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Crónicas del Medio Oriente: Israel con ojos argentinos. El reverdecer de los kibutzim


Publicado por: David Salischiker el 01 Diciembre 2011

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Autor: 
Julián Blejmar - Desde Tel Aviv para Plural JAI
Fuente: 
Plural JAI

 

Desde su creación, casi 40 años antes de la fundación del Estado de Israel en 1948, fueron el emblema de la colonización y el estilo de vida israelí. Supieron duplicarse en número y fortalecerse luego de proclamada la independencia, y mantuvieron un crecimiento constante hasta mediados de la década del setenta, cuando comenzó su declive.

La nueva y sombría realidad que entonces experimentaron estas granjas cooperativas o kibutzim, estuvo ligada al avance del neoliberalismo en todo occidente, cuyas teorías económicas fueron aplicadas en este país bajo el mandato de Menajem Beguin. Si gobierno, que condujo al país entre 1977 y1983, realizó una serie de desregulaciones y ajustes entre los que se encontraron los subsidios a estas organizaciones colectivistas.

Esta situación, junto al auge mundial del modelo neoliberal y la caída del comunismo, provocó que en las décadas siguientes los kibutzim experimentaran una continua decadencia. Según cifras proporcionadas por la oficina que los nuclea, el Movimiento Kibutziano, entre 1984 y 2004 los kibutzim perdieron cerca de 50.000 integrantes, y muchas de ellos debieron enfrentar millonarios pasivos que los llevaron a la quiebra. Sin embargo, gracias a un nuevo sistema organizativo, -surgido justamente para enfrentar sus crisis-, y un contexto económico desfavorable para los jóvenes que viven en la ciudad, gran parte de los mismos recuperaron desde hace pocos años a esta parte su brillo perdido, y vuelven a ser un atractivo imán para miles de solteros y parejas jóvenes.

Vivía en Tel-Aviv, con dos trabajos para mantener mi pequeño departamento y mis estudios, que ocupaban el poco tiempo libre que me quedaba. Por eso decidí venir a este kibutz, solo por un año y para probar, pero ya estoy aquí hace cuatro y por el momento no me pienso ir”, Afirma a Plural JAI Advah Givon, una joven israelí de 29 años residente de Ein Hashofet, kibutz situado en el noroeste a 21 kilómetros de Haifa. Como ella, se cuentan por miles los jóvenes que están dejando la ciudad para regresar. Shai Bleker, quien nació en uno de estos kibutzim pero llegó de niño a la Argentina junto a su familia, decidió doce años atrás, a los 22, regresar a Israel, y desde entonces ha elegido para residir el kibutz Ein Gev, situado en el norte y cercano a la bíblica ciudad de Tiberias. “En un principio llegué aquí porque estaban mis tíos, pero decidí quedarme porque observé que se trataba de una vida más tranquila, con todo lo que necesito para sentirme cómodo” comentó en diálogo con este Portal, al tiempo que agregó que “existe un importante regreso de los jóvenes, quienes en la ciudad se encuentran muy estresados por sus obligaciones, y deben pagar cada vez más caros sus departamentos”. La posibilidad de disfrutar de espacios amplios y abiertos, llevar una vida ecológica, en comunidad, y con seguridad para los niños, son otras razones que esgrimen quienes decidieron optar por dejar la ciudad para residir en un kibutz.

Por eso, no sorprende que en los últimos dos años, lejos de seguir perdiendo integrantes, los kibutzim hayan sumado 2.500 nuevos miembros, -40% de los cuales jamás había residido en uno de ellos-, y que actualmente casi 130.000 israelíes –cerca del 2% de la población- elijan esta forma de vida.

En rigor, este regreso se da en condiciones muy diferentes a las que supieron vivenciar los primeros “kibutznik”. Según cifras del Movimiento Kibutziano, de los 273 kibutzim que existen en la actualidad, la mayor parte de ellos, unos 190, funcionan bajo el método denominado “red de seguridad”, el cual permite la posibilidad de obtener ingresos diferenciales, así como trabajar fuera del kibutz y pagar solo los gastos comunes, que implican también un monto para abonar ingresos complementarios a aquellos miembros cuyos ingresos son menores a los establecidos por el kibutz para suplir sus necesidades básicas. En estos kibutzim, los servicios como comedores o lavandería, se encuentran privatizados, por lo que su tipo y frecuencia de uso depende de los ingresos. Entre los restantes, aún existen unos 65 que mantienen un sistema “comunal” similar al tradicional, mientras que los otros 19 se desarrollan bajo un método “integrado” que implica salarios diferenciados en base a antigüedad y contribución al kibutz.

Si bien es cierto que la mayor parte de sus habitantes, los “kibutznik” obtienen un ingreso mensual de 1.800 dólares, -sensiblemente inferior al de las ciudades-, el hecho de no tener que abonar o bien hacerlo de forma reducida los servicios de alquiler, alimentos, lavandería, y educación entre otros, permite a sus miembros disfrutar de una gran calidad de vida, cualquiera sea el tipo de trabajo que desarrollen. Por eso, no sorprende que en una encuesta realizada el año pasado por el propio Movimiento Kibutzano, el 63% de los “kibutznik” hayan calificado como “buenas” sus condiciones materiales de vida.
Un historia de ideología y necesidades

El libro “A orillas del Jordán” de Joseph Baratz, narra la historia de Degania, el primer kibutz, establecido en 1909 por este mismo autor junto a una docena de compañeros llegados desde Rusia.

Su inspirador, Aron Gordon, un intelectual soviético sionista y socialista que también residió en Degania mientras hacía todo tipo de trabajos manuales, señalaba la necesidad de que el pueblo judío se uniera a su antigua tierra mediante el trabajo de la misma, como forma de establecer allí su residencia.

En un ambiente duro y hostil, con desérticas y descuidadas tierras repletas de pantanos y enfermedades, los primeros colonizadores judíos se brindaron a la ardua tarea de establecer allí las diferentes comunidades agrícolas o kibutzim.

Su desarrollo, pasó a ser clave para el establecimiento del nuevo Estado: ubicados en las posibles fronteras como marcación de límites, allí se concentraban los miembros de sus ejércitos que eran clandestinos bajo el mandato británico, la Haganá, el Palmaj, y el disidente de extrema derecha Irgún. No se permitía ningún tipo de propiedad privada o status social, ya que cada cual aportaba todo el caudal y tipo de trabajo que podía, y no recibía más de lo que necesitaba. El crecimiento que experimentaron esos kibutzim, -la mayor parte de ellos cuentan hoy día con modernas fábricas y usinas productoras de alimentos- flexibilizaron sus reglas, permitiendo la incorporación de técnicos y obreros ajenos a los mismos, y admitiendo la posibilidad de salarios diferenciados. 

Actualmente, los más grandes superan los 1.000 miembros, -aunque también los hay de 100-, y la producción industrial total de sus más de 350 fábricas alcanza los 11 mil millones de dólares, el 5,2% del Producto Bruto israelí, mientras que su producción agrícola les otorga unos 2 mil millones de dólares, representando el 34% de la producción del campo israelí.
 

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