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Jerusalén: conocer la historia antes de juzgar


Publicado por: David Salischiker el 11 Abril 2010

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Autor: 
ANA JEROZOLIMSKI*
Fuente: 
El Observador - www.elobservador.com.uy

 
Quisiera comenzar esta nota con una revelación política personal.
No me gusta el gobierno de Benjamín Netanyahu, no lo voté y discrepo con gran parte de su accionar político. No es afín a mí ni su estilo ni la ideología de gran parte de sus miembros. Jamás voté a ningún partido o candidato a la derecha del partido laborista y en más de una oportunidad lo he hecho incluso más a su izquierda. Lo he hecho convencida de que el futuro de Israel será mejor sin controlar territorios de población mayormente palestina, no solo por los derechos palestinos sino por el carácter que quiero preservar para el Estado de Israel: judío y democrático. Considero que fue un error construir asentamientos y me crispa saber que la municipalidad de Jerusalén ha aprobado instalación de judíos en barrios árabes como Silwan y Sheikh Jarrah, algo que ni siquiera el primer ministro Menajem Begin, a quien se veía como “ultraduro”, aprobó jamás.
 

Pero todo esto no significa que esté ciega o que pueda permitirme desconocer la historia –ni la antigua ni la reciente– en lo relacionado con el conflicto israelo-árabe y al fallido proceso de paz entre Israel y los palestinos.
 
Uno de los temas más cargados emocionalmente, sobre los que se opina a diestra y siniestra, es Jerusalén, y muchos presentan como evidente que, cuando Israel construye en zonas conquistadas en 1967, lo está haciendo en “territorio palestino ocupado” que debería ser no solo parte del futuro Estado palestino independiente sino su propia capital.
 
Lo que me parece clave al escribir sobre este tema –y no porque dada mi condición judía Jerusalén me resulte primordial– es compartir con el lector también los antecedentes de la situación actual.
 
Los territorios que Israel anexó a Jerusalén tras la guerra de junio de 1967 no son “territorios palestinos ocupados”. Su población es sí mayormente palestina, pero nunca estuvieron bajo soberanía palestina, porque nunca hubo un Estado palestino independiente.
 
Cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó el 29 de noviembre de 1947 la resolución 181 que determinaba la partición de la entonces llamada Palestina entre “un estado judío y otro árabe”, el liderazgo judío, sionista, la aceptó. Los árabes no solo la rechazaron sino que declararon la guerra al Estado judío apenas nació, violando así la resolución de la ONU. Pues al rechazar aquella resolución, también echaron por la borda el carácter internacional que se había destinado a Jerusalén: un estatuto de “corpus separatum”, cuyo destino definitivo iba a ser decidido sobre la base de lo que votaran todos sus habitantes 10 años después.
 
Pero Jordania atacó al entonces naciente Israel, atacó también Jerusalén, tomó control de toda la Ciudad Vieja amurallada, incluso del Muro de los Lamentos sagrado para los judíos, echó a todos los habitantes del barrio judío de la parte antigua y, al destruir la prestigiosa sinagoga Hurva, el comandante de la Legión Árabe dijo: “Por primera vez en mil años, no hay ni un judío en la Ciudad Vieja de Jerusalén”.
 
Las líneas a las que llegó el ejército jordano al atacar a Israel y violar la resolución 181–mientras otros ejércitos atacaban por otros frentes– son las líneas del armisticio de 1949. Esa es la frontera no reconocida que separó Jerusalén. Lo que quedó del lado jordano se conoce desde entonces como “Jerusalén oriental” y lo que quedó del lado israelí fue “Jerusalén occidental”. Pero no existía eso del “lado palestino” y el “lado israelí”. La ocupación original que dividió Jerusalén fue la de los árabes, cuando Jordania se apoderó, con su ataque, de parte de Jerusalén que tenía que ser “corpus separatum”. Israel se defendió, intentó repeler el ataque, y así tomó control de la parte occidental.
 
El profesor Florentino Portero, experto en historia contemporánea egresado de la Universidad Complutense de Madrid, escribió recientemente en la publicación de estudios estratégicos GEES que “los europeos sabemos bien por experiencia propia que las fronteras son el resultado de las guerras”. Los árabes se lanzaron a la guerra contra Israel en 1948 y perdieron territorios que podrían haber estado bajo su control, terminando además con el plan de un régimen internacional especial para Jerusalén. Lo hicieron nuevamente en 1967 y allí perdieron más todavía, al lograr Israel no solo conquistar la parte de Jerusalén que ocupaba Jordania sino también el territorio de Cisjordania, o sea la margen occidental del río Jordán.
 
