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Recordar a Rabin por lo que fue: una persona auténtica


Publicado por: David Salischiker el 28 Octubre 2010

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Autor: 
Gideon Levy
Fuente: 
Haaretz - Convergencia

 

El asesinato de Yitzhak Rabin acrecentó considerablemente su imagen, y el hombre se convirtió en un mito. Eso resulta normal. Innumerables calles, empalmes de caminos y escuelas no serían denominados en honor del quinto primer ministro de Israel, (y el décimo), si no hubiera sido por el asesinato.

Si hubiera muerto naturalmente, el aniversario habría sido observado modestamente, como es el caso de todos los otros difuntos y olvidados primeros ministros, y las conmemoraciones anuales que se prolongan por semanas -y durante más tiempo que Yom Hazicaron* y Yom Hashoa** tomados en conjunto- no tendrían lugar de este manera. Es improbable que alguien estuviera hablando acerca de su “legado”.

De hecho, el legado de Rabin ha sido exagerado enormemente. Fue un primer ministro corriente durante su primera cadencia, y bueno durante la segunda. ¿Pero basta eso para hablar acerca de un legado? ¿Qué legado, y por qué?

Careció de una clara visión social, y prefirió una democracia sin ninguna interferencia de parte de la Suprema Corte o de la organización de los derechos humanos B´Tselem. Los derechos humanos y el derecho internacional no significaban nada para él, y al menos al principio, fue arrastrado hacia el establecimiento de la paz; su doctrina de seguridad fue la doctrina de seguridad de Israel, la religión no oficial del estado.

Los Acuerdos de Oslo, su mejor logro, fracasaron debido a que, entre otras cosas, ni él ni el Presidente Shimon Peres se atrevieron a correr el riesgo de evacuar los asentamientos, sin lo cual no puede haber un verdadero avance hacia la paz. De este modo, no se constituyó en el implacable guerrero de la paz, aun cuando valerosamente estimuló un cambio radical.

Sin embargo, hay una cosa en la que Rabin sobresalió, quizás aún más que en sus predecesores y sucesores, y esta es una cualidad que debería constituir su verdadera herencia y el legado a todos los políticos israelíes. Rabin fue una verdadera, genuina y auténtica persona. Observando docenas de horas de películas del hombre, a través de la cámara a la que estaba apegado y que lo acompañó desde corta edad, uno queda con la impresión que fue una persona genuina que evolucionó hora a hora en su vida privada y pública.

Su autenticidad incluyó la expresión de fastidio que cubría su cara cada vez que se veía forzado a sentarse al lado de Peres en las reuniones del partido Laborista. Genuino, también, fue su titubeante apretón de manos con Yasser Arafat sobre el césped de la Casa Blanca.

En vísperas de la Guerra de los Seis Días lo vimos desplomarse por un momento, en una muestra de nerviosismo absolutamente humano; en su famoso pronunciamiento “quiebren sus brazos y piernas” en la primera Intifada, pudimos observar como la ira y la conmoción se apoderó de él como consecuencia de la irreverente y desafiante acción palestina de alzarse, oponiéndose a la ocupación. Apeló a los pobladores a mantenerse tranquilos y no alterarse cuando esa acción realmente afectaran sus nervios. (¿Puede usted imaginar a Peres haciendo eso?)

En la Casa Blanca en Washington, lo vimos lucir azorado, sí azorado, cuando pidió dar un beso de las buenas noches a Amy Carter, la hija del presidente.

No es difícil adivinar como se comportarían los sucesores de Rabin, Shimon Peres y Benjamin Netanyahu en tal situación. Peres diría “haz músculo” como diría a todo niño que se encontrara a su paso durante una campaña electoral, y Netanyahu intentaría una de sus automáticas y falsas sonrisas.

Rabin, el tímido pelirrojo, actuaba diferentemente. Fue el elemento genuino. No tuvo temor de expresar auténticamente sus emociones humanas. De enrojecerse con ira, de retirarse tímidamente, de expresar indignación, de expresar la verdad, ese fue Rabin.

A diferencia de la mayoría de los políticos, Rabin no consideraba a la emoción humana como signo de debilidad. Tal expresión le aportó realmente fortaleza; la gente lo encontró más creíble que a otros políticos.

Este examen de la verdad debería ser aplicado a todo político. Piensen en el cofre del tesoro de frases estereotipadas de Peres; él nunca, jamás mostraría sus verdaderas emociones, aún si lo despertaran en la mitad de la noche. Hace décadas, cuando yo fallaba en algún trabajo relacionado con él, le imploraba que se enojara, que gritara, o al menos me reprendiera.

Igualmente, Netanyahu es también una máquina bien lubricada. Con él, cada gesto, mirada y declaración están meticulosamente planificadas y escenificadas; usted jamás lo encontrará actuando auténticamente. ¿Cuándo le ha creído usted a él? ¿Cómo puede usted creerle?

Piensen acerca de las artificiales sonrisas de Shaul Mofaz, las rebuscadas palabras de Ehud Barak, las forzadas recitaciones de Isaac Herzog, y de cómo Dan Meridor inventa excusas para Netanyahu.

Una espléndida fiesta de máscaras. No creemos en ninguno de ellos; creímos en Rabin. Es cierto, un líder es ponderado en primer lugar por sus acciones y logros, pero la verdad también cuenta.

Esta semana, durante los días de recordación, pienso con nostalgia en Rabin. Una verdadera persona, para un cambio.

 

*Día del Recuerdo de los Caídos en los conflictos de Israel y de las Víctimas de actividades terroristas que es observado el 4 de Yiar, día que precede a la conmemoración del Día de la Independencia de Israel o Yom Ha´atzmaut (5 de Yiar)

**Día del recuerdo del Holocausto (27 de Nisan)

 

Traducción: Israel Laubstein

 

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