dos ortodoxos iguales, ni dos judíos iguales, ni dos mujeres iguales, ni dos niños iguales.
 

Adhiero firmemente a los movimientos que dentro del judaísmo y fuera de él, promueven el respeto al “semejante”. Cada ser humano en su diversidad implícita y explícita, merece la consideración de “semejante”, es decir: lo que siendo no-igual a la vez recibe el beneficio de los mismos derechos, y el honor de compartir la mesa familiar y un lugar en el Cementerio y el Templo.
 

Dra. Mirta Goldstein, Psicoanalista, Coordinadora de la Secretaría de Derechos Individuales y Colectivos de DAIA y Presidente de la Red de Mujeres Judías Argentinas. Miembro de Plural Jai.

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