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Berlín y la memoria


Publicado por: David Salischiker el 07 Diciembre 2011

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Autor: 
Marcos Aguinis*
Fuente: 
Diario Perfil - 26/11/2011

 

Estuve numerosas veces en Berlín, incluso cuando la dividía el implacable Muro. Antes de su caída lo atravesé con mis documentos en regla, para registrar lo más que podía. Sólo me dejaron pasar ante las puertas de la Universidad Humboldt, caminar rápido por la inspiradora Alexanderplatz, asombrarme ante el monumento a Stalin y los enormes cubos que representaban a las tropas soviéticas, asistir a una función en el teatro Bertolt Brecht y... nada más. Mis pupilas hambrientas rebotaban contra la uniformidad de los edificios y la niebla que se expandía por las calles desiertas. Debía regresar al lado occidental el mismo día. Sé que otros turistas o investigadores consiguieron más, pero cumplieron diversos trámites o exhibieron mejores credenciales.

La fulmínea construcción del Muro sucedió mientras hacía mi posgrado en París. Al año siguiente me trasladé a la República Federal Alemana con el respaldo de una excelente beca. Reconozco que me sentía irresponsable e intrépido a la vez, porque me erizaba la cercanía del nazismo y sus atrocidades. Viví en Friburgo y Colonia, llenándome de experiencias y conocimientos que no sólo afinaron mi profesión neuroquirúrgica, sino que me reuní con los teólogos que preparaban documentos fundamentales del Concilio Vaticano II y conocí de cerca el drama de muchos refugiados. Ahí nacieron los nutrientes de mis dos primeras novelas.

En una recorrida de veinte días por todo el país con un profesor de historia y de arte bebí litros de conocimiento. Llegamos a Berlín en ómnibus, atravesando kilómetros de la RDA (República Democrática Alemana), que había sido erigida por la Unión Soviética para competir con la Federal. Por cierto que no era ni república ni democrática, sino un genuflexo satélite de Moscú. Experimenté la opresión al cruzar el Muro por primera vez. No sólo la agresiva rigidez de los controles, sino la vigilancia que nos persiguió en cada minuto. Después volví una y otra vez, como si pretendiese acostumbrarme y, de esa forma, entender a mis amigos de izquierda que elogiaban a ese régimen.

Regresé a Berlín por cuarta vez un año después del estrepitoso derrumbe del Muro. Pude transitar libremente, por supuesto. Y pude recién apreciar los contrastes entre un sistema que convierte a los humanos en seres opacos por un ideal colectivista castrador y un sistema imperfecto, pero ventilado por las ráfagas de la libertad.

Acabo de estar en Berlín nuevamente. En el lapso de dos décadas se transfiguró. La modernidad penetró como una droga. Enormes espacios de la zona oriental –que habían sido uniformes, aburridos y deprimentes– son el área de una competencia arquitectónica universal. Los mejores talentos se esmeran en fraguar nuevas formas, con audacia, funcionalidad y luz. Pero no sólo me atrajeron esas temeridades del arte y la construcción, sino la decisión de mantener viva la memoria. En efecto, toda la historia del país y de la ciudad es mantenida. No hay columna o fachada o balcón o monumento o puerta antigua que no se preserve. De esa forma, resulta coherente avanzar hacia el futuro sin perder vínculos con un pasado lleno de gloria y de miseria. "Ni exagerar la gloria ni esconder la miseria", pareciese ser el mandato.

Sobre el incendiado Reichstadt fue construida una cúpula maravillosa provista de paneles que atrapan la energía solar y proveen electricidad a todo el edificio. No lejos de allí, en el lugar más céntrico de la ciudad, junto a las oficinas gubernamentales, varias manzanas fueron dedicadas a un memorial sobre el Holocausto. Recorrerlo eriza la piel y encoge el corazón. Son innumerables cubos que representan lápidas. Al principio son pequeñas. Pero no sólo aumentan de tamaño a medida que uno las recorre, sino que conforman un laberinto con hondonadas que generan ahogo. Es una lección para quienes no conocieron ese infierno en la tierra. Y una bofetada para quienes aspiran a reeditarlo.

No lejos, frente a la Biblioteca Nacional, se extiende la plaza donde los fanáticos quemaron millares de libros en una orgía de hipnosis y necedad. En el centro, sobre el adoquinado, una gran placa de bronce reproduce una frase del poeta Heinrich Heine pronunciada un siglo antes del nazismo: "Cuando se empieza a quemar libros, se termina quemando personas".

Del Muro se han conservado algunas porciones, pese a la voracidad del mundo por robar –o comprar– sus trozos. Uno puede tomar conciencia sobre el concepto de cárcel que predominó en la mente de sus constructores, cuyo propósito era impedir la fuga de los ciudadanos hartos de padecer bajo un colectivismo sin esperanza. Varios pintores de prestigio fueron convocados para colorear largos pedazos con su imaginación atada a la memoria.

Tendría mucho más para decir, pero cerraré con un dato que parece menor: cuando una fachada o un trozo de fachada se ha salvado de la demolición que produjeron los bombardeos, es protegida por vidrios irrompibles. A su alrededor, por arriba o por abajo, se extiende la nueva construcción, pero esa migaja del ayer se conserva como a una criatura digna del mayor cuidado.

Me han sugerido que en el resto de Alemania no existen museos ni memoriales dedicados al Holocausto. Berlín sería la sola excepción. Puede ser, no estoy seguro. Pero Berlín ha hecho lo que todavía no hicieron otras capitales de Europa, renuentes a confesar su complicidad en los crímenes. Temo que esa actitud pueda ser otro huevo de serpiente. Nada es más sano que reconocer las culpas. Del Holocausto, Alemania fue la principal responsable, es cierto, pero no la única.

*Escritor. Desde Berlín.
 

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