Ud. está aquíJerusalem y Tel Aviv: dos perspectivas que conviven dentro un mismo Israel. Comentario sobre la película My Father, My Lord, función especial de Plural JAI en el 9° FICJA

Jerusalem y Tel Aviv: dos perspectivas que conviven dentro un mismo Israel. Comentario sobre la película My Father, My Lord, función especial de Plural JAI en el 9° FICJA


Publicado por: David Salischiker el 23 Noviembre 2011

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Autor: 
Dra. Mirta Goldstein*
Fuente: 
Para Plural JAI

 

My Father, My Lord, es un film dilemático; nos propone contradicciones y a la vez una mirada sin odio ni resentimiento sobre el interior de la ortodoxia judía.

El director, David Volach, nos invita a compartir el viaje que él mismo realizara desde la fe hacia la increencia, desde la interpretación escrita y sellada hacia la interpretación abierta y por escribirse. Este viaje es, fundamentalmente, una travesía desde un mundo concentrado sobre todo en la ciudad de Jerusalem: la vida en las comunidades ortodoxas, hacia la vida cosmopolita israelí que se ha gestado durante 60 años de Estado Judío principalmente en Tel Aviv y, desde allí, irradiada al resto del país. ¿Son estas vidas antagónicas? Sabemos que ambas coexisten en un país que ha crecido gracias y a pesar de ellas.

La metáfora del viaje de Jerusalem a Tel Aviv, fue dicha por el mismo director en la función que Plural JAI organizara el pasado sábado 19 de noviembre.

¿En que escena encontramos tal coexistencia de mundos diferentes en la película?

Cuando ésta termina y nos muestra el salvataje frustrado del niño ortodoxo por helicópteros israelíes. En ese momento de sufrimiento y de espera angustiosa hacen falta tanto la esperanza del rezo como de la que proviene de la tecnología. Este ensamble de espiritualidad y ciencia ya no es reversible, no tiene retorno.

Gracias al desarrollo científico tenemos un Israel capaz de construir un presente y un futuro pujantes. Gracias a la Torá y el Talmud, tenemos un país que se rige por leyes judías. Si estos mundos se oponen es porque aún no hemos encontrado los caminos del acuerdo y del disenso pacífico, ni en Israel ni en la diáspora.

La película relata un hecho trágico en medio de una creencia estricta: la muerte de un hijo. Sobre este drama caben dos miradas: la mirada severa del observador que tiende a juzgar, y la mirada sufriente del ser humano quien se debate entre el dolor y la culpa. Por ello este film no trata solamente de la división inevitable que se genera entre ortodoxos, tradicionalistas y ateos, sino entre aquellos que se hacen responsables de sus actos y aquellos que buscan ser absueltos de responsabilidad ya sea por la justicia de dios o de los hombres.

Si tuviera que poner otro título a este comentario escribiría: Un padre no es un lord, lo cual me lleva a preguntarme: ¿Qué es un padre para el Judaísmo? Aprendí en mi educación judía, que la paternidad no está hecha a semejanza de Dios. Un padre en el sentido judío, es un ser humano a veces fuerte y por momentos débil. No es el padre dueño del hijo, sino el padre que acompaña al hijo en el camino del “hacerse judío” hasta que con el Bar Mitzvá ingresa en la responsabilidad de serlo.

Entonces esta película no cuestiona al padre ortodoxo sino a aquellos que en nombre del judaísmo nos proponen un hombre todopoderoso.

Ni el rabino, ni el padre de familia son para el judaísmo figuras del poder divino. Son nada más y nada menos que aquellos que nos ayudan a organizar una vida judía en colectividad y con responsabilidad ética.

Debido a esa ética milenaria que nace del Libro leído renovadamente por generaciones, el film nos envuelve en una atmósfera de espiritualidad, pero a la vez de encierro.

El niño, como cualquier niño, intenta mirar al mundo, salir por la ventana de la vida y encontrar respuestas al nacimiento y a la muerte. Observa y ama el nido de la paloma con sus pichones; se pregunta sobre el amor y la creación.

Su padre, concentrado en las escrituras, ama a su hijo pero está muy lejos de brindarle el amparo que la curiosidad infantil necesita para desarrollarse y elegir su propio destino. Por esta razón el film nos muestra otro dilema: la distancia que a veces separa a un padre de un hijo. Esto puede ocurrir tanto con un padre ortodoxo, como con otro que no lo es tanto o con quien ni siquiera imagina creer. En relación a esto, la idea que les propongo, queridos lectores, es poder pensar en los “encierros” afectivos que dividen y separan, que aíslan y debilitan, y hacerlo al solo fin de intentar superarlos.

A veces los seres humanos se centran en sus propias creencias e ideologías pues no toleran la variedad de verdades que circulan en la cultura; el encierro puede conducir a no aceptar al semejante en sus diferencias lo que gesta la discriminación, el abuso y la xenofobia.

La interioridad de esta familia nos invita a salir del encierro de nuestros prejuicios y plantearnos problemáticas universales; por ejemplo, ¿qué ocurre con una pareja cuando la sexualidad está regida desde aquello que no se puede cuestionar, compartir ni consultar?

Pienso que el director nos ofrece ir más allá del impacto emocional que provoca el ligamen con lo incuestionable y sagrado; nos ofrece la oportunidad de preguntarnos por conflictos universales tales como: la paternidad, los lazos entre cónyuges, entre hermanos, los lazos con la fe, con el azar y la naturaleza.

¿Debemos sacar del nido a la paloma porque las escrituras así lo interpretan o debemos aliarnos con la naturaleza para poder continuar existiendo? La escena de expulsión de la paloma de su nido en el cual quedan los pichones a merced del accidente, escena que parece cruel, no es más que el reflejo del cuestionamiento interior que se hace cualquier padre: “¿mi vida está destinada solamente a continuar el lazo con mi pueblo o tiene algún sentido por sí misma?”

Una de las bases del judaísmo, el Talmud, nos enseña el arte de la interrogación; este film se pregunta: ¿Todos los acontecimientos están predeterminados o hay en cada hecho una cuota de accidente? Para algunos los hechos están predestinados por el Creador, para otros por el Inconsciente, para otros por los Genes. Al respecto pienso que cada acto humano está sólo en parte determinado y que, por otra parte, guarda un quantum de originalidad, de inconmensurable y de incertidumbre. Es por este motivo que no creo en los sistemas cerrados, en las interpretaciones establecidas ni en los determinismos a ultranza.

La muerte de un hijo, tema a mi gusto central de este film, es un accidente insuperable en la vida de cualquier ser humano, es algo que excede los absolutos y convierte a los hombres en pobres criaturas libradas al azar.

Ante la radicalidad de la vida y de la muerte, la fe es, para algunos, un refugio indiscutible y, justamente por ello, estamos a favor de respetar y convivir con todos aquellos que practiquen sus creencias sin imponer sus convicciones a sus semejantes. Estamos a favor de “la transmisión de valores judíos" a través del diálogo, la reflexión íntima y el debate público. Estamos, en definitiva, a favor de un humanismo judío sin discriminaciones entre los propios judíos ni con el resto de los seres humanos.

Este film tiene la enorme virtud de hacernos reflexionar sobre el sentido de la existencia dentro y fuera de la fe y de las prácticas de la Halajá.

En síntesis, es a la vez una mirada piadosa, crítica y sensible de alguien que habiendo salido hacia el exterior, se ha quedado dentro; que habiendo soltado amarras, vuelve cada tanto a su puerto.
 

* Psicoanalista

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