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Apoyo (¿in?)condicional a Israel


Publicado por: David Salischiker el 08 Septiembre 2010

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Autor: 
José Chelquer
Fuente: 
Pensandonos.com.ar

 

Los últimos años han sido pródigos en desafíos a nuestro vínculo, como judíos argentinos, con Israel. El impacto en la opinión pública de conflictos como el de Gaza, la guerra en Líbano con Hizbollah y, más atrás, la 2da Intifada, el deterioro de la imagen de Israel en los medios y en la calle, han generado reacciones diversas en el ámbito judío: desde la justificación irrestricta de todo lo actuado por Israel, pasando por el silencio o las críticas moderadas hasta la toma de distancia radical buscando desvincularse del paria, y la crítica feroz propia del converso que quiere hacer buena letra.

En ese contexto, se ha escuchado repetidamente afirmaciones de “apoyo incondicional a Israel”, a veces como muro de contención y marcación de los límites de la crítica legítima y otras como paraguas protector para que el ejercicio del cuestionamiento propio–cualquiera sea su motivación- quede a salvo de acusaciones de abandono del barco.

¿Qué significa un “apoyo incondicional”? ¿Será la versión reciclada de viejo “apoyo a Israel pero no a las medidas de sus gobiernos”? ¿Habrá algún elemento “esencial” que es el que se pretende apoyar independientemente de las formas con que esa esencia se revista en la realidad?

La incondicionalidad supone que hay un vínculo y un compromiso que es independiente de la conducta del otro, que lo precede, que no se puede cancelar. Es en este sentido que un padre/madre no debería renegar de su hijo (o un hijo/a de su padre/madre) más allá de sus actos y, si delinquiese, debería ir a prisión sin ser negado. Aún así, tengo dudas acerca de qué tan judío es sostener este tipo de vínculos a ultranza; nos guste o no la costumbre, ¿no se sentaban en shiv´a los padres por sus hijos descarriados?

Quisiera abogar, en cambio, por el apoyo a secas, condicional si se quiere, reflexivo y no automático. Si apoyamos a Israel no es porque no le ponemos condiciones sino porque, más allá de que le hagamos objeciones, pasa la prueba de las condiciones básicas que le imponemos. Con sus errores y aciertos. Queremos que sea mejor –como un padre lo quiere de su hijo, o un hijo de sus padres- pero si nos subleva que se la estigmatice no es sólo porque somos parte, sino porque la estigmatización es injusta.

El judaísmo no es incondicional. Uno de los méritos del monoteísmo es la idea de una concentración de lo absoluto fuera del ámbito de lo terrenal; el judío no se posterna ante ídolos humanos, de barro o ideológicos. Ni siquiera deja de “ponerle condiciones”, a su manera, a la figura todopoderosa de su Dios, y se permite reclamarle alguna forma de Justicia y el cumplimiento de sus pactos…

Podemos apoyar orgullosamente a Israel no ignorando lo criticable sino ponderándolo –es decir, valorándolo en su justo peso-, no dejando de exigir, sino exigiendo a quien queremos, a la vez que hacemos todo lo que podamos para impedir que se lo demonice. No caigamos en la trampa de dar la razón a los presuntos iluminados que tildan a Israel de genocida, callando como si temiéramos emitir juicios. Podemos apoyar a Israel porque –sin ser un modelo de santidad- lo merece. Así de simple.

José Chelquer
 

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