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La AMIA y ella.


Publicado por: Javifenix el 13 Mayo 2013

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Autor: 
Ezequiel Sporn
Fuente: 
el diario judio

 

La AMIA, la asociación mutual de la colectividad judía argentina, se origina en 1894 con el nombre de Jevrá Kedusha, como resultado de las gestiones realizadas en 1893, entre otros, por la Unión Obrera Israelita Poalei Tzedek. En aquél entonces, uno de sus principales objetivos era el de realizar los entierros siguiendo el rito judío para lo cual se adquirió y fundó uno de los primeros cementerios comunitarios del país.

Con el devenir de los años, la AMIA comprendió que no sólo debía acompañar a los judíos de la comunidad al momento de su muerte sino también durante el transcurso de su vida. De esta manera fue ampliando sus funciones e incorporó en su seno el desarrollo de tareas sociales, de educación, culto, de beneficencia y ayuda mutua. 

Tal fue su crecimiento que hoy en día posee una de las bolsas de trabajo más grandes e importantes de América Latina, brindando servicios abiertos a toda la sociedad argentina. Tal reza su historia en su portal de internet, la AMIA es “…conocida popularmente como la institución madre y centro de la vida comunitaria organizada…” del país.

Desde el año 2008 la AMIA está conducida por un bloque ortodoxo liderado espiritualmente por el Rabino Samuel Levin, a quién se le atribuyen frases como “hay que hacer hospitales para curar a los homosexuales”  o, en relación al mismo tema adujo que “por cosas como estas hoy existen los terremotos en el mundo” . Ungido por el mismo Levin, Guillermo Borger, flamante presidente de la institución, días antes de asumir su primer mandato, declaró que la nueva gestión iba a “reforzar el papel de la AMIA como representante de los judíos genuinos" mientras que días después desmintió sus dichos y aclaró que junto a su bloque trabajarían por una AMIA “representante de todos los judíos sin exclusiones” .

“At ajot shelanu” (“tú eres nuestra hermana”) fueron las palabras que ella escuchó decir, ese mismo 2008, al tribunal rabínico del movimiento Masortí que la examinó – luego de un año de estudio y de fuertes vivencias – y que la convirtiera en Tali Bat Abraham Avinu. Aquél momento marcó el final de un proceso intenso que comenzó en el año 2004 y el inicio de una nueva vida como judía.

Y ella, un día, se asoció a la AMIA. Completó sus papeles de filiación y a las pocas semanas tuvo en su poder el carnet que acreditaba su membresía. 

Ella pagó mensualmente su cuota social. Lo hacía con mucho gusto, sabía que la AMIA protege, abriga, educa y alimenta a quienes más lo necesitan. 

Ella quiso votar en las elecciones de la AMIA el 7 de Abril de 2013. 

Ella consultó el padrón, como cualquier socio haría, y se encontró con la triste noticia de que no estaba habilitada para hacerlo. Contrario a lo que el estatuto indica, ella no fue aceptada como “socia genuina” sino – según le fuera comunicado – como una “amiga solidaria” de la institución y era este el motivo que la invalidaba para sufragar.

Ella fue objeto de un caso flagrante de discriminación en el seno de nuestra comunidad. Vaya paradoja. Convertirse en “amiga” y “solidaria” de una institución que no se ha comportado de acuerdo a esos mismos valores.

Ella es mi esposa y la madre de nuestra hija. Y como ocurre con otros dos mil “amigos solidarios” más, no es considerada judía según el criterio de quienes dirigen, apenas, aquella mutual judía que bajo ningún concepto puede arrogarse el derecho de actuar como una organización de carácter religioso ni de realizar un ejercicio abusivo de potestades que van en contra de lo determinado en sus estatutos constitutivos.

Ella va a luchar por una AMIA plural y abierta a todo el colectivo judío. Y yo también.

 
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