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Crónicas del Medio Oriente: Israel con ojos argentinos. Habitantes de la marginación perpetua.


Publicado por: David Salischiker el 22 Noviembre 2011

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Autor: 
Julián Blejmar - Desde Tel Aviv para Plural JAI

 

TEL AVIV- Se los puede ver barriendo las calles de Tel Aviv, abriendo las puertas de lujosos hoteles en Jerusalén, o recogiendo las sillas plásticas en las playas de Eilat. Mucho menos en oficinas o administraciones públicas, y en muy contados casos en una banca de la Knesset, el parlamento israelí.

A más de dos décadas de su masivo arribo a Israel, los judíos etíopes exhiben las luces del esfuerzo del Estado por incorporarlos al país, pero las sombras de una sociedad que no supo, no pudo, o no quiso integrarlos en igualdad.

A comienzos de este mes se realizó en Jerusalém una gran ceremonia, cuyo orador principal fue el presidente Shimon Peres, con el objetivo de celebrar el vigésimo aniversario de la Operación Salomón, la cinematográfica acción en la que en el lapso de 36 horas, 34 aviones de El Al transportaron en secreto a 14.000 judíos etíopes desde su país de nacimiento hasta el Estado de Israel. Si bien por el número de olim, inmigrantes, y por el éxito y la difusión de la misma, la Operación Salomón es la más recordada, esta no fue la primera, ya que a mediados de la década del setenta se logró ingresar alrededor de un centenar y medio de etíopes, mientras que en 1985 se realizó la Operación Moisés, por medio de la cual fueron transportados 9.000 miembros de esta comunidad a través de Sudan, país que recibió a cambio dinero y armas israelíes. Sin embargo, esta operación debió ser cancelada cuando fue descubierta por los medios masivos de comunicación, con lo que los países árabes presionaron al africano para que interrumpa el proceso.

Aquellas operaciones, sumadas a las constantes inmigraciones que Israel recibe hasta el día de hoy, constituyeron el final de una asombrosa historia sobre la que, de todas formas, no hay un acuerdo entre los historiadores. Denominada a sí misma "Beta Israel", que en el idioma amárico significa Casa de Israel, y en términos peyorativos por los etíopes como “falashas” (extranjeros),  los judíos etíopes llegaron a ser en este país una comunidad de 120.000 miembros, de los cuales 90.000 viven en la actualidad en Israel.

Existen documentos desde el siglo XIV y de los siglos XVIII y XIX que prueban la existencia de esta particular comunidad judía africana. Sin embargo, mientras una corriente afirma que son descendientes del Rey Salomón y la Reina de Saba, quienes residieron en esas tierras alrededor de siglo X A.C., otras sostienen, en consonancia con la investigación que realizó en 1975 el Gran Rabino sefardí Ovadía Yosef, que se tratan de descendientes de una de las tribus perdidas, la de Dan, que desapareció luego después de la destrucción del Primer Templo de Jerusalém en el año 675 A.C.

De lo que nunca hubo dudas, fue de su judaísmo. Su lectura de la Torá y la celebración de las festividades judías daban cuenta del mismo, aún con la particularidad de que sus ritos y tradiciones quedaron detenidos en los tiempos precedentes a  la destrucción del Segundo Templo de Jerusalem, en el año 70 D.C. Por eso, las  autoridades rabínicas los reconocieron a través de un edicto religioso en 1975 como judíos, aun cuando le requirieron también un severo estudio para la incorporación de otras prácticas y su admisión al judaísmo en los términos religiosos.

Con todo, este aparente final feliz contrasta con la realidad que se puede observar diariamente.  Aun cuando no puede negarse el denodado esfuerzo del Estado de Israel y de filántropos internacionales, -según fuentes del Ministerio de Absorción existen actualmente cerca de 90 proyectos asistenciales con un presupuesto que ronda los 22 millones de dólares-, la marginación de la que son objeto plantea un desafío que parece estar lejos de resolverse.

Un estudio realizado el año pasado por Jack Habib, director del Instituto Myers-JDC-Brookdale de Jerusalém, le puso cifras a esta discriminación. El 65 por ciento de los etíopes se encuentra bajo la línea de pobreza, frete al 20 por ciento promedio de los israelíes.  Asimismo, Sólo el 55 por ciento de los judíos etíopes tienen empleo, frente al 72,5 por ciento de la población judía en general, lo que provoca que el desempleo entre los etíopes sea del 14 por ciento, es decir el doble que el de los israelíes en su conjunto. En promedio, dos etíopes viven en cada cuarto de los hogares israelíes, mientras que en la población judía esa relación es de uno sobre uno. Además, la tasa de criminalidad entre los inmigrantes etíopes ha aumentado significativamente durante los últimos diez años. Con todo, si bien los estudiantes etíopes tienen también las calificaciones más bajas del sistema educativo israelí, el informe citado señala que actualmente se ha reducido su deserción escolar, y como segundo dato positivo, que existe una mayor inclusión de las mujeres al mercado laboral. En su conclusión, el informe señala que si bien se pueden comprobar avances en las áreas de vivienda, empleo, ingresos, educación y demás, las mismas han sido menores que durante la década del 90.

En declaraciones a la Agencia EFE, Shlomo Molla, primer vicepresidente etíope de la Knesset y anterior encargado de la inmigración de esta comunidad, señaló que este grupo inmigrante recibe para su absorción un presupuesto que triplica el de otros olim, de lo que se desprenda que el problema no es tanto el financiamiento sino la ejecución del mismo. Según Molla, este presupuesto es gastado en programas de búsqueda laboral así como en subsidios salariales, pero en su opinión el mismo debería ser utilizado en proyectos que “alienten la excelencia”.

Desde la misma comunidad etíope, afirman que las diferencias culturales, como ser el pasaje de rudimentarias viviendas en aldeas al mundo occidental, así como el color de piel, -la etíope es la única comunidad negra en Israel-, significaron un proceso de adaptación traumático que aun hoy no está resuelto. También lo fue el hecho de que el modelo patriarcal, en el que mandaban los ancianos, se invirtió para darle paso a los jóvenes, quienes como en todas las culturas se adaptaron con mayor facilidad, lo que provocó diversos conflictos al seno de sus familias.  

Por eso, es posible afirmar que esta particular inmigración, que le agrego un nuevo mosaico al de por sí ya complejo entramado israelí, permanece sufriendo una fuerte discriminación, en un país que, pese a brindarle una gran ayuda, paradójicamente todavía mantiene con ellos una gran deuda.
 

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