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¿Un Estado judío o una democracia israelí?


Publicado por: David Salischiker el 03 Octubre 2010

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Autor: 
Shlomo Sand*
Fuente: 
Haaretz - 25/09/2010 - Convergencia 03/10/2010

 

En las conversaciones que parecen estar teniendo lugar entre Israel y los palestinos, el primer ministro Benjamín Netanyahu ha pedido a su interlocutor que reconozca a Israel como Estado judío. Uno puede entender al primer ministro: un hombre tan poco observante de la tradición religiosa judía no está seguro de su identidad religiosa; por lo tanto, está inseguro sobre la identidad de su Estado y necesita la validación de nuestros vecinos.

Hay muy pocas críticas en Israel sobre este último capricho, que hasta hace poco estuvo ausente de la agenda diplomática israelí. Durante años, Israel luchó por ser reconocido por el mundo árabe. Pero en marzo de 2002, cuando la Liga Árabe y el mundo musulmán acogieron la iniciativa de Arabia Saudita de reconocer a Israel dentro de sus fronteras de 1967, apareció una nueva amenaza: la paz, que puede fragmentar el carácter judío del Estado desde dentro, y con razón.

Hay un consenso cerrado, de Yisrael Beiteinu a Meretz, de iluminados periodistas a destacados profesores, sobre la definición de Israel como Estado judío. Pero esta caracterización se asemeja notablemente a la definición de Irán como república islámica o de los Estados Unidos como país cristiano. Es cierto que algunos evangelistas estadounidenses creen que el carácter cristiano de los Estados Unidos está en peligro y tratan de cimentarlo en la legislación. Pero los Estados Unidos, como el resto del mundo ilustrado, todavía se considera perteneciente a todos sus ciudadanos, independientemente de sus creencias religiosas.

La mayoría de los israelíes responde a esto diciendo que el judaísmo y la judeidad no representan una religión sino un pueblo, de manera que Israel no debe pertenecer a todos sus ciudadanos sino a los judíos del mundo, que, como sabemos, prefieren no vivir aquí.

Es extraño, yo no sabía que sólo se podía reunir a un pueblo a través de la conversión religiosa y no mediante la participación en la cultura del día a día. Pero tal vez haya un pueblo judío de la cultura y no estoy al tanto. Tal vez Woody Allen, Philip Roth y otros están en secreto bien informados sobre el idioma, el cine, la literatura y el teatro hebreos. Para mí, la mejor definición de pertenencia a un pueblo es la capacidad de reconocer el nombre de al menos un equipo de fútbol que compite en las ligas locales.

El problema es que la empresa sionista, que creó un nuevo pueblo aquí, está lejos de sentirse satisfecha con su creación y prefiere verla como un hijo bastardo. Se prefiere aferrarse a la idea de un pueblo racialmente judío, aprovechándose -por el momento- de su existencia imaginaria. Debemos recordar que la fuerte solidaridad existente entre los cristianos evangélicos o entre los miembros de la fe Bahai todavía no los convierte en pueblos o naciones.

Rahm Emanuel, como sabemos, pertenece al pueblo norteamericano y Bernard Kouchner pertenece al pueblo francés. Pero si mañana Estados Unidos decide definirse como un Estado americano anglosajón o Francia deja de reconocerse como un Estado francés y prefiere definirse como una república galo-católica, ambos hombres tendrán que emigrar a Israel.

Estoy seguro de que muchos de nosotros deseamos que suceda. Esta es otra razón de la insistencia de Israel como Estado del pueblo judío y no como una democracia israelí.

Dado que no todos los israelíes no judíos pueden identificarse con su Estado, lo que les queda es la identificación con la Autoridad Palestina, con Hamas o con la película “Avatar”, y tal vez mañana Galilea, que como sabemos no tiene mayoría judía, reclame ser la Kosovo de Medio Oriente.

 

*Profesor de historia en la Universidad de Tel Aviv.
Traducción: Sam More para elcorresponsal.com.
 

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