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Crónicas del Medio Oriente: Israel con ojos argentinos. La start-up ausente


Publicado por: David Salischiker el 25 Abril 2012

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Autor: 
Julián Blejmar (Desde Tel Aviv)
Fuente: 
Para Plural JAI

 

El máximo líder que supo tener Israel, David Ben Gurión, afirmó allá por los años cincuenta que Israel sería un país normal cuando tenga sus propios ladrones y prostitutas. Y, quien sabe, si se hubiera referido a la economía, podría haber incluso agregado que también lo sería cuando sus empresas exhiban un país pujante y poderoso, mientras el grueso de sus ciudadanos sean cada vez más pobres.
Sucede que con la excepción de las recientes crisis en varios países primermundistas, que Israel supo sortear con la máxima eficacia, el modelo neoliberal que todas estas naciones adoptaron se caracterizó por exhibir países con empresas cada vez más eficaces y lucrativas, junto a índices sociales cada vez más preocupantes.

Un libro de reciente publicación en español, da cuenta de una de las caras de este fenómeno moderno. Se trata de  “Start-up Nation, historia del milagro económico israelí” (startupnationbook.com), escrito por los investigadores y ex funcionarios norteamericanos Dan Senor y Saúl Singer, y publicado por la ONG Council on Foreign Relations.

El libro es un extenso repaso sobre los contundentes logros en el ámbito económico y empresarial israelí, que exhibe como un reducido y joven país con poco más de siete millones de habitantes, sin recursos naturales y rodeado de enemigos, alcanzó igualmente un rotundo liderazgo en una gran cantidad de variables económicas. Allí se puede ver como Israel crea más empresas incluso que naciones extensas, pacíficas y estables, como Japón, China, India, Corea, Canadá y el Reino Unido, atrae más de doble de inversiones de capital de riesgo per cápita que los Estados Unidos y treinta veces más que Europa, y tiene más empresas en el índice bursátil tecnológico NASDAQ que cualquier otro país fuera de los Estados Unidos, y más que toda Europa, India y China juntos.  Asimismo, señala que las innovaciones israelíes no se limitan a sus aspectos más difundidos, como la informática, los dispositivos militares y las comunicaciones, sino que también es líder mundial en patentes de dispositivos médicos y tiene un activo papel global en tecnologías limpias y biotecnología. Y todo esto, junto al hecho de que este país tiene más premios Nobel per cápita que cualquier otro sobre la tierra.

Las razones que esgrimen estos autores, es que Israel no es sólo un país, sino una forma de pensar. Por un lado, en relación a la historia de riesgos individuales que debió soportar la sociedad israelí y el pueblo judío a través de la historia, el cual llevó a un carácter favorable a la asunción de riesgos empresariales, que además, según los autores siempre han sido apoyados tanto por el Estado como por las empresas existentes. Asimismo, aducen que la inmigración y las políticas israelíes en esta materia, junto al servicio militar, han sido factores claves en su crecimiento empresarial. El primero de los casos, tiene que ver con que Israel es la nación que más inmigración absorbe, pues el 350% de su población ha nacido o tiene ascendencia en países extranjeros, lo que para los autores implica una inclinación a la creatividad y la innovación. Y en relación a la cuestión militar, afirman que el servicio militar obligatorio de tres años, entrena a los israelíes en el trabajo en equipo, la resolución bajo presión, la capacidad de sacrificio para lograr objetivos, y el liderazgo.

Saúl Singer resumió todos aspectos de la siguiente forma: "Israel es en sí mismo, como país, una start up", es decir un país construido por inmigrantes que debieron comenzar desde cero.

Sin embargo, este fantástico cuadro, tiene su reverso en otros aspectos no convenientemente difundidos en el libro.

Durante la presentación en noviembre del año pasado de un informe sobre pobreza israelí, el Ministro de Bienestar y Servicio Social Moshe Kahlon señaló que el cuadro, pese a evidenciar una mejoría con respecto a años anteriores, era “desolador”, “grave”, e “insoportable”, y que estaba “prohibido continuar de esta manera”.

El reporte, elaborado sobre cifras del año 2010, señalaba que  433.000 familias, es decir 1.733.400 de ciudadanos, el 20% del total de las familias israelíes, vivían bajo la línea de pobreza, entre los cuales se contaban 873 mil niños, es decir un tercio del total de los niños israelíes. Estas cifras, se señalaba, convertían a Israel en el país con mayor índice de pobreza  entre los que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, conocida como la organización de los “países ricos”.

Cifras proporcionadas por la oficina de estadísticas de la CIA, arrojaron también guarismos similares. Según este organismo, el 23,6% de los israelíes es pobre, es decir cuenta con ingresos menores a los 7,30 dólares, mientras que en el año 2009 esta cifra era del 21,6%, y en 2001, del 18%. Asimismo, esta agencia señala que su índice de coeficiente Gini, que mide la distribución del ingreso, encuentra a este país en el puesto 68 sobre 140 naciones,  ubicado entre Ghana y Mauritana.

Este contraste entre milagro económico empresarial y pauperización de la sociedad civil, no debería sorprender si se lo compara con otros países que adoptaron el modelo económico neoliberal, que en Israel comenzó a aplicarse desde mediados de los setenta durante el gobierno de Menájem Beguín.

Uno de los pilares en los que se asienta este modelo, es en la reducción de regulaciones por parte del Estado, lo que permite en los hechos que las empresas más poderosas tengan un mayor peso en el desarrollo económico. Muchas de esas empresas, monopólicas, elevan fuertemente su nivel de productividad y el de sus países, pero al mismo tiempo impulsan la concentración del capital en detrimento de la población en su conjunto.

En efecto, el periodista Daniel Kupervaser cita en su blog a la publicación especializada en economía israelí “The Marker" del 20 de julio de 2010, donde se hace referencia a un informe del Banco Central de Israel titulado «Diez familias controlan el mercado israelí. Aquí hay una amenaza a la democracia».

En este sentido, durante las multitudinarias manifestaciones de indignados que poblaban las calles israelíes durante el verano pasado, el prestigioso escritor israelí Amos Oz describió el cuadro de situación en una columna aparecida el primero de agosto pasado en el diario Ha'aretz, donde señalaba que Israel “en su apogeo, fue más igualitario que la mayoría de los estados del mundo. La pobreza no era intensa y la riqueza no era ostentosa”, pero que en los “últimos treinta años, los gobiernos de los grandes capitales, estimularon y enardecieron las leyes de la jungla económica de poder echar mano a cuanto se pueda”, destinando los recursos producidos por la clase media y pobre israelí al “ferviente apoyo que el gobierno de Netanyahu y sus antecesores brindó para el irrefrenable enriquecimiento de diversos magnates y sus amigotes”. Amos Oz también hacía referencia a los presupuestos para los asentamientos y las Yeshivot (casas de estudio religioso) ultra-ortodoxas, aunque cierto es que estos dos cuestionables puntos no pueden definir la macroeconomía de un país.

¿Sería posible encontrar una relación entre las siderales ganancias de los grupos concentrados y el elevado capital de riesgo que se invierte año tras año tanto en las start up israelíes como en proyectos privados de investigación científica? Para desentrañar esta respuesta, sería necesario un amplio trabajo analítico. Pero mucho más urgente aún que el mismo, pareciera ser otro, que permita trasladar el magnífico start up empresarial israelí, a un start up social.    
 

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