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Primo Levi: el hombre que no quiso encontrarse entre los salvados


Publicado por: Javifenix el 15 Agosto 2012

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Autor: 
DR. David Malowany
Fuente: 
http://www.mensuarioidentidad.com.uy

 

Dice Primo Levi que cambiar los códigos morales es siempre costoso. Los heréticos lo saben, también los apóstatas y los disidentes. 

Ya no somos capaces de juzgar el comportamiento nuestro (o el ajeno) que tuvimos entonces, bajo los códigos de entonces, basándonos en el código actual. El Lager (campo de concentración) fue una Universidad que le enseño a este italiano bueno a mirar y a medir a los hombres.

 Los dividió en categorías que no solo se aplicaba a tan insensata realidad. Estaban los hombres de fe: “ no sólo en los momentos cruciales de las selecciones o de los bombardeos aé¬reos, sino también en el suplicio de la vida diaria, los creyentes viven mejor. No tiene ninguna importancia cuál fuese su credo religioso o político. Tienen una clave y un punto de apoyo, un mañana milenario por el que podía tener sentido sacrificarse, un lugar en el cielo o la tierra en el que la justicia o la misericordia ha¬bían vencido o vencerían en un porvenir no muy lejano, llámese Moscú, Jerusalén celeste o terrenal. Su ham¬bre era distinta de la nuestra, era un castigo divino, o una expiación, una ofrenda voluntaria o el fruto de la podredumbre capitalista. El dolor, en ellos o en torno de ellos, era descifrable, y por eso no bordaba la desespe¬ración”. El no se encontraba entre ellos. En el L ager estaba también el “Musulmán” (por las vendas en la cabeza a causa de sus padeci¬mientos o por su destino fatal irremediable). Se trata de aquél prisionero exhausto, extenuado, próximo a la muerte. En definitiva había en el Lager dos categorías los salvados y los hundidos. Esta división es mu¬cho menos evidente en la vida común. En esta no sucede con frecuencia que un hombre se pierda, porque no está solo, por¬que es excepcional que un hombre crezca en poder sin límites o descienda continuamente de derrota en derrota hasta la ruina, pero en el Lager uno estaba ferozmente solo. En esas circunstancias, el dedicar la totalidad de las preocupaciones a la satisfac¬ción de las necesidades básicas de la vida fue la mejor defensa contra la muerte, no sólo en el Lager. Esos fueron la mayoría de los salvados.

Estos hombres básicos se libraban del esfuerzo inútil de tratar de comprender la realidad del campo de concen¬tración. De todas maneras, la lógica y la moral impedían aceptar una realidad ilógica e inmoral. De ello resultaba una aceptación de l a m isma e vitando d e e sa manera lo que hubiese llevado al hombre culto a la desesperación. Sin embargo las variedades del animal hombre son innumerables y el italiano vio hombres de cultura refinada, especialmente jóvenes, deshacerse de ella, empequeñecerse, barbarizarse y sobrevivir. El hombre sencillo se salvó porque estaba acostumbrado a no hacerse preguntas. Estaba a salvo del inútil tormento de preguntarse por qué. Primo Levi, no obstante no se hallaba dentro de esas dos categorías. No era básico y no era creyente. Había estado en el Lager casi un año y había acumulado una buena dosis de experiencia, pero también había asimilado bien la regla principal de que de aquel lugar, uno tenía que ocuparse de uno mismo antes que de nadie. Pero un día se cuestionó de estar vivo en el lugar de otro y sobre todo de hombres más generosos, más sensibles, más sabios, más útiles, más dignos de vivir que él. “¿Está justificada o no la vergüenza del después? ¿Te avergüenzas de estar vivo en el lugar de otro. Y sobre todo, de hombres más generosos, más sensible, más sabios, más útiles, más dignos de vivir que tú?” “Se trata sólo de una suposición, de la sombra de una sospecha: de que todos seamos el Caín de nuestros hermanos, de que todos nosotros (y esta vez digo “nosotros” en un sentido muy amplio , incluso universal) hayamos suplantado a nuestro prójimo y estemos viviendo su vida. Es una suposición, pero remuerde, está profundamente anidada, como la carcoma, que por fuera no se ve, pero roe y taladra”.

Los salvados de Auschwitz no eran los mejores, los predestinados al bien, los portadores de un mensaje. Cuanto yo había visto y vivido me demostraba lo con¬trario. Preferentemente sobrevivían los peores, los egoístas, los violentos, los insensibles, los colaboradores, los espías. No es una regla segura. No hay en las cosas humanas reglas seguras... Murió Chaim, el relojero de Cracovia, judío piadoso, que, a despecho de las dificultades de la lengua, se había esforzado por entenderme y hacerse entender. Murió Szabó, el taciturno campesino húngaro que medía dos metros y por ello tenía más hambre que nadie y que, sin embargo, mientras tuvo fuerzas, nunca dudó en ayudar a los compañeros más débiles a tener fuerza y empujar... Yo me sentía inocente, pero enrolado entre los salvados, y por lo mismo en busca permanente de una justificación ante mí y ante los demás. Sobrevivían los peores, es decir los más aptos, los mejores han muerto todos”. A su vuelta del campo de concentración, Primo Levi fue visitado por un amigo religioso. Estaba contento de encontrarlo vivo y sustancialmente indem¬ne, seguramente maduro y fortificado, y ciertamente enriquecido. Le dijo que su sobrevivencia no podía ser obra del azar, de una acumulación de circunstancias afortunadas (como él pensaba), sino de la Providencia. Su religioso amigo le dijo entonces que h abía sobrevivido para dar testimonio. Primo Levi le contestó: “Lo he hecho lo mejor que he podido y no habría podido dejar de hacerlo; y lo sigo haciendo, pero pensar que este testimonio mío haya podido concederme por sí solo el privilegio de sobrevivir y de vivir durante mu¬chos años sin graves problemas, me inquieta, porque encuentro desproporcionado el resultado en relación al privilegio”. Cuarenta y dos años después de Auschwitz, el italiano bueno, tomó una decisión que ni la providencia o la acumulación de circunstancias afortunadas había decidido para él: colocarse en el lugar de los hundidos, por ello, aparentemente, se quitó la vida.

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