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El segundo juicio a Dreyfus


Publicado por: David Salischiker el 31 Enero 2010

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Autor: 
Emanuele Ottolenghi
Fuente: 
The Jerusalem Post – International Edition – 25/06/04

 
A pesar del preocupante incremento del antisemitismo habido recientemente, la Europa de hoy no se parece a la de los años 1930. El intento de demonizar el antisemitismo europeo actual, termina por trivializar el mucho más siniestro estilo Nazi y equivocan el punto.
 
Si alguna comparación es apta para describir el estado actual del antisemitismo europeo, no es la de los 1930 sino el juicio a Dreyfus.
 
Porque que este es el caso, debería  ser evidente: En los años 1930 el antisemitismo estaba respaldado por la Iglesia y por el Estado. Hoy en día, ambos lo condenan, tanto legalmente como teológicamente. En ese entonces, las leyes promovían el antisemitismo; hoy en día las leyes lo proscriben como un prejuicio que ni la sociedad ni las instituciones condonan abiertamente. En ese entonces, la policía imponía la  legislación antijudía; hoy en día la policía protege a las instituciones judías de los extremistas antijudíos y de los terroristas. En ese entonces, los gobiernos llevaban a los judíos a la sumisión y a la pobreza, antes de arrearlos a Auschwitz.   
 
A los judíos se les robaba todo antes de robarles la vida. Y la ciudadanía europea, en general apoyaba este tratamiento y se aprovechaba del mismo o se mantenía en silencio.
 
En contraste, la Europa de hoy en día apoya activamente un renacimiento judío. El número de judíos alemanes se ha duplicado desde la caída del muro de Berlín; nuevos vientos soplan en Europa oriental. Frecuentemente financiados por dineros públicos, las ferias del libro judío, los festivales de cine judío y otros eventos culturales judíos, atraen multitudes de, mayormente, no judíos. La música Klezmer es “in”; el extremismo de botas altas está “out”.
 
Los museos judíos y las sinagogas restauradas se abren al público en ciudades donde quedan sólo recuerdos de los judíos, con administraciones locales que quieren, vehementes, no sólo atraer turismo judío, sino también redescubrir y reclamar para sí un pasado judío como propio. La Europa Institucional, no sólo condena el antisemitismo, sino que también educa a sus nuevas generaciones acerca de las maldades Nazis. El 27  de enero, día de la liberación de Auschwitz, es un día de recordación en muchos países europeos; las lecciones de antaño son una parte integral del “Ethos” europeo.
 
Todo esto prueba un genuino remordimiento y un compromiso para combatir el resurgimiento del mal y colocaría el antisemitismo actual en contexto, desestimando su comparación con el de los años 1930. Los años 1930 fueron una aberración porque el antisemitismo Nazi, contrariamente a toda otra forma de prejuicio antijudío que precedió o que siguió a éste, no hacía ninguna distinción entre “buenos” y “malos”: judíos que podían ser redimidos y judíos que estaban perdidos.
 
Mientras todas las formas previas de antisemitismo perseguían judíos, el antisemitismo Nazi exterminaba judíos. El antisemitismo de la Iglesia ofrecía a los judíos una salida: la conversión. El antisemitismo Liberal ofrecía a los judíos una salida: la asimilación. Y la actual ola de antisemitismo relacionado con Israel, también ofrece a los judíos una salida: el antisionismo.
 
La persecución y el prejuicio, no importa cuan brutal, degradante e innoble