Sí analizó el profesor Portero esta situación: “Benjamín Netanyahu tiene toda la razón cuando afirma que construir en ‘asentamientos´ ya existentes en el entorno inmediato de Jerusalén no es una provocación, ni una ilegalidad, ni nada por el estilo, porque esos enclaves son ya parte de Israel, de la misma forma que la antigua ciudad de Koënisberg, donde se escribieron algunas de las páginas más trascendentales del pensamiento alemán y europeo, es hoy la ciudad rusa de Kaliningrado. La República Federal de Alemania ha asumido el coste de sus derrotas y gracias a ello Europa ha podido ser reconstruida. Los palestinos no y de ahí los problemas que todos, unos en mayor medida que otros, padecemos”.
 
Ruth Lapidot, profesora emérita en leyes y derecho internacional de la Universidad Hebrea de Jerusalén, señala que es imposible hacer caso omiso del hecho que cuando finalizó el mandato británico el 14 de mayo de 1948, en Jerusalén quedó un vacío de soberanía. “Los judíos se defendieron en Jerusalén occidental y por ende tenían derecho a tomar la soberanía. En 1967 Jordania fue nuevamente la que atacó, Israel actuó en defensa propia y por ende tenía derecho a tomar Jerusalén oriental”, dice, citando incluso a otros expertos, aunque sin ocultar que hay posturas alternativas como las que sostienen que, debido a la discusión política, es imperioso fijar el futuro de la ciudad en negociaciones. Admite que no se reconoce soberanía como producto de guerra, pero que este caso fue diferente ya que no había un soberano anterior, dado que los británicos habían finalizado su mandato.
 
La situación volvió a cambiar en junio de 1967, cuando Israel tomó control de la parte oriental, lo cual para los israelíes fue la “liberación” y reunificación de la ciudad, y para los árabes, el comienzo de la ocupación. A pesar de que Israel le advirtió no sumarse al ataque egipcio, asegurándole que nadie le atacará, el rey Hussein de Jordania abrió otro frente, atacando Jerusalén y, finalmente, perdiendo no solo la parte de la ciudad que tenía bajo su control sino también toda la margen occidental (Cisjordania).
 
En los territorios aledaños a Jerusalén, Israel construyó nuevos barrios que para los palestinos son asentamientos en zona ocupada, y para los israelíes, parte de su capital. La profesora Lapidot explica: “Lo que intentaron hacer en Jerusalén es determinar fronteras estratégicas por las que no sea tan fácil volver a atacarla”.
 
Y trae a colación un recuerdo personal, como habitante de Jerusalén: “Yo estaba en Jerusalén, en el refugio subterráneo, cuando los jordanos atacaron a Israel en 1967. Mi hijo mayor estaba en la escuela, dos estaban en el jardín de infantes. Estalló la guerra y fue toda una historia traer a los chicos al refugio. El varón consiguió que alguien lo acercara pero tuvimos que salir a buscar a mi hija, pegados a la pared por los disparos. Fue una guerra en serio. Nos atacaron, no era broma. Hubo aquí una agresión del lado jordano. Nos atacaron y creo que teníamos derecho a ampliar las fronteras, para que fuera más fácil defender a esta ciudad”.
 
A pesar de todas estas situaciones, con el correr de los años, hubo de hecho disposición de Israel a negociar incluso sobre Jerusalén. En junio de 2000, en la cumbre de Camp David, el entonces primer ministro Ehud Barak estaba dispuesto a posiciones arrojadas, que incluían la división de Jerusalén. El líder palestino Yasser Arafat, hoy ya fallecido, no aceptó. Pocos meses después, estalló la segunda intifada. Desde entonces, mucha agua ha corrido bajo el puente, aportando a la mutua desconfianza.

Así se dieron los hechos. El que no me gusten Netanyahu y su gobierno no cambia la historia. Hay que saber los hechos antes de juzgar.

* Periodista uruguaya radicada en Israel; directora de Semanario Hebreo.

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