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¿Qué nos pasa como comunidad que somos noticia en los diarios?


Publicado por: David Salischiker el 17 Agosto 2012

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Autor: 
Dra. Mirta Goldstein*
Fuente: 
Para Plural JAI

 

La pregunta ¿qué nos pasa como comunidad que somos noticia en los diarios? merece algunas reflexiones.

Desde las últimas elecciones de AMIA se ha hecho evidente que estamos atravesando una crisis y que la comunidad organizada está seriamente dividida. Ya no se trata solo de la división entre laicos y creyentes, como algunos quieren confirmar en acciones y dichos, sino fundamentalmente, entre quienes adhieren a los viejos modelos políticos y quienes propulsan cambios. Esta problemática, la de las viejas componendas y las reales transformaciones, atraviesa todo el panorama de la conducción institucional comunitaria y, por ende, del futuro societario.

Las próximas elecciones (DAIA en noviembre de este año, AMIA en abril del 2013,) constituyen el escenario propicio donde poner de manifiesto el distanciamiento cada vez mayor que se gestó, en los últimos años, entre los judíos -en general- y la dirigencia comunitaria. De ese distanciamiento todos los dirigentes son responsables.

La sociedad argentina está cada vez más lastimada por lo tanto es nuestro deber, como colectivo organizado que la integra, dar respuestas eficientes a los problemas que ya existen y prever estrategias para aquellos que se avecinan, por ejemplo, la dificultad creciente de numerosos sectores de sostener económicamente la educación, el deporte, la salud física y psíquica. 

Lamentablemente no hay conciencia que para lograr algunos objetivos debemos cambiar las formas en que los representantes son elegidos y los motivos por los cuales son elegidos.

Deponer la intransigencia de algunos sectores y renunciar a los intereses de sector no pueden ser meros enunciados. Las formas -que llevaron a que hoy tengamos conflictos en casi todos los organismos de representación- están obsoletas pues privilegian los acuerdos de trastienda por sobre un programa de integración comunitaria.

Los conflictos son, en primera instancia, “de representatividad” y esto dificulta por un lado la gestión y, por otro,  la participación en las instituciones de aquellos que desearían hacerlo; esta dificultad retorna como un boomerang produciendo que las generaciones jóvenes nada quieran saber de incorporarse a la vida comunitaria institucional.

La idea de un judaísmo liberal unido y sin conflicto es tan irreal como la de un judaísmo uniformado por la Halajá o el privilegio económico. En este sentido si las cosas son llevadas a los extremos, la división societaria institucional estará muy próxima y no habremos aprendido nada.

Leyendo el Talmud, tomamos conciencia de que el judaísmo crece gracias a  la interrogación y la interpretación. Para seguir creciendo necesitamos de representantes comunitarios capacitados para liderar y para negociar pero, principalmente, para modificar.

Las instancias políticas nacionales nos demandan líderes políticos capaces de tramitar los grandes obstáculos internacionales que atentan contra la seguridad local y mundial de los judíos y de representar auténticamente a los miembros de la comunidad en todos los escenarios.

Ante el panorama de nuestras instituciones centrales, que entiendo es de un vaciamiento de conceptos representativos y de un ideario funcional a la vida real de la gente, me pregunto ¿cómo llegamos a este estado de situación en el cual no hay una representatividad legítima? ¿cómo hemos llegado  al punto en que se desconozca la realidad múltiple y diversa del judaísmo y su profundo contenido simbólico?

Una de las cosas que el judaísmo no contempla es el pensamiento mágico pues éste banaliza  la Memoria Colectiva y nos aleja de nuestro tronco judaico. Por ello nos atañe a todos reflexionar sobre los procesos eleccionarios y la constitución de las fracciones partidarias, la importancia de la educación judía unida a la capacitación científica y en las formas en que se trata al semejante sea éste judío o no-judío.

Si el diagnóstico respecto de qué nos pasa es bastante descorazonarte, entonces, ¿cómo no participar? ¿Cómo no elevar la voz y pronunciarse? Me inclino, en estos momentos por realizar acciones de concientización y debate que muestren que se puede dirigir la comunidad en función de una ética del compromiso, la solidaridad y la responsabilidad pero a la vez soy  escéptica -como muchos otros- si no se modifican estatutos, si no se cambian las negociaciones espurias por una militancia digna, si no se establecen algunos puntos indispensables de sostener y  llevar adelante.

Rescatar el valor mutualista de la AMIA y el valor de Cancillería Judía de DAIA, son tareas que requieren de personalidades firmes, de proyectos claros y de estrategias eficientes pero, por sobre todo, de honestidad y creatividad  en las acciones y en las ideas y de la participación de las mayorías; lograrlo aminoraría la angustia y la incertidumbre respecto del futuro.

Pienso que es función de los intelectuales elevar nuestras voces y mostrar que la burocracia comunitaria tiende a cambiar de manos y a manipular las creencias y la fe, no solo la fe religiosa, sino la “buena fe”.  La buena fe de un ser humano es su racionalidad y su imaginario, es lo que piensa y lo que cree.

Ante este panorama, los que están acostumbrados a gestionar tienen a su cargo la enorme tarea de renovar; los que estamos acostumbrados a pensar tenemos por delante la enorme tarea de innovar y de proponer modelos acordes con los tiempos que vivimos.

*Psicoanalista, Miembro de Plural JAI, Directora de la Red de Mujeres Judías Argentinas, integrante del Nuevo Modelo Comunitario. Escritora.
 

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