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Iom Kipur, ¿En qué creemos?


Publicado por: Javifenix el 22 Septiembre 2012

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Autor: 
Mauricio Zieliniec
Fuente: 
http://www.mensuarioidentidad.com.uy

 

Un gran interrogante se nos plantea, ¿qué puede representar este día para un laico? En nuestro concepto ético, filosófico, interpretamos así nuestra tradición.

En la intimidad de nuestro interior, Iom Kipur se nos revela convocante en un espa­cio perso­nal y colectivo. Nos convoca al secular y al observante, por­que trasciende como algo muy nuestro. Miles de años desem­bocaron siempre en este día, mirándonos con una introspec­ción que nos cuestiona el significa­do de nuestra vida, de nuestro comportamiento con el otro, con el yo y con el tú, es decir con el prójimo. 

Este mito convocante lo ne­cesitamos para afirmarnos o cuestionarnos en cuanto al sentido de nuestra existencia, para tener un punto de partida en nuestra identidad, aunque sea mítico, para sentirnos par­te de un colectivo, para comen­zar a pensar, para vivir nuestra identidad. 

Pero no es sólo por tradición o mito su continuidad en nuestra historia. Es porque, en este día, cuestionamos la vida futura o su ausencia. Es tan humana la necesidad generada por el inte­rrogante planteado, y la necesi­dad de saber nuestra trascen­dencia después de la muerte, o su ausencia de todo: “la nada”. Esa angustia correspondiente a esa interrogante existencial es una realidad que nos provoca nuestra finitud. 

Pero Iom Kipur también nos trasciende como algo mítico, donde nunca llega­mos a su magia, como a su res­puesta; de ahí que es una con­memoración abierta, donde los paradigmas, interpretaciones y la búsqueda de caminos “son nuestros, por lo tanto creaciones indeterminadas”; eso la convier­te en una conmemoración ética y humanista. 

Las Escrituras señalan que diez días después de iniciado, el Rosh Hashaná culmina con Iom Kipur, cuando queda sellada nuestra suerte futura; el mito toca la mayor sensibilidad del hombre, del judío, de nuestros seres queridos; es tiempo de reflexión sobre nuestras accio­nes, sobre nuestra codicia, la de nuestros deseos materiales y la contradicción entre lo material y lo espiritual. Es un día en que centramos el pensamiento en el valor de la vida, de los afec­tos, y en cómo nos sentimos judíos. Es un día en que cada uno se compromete a ser mejor, quiere ser mejor, se promete a sí mismo serlo; por eso es una introspección individual de au­topromesas, que adquiere una “sacralidad humana” por ser de nuestro colectivo. Eso nos uni­fica en nuestra finitud humana y nos proyecta en una reflexión futura de nuestra cadena mile­naria. La reflexión está abierta a una búsqueda permanente hacia un finito inteligible y creativo, de eso se trata. 

El sonido del Shofar y su es­truendo se expande por nues­tros corazones y nos hace vi­brar en una sensibilidad que no entendemos, y es tan antigua y secular como el símbolo del cuerno de nuestros pastores en la antigua Jerusalem. Al igual que los acordes del Kol Nidré, que se nos impregna en esa ma­gia, donde se eleva la interro­gante terrenal de nuestro ser finito. 

En la época de los dos templos el Sumo Sacerdote entraba al “Santo Santorum”, que consistía en una pieza vacía, pero sagra­da, a imagen del colectivo; te­rrible sería el espacio sagrado si contuviera algo material, ¿sería acaso sagrado con algo de va­lor material?. Ese espacio vacío simboliza y es nuestra libertad, nuestra búsqueda, nuestra po­sibilidad de adaptación en el devenir, en los cambios, por­que sin espacios abiertos no hay movimiento, y no habría judaísmo, ni interpretaciones, ni devenir, ni Talmud… Alguien definía a dios como algo vacío o como la libertad, porque es tan ininteligible definirlo como análogamente explicar nuestra finitud un vacío inteligible. Las diferencias en par­te se estrechan entre lo secular y el concepto observante. 

Iom Kipur debemos verlo como una apertura de liber­tad, de elección, de cambios en los rumbos equivocados, de corrección de caminos. No sé si se puede perdonar, sólo la “jus­ticia” perdona, lo realizado es realizado (no cambia) para poder ser perdo­nado no hay que juzgar; lo que debe ejercerse es nuestra capacidad de no juzgar, es cuando al no juzgar, no hay qué perdonar, ésa es la ética del Iom Kipur. Juzgar significa afirmar verda­des cerradas, absolutas, formas de pensar fundamentalistas; no juz­gar es una grandeza humana, y deja abierta a la interpretación. 

Decía Darío Sztajnszrajber que para el creyente “dios debe ser apertura”, similar al espacio humano no cerrado; porque perdonar parte de algo juzga­do, cerrado e imperativo, que impide el perdón. El no juzgar permite esa apertura humanis­ta, que es a la vez abierta y de búsqueda. 

La posibilidad de que este día tan especial se haya transpor­tado en el tiempo, perpetuán­dose, más que por lo religioso o tradicional ha sido, a la vez, por su significado antropológi­co y humano, porque el hombre quiso interrogarse, para saber, desde la antigüedad, pregun­tándose sobre el misterio del Cosmos, la vida, el destino, la creación universal y la finitud del hombre. 

La hoguera encendida de pre­guntas, dudas, mitos, miedos que rodean estos días desde Rosh Hashaná hasta Iom Kipur, donde nuestra criatura huma­na se replanteó al igual que otros pueblos dichas interro­gantes, se eterniza a través de la historia. El pueblo judío se lo plantea con su singularidad en esta fecha. 

Los seculares reflexionamos en Iom Kipur para no juzgar, y para humildemente reflexionar en la búsqueda de una realidad sin verdades… 

Borges con su poesía: 

(…) 

Soy, tácitos amigos, el que sabe 

que no hay otra venganza que el olvido 

ni otro perdón. Un dios ha concedido 

al odio humano esta curiosa llave. 

Soy el que pese a tan ilustres modos 

de errar, no ha descifrado el laberinto 

singular y plural, arduo y dis­tinto, 

del tiempo, que es uno y es de todos. 

Soy el que es nadie, el que no fue una espada 

en la guerra. Soy eco, olvido, nada. 

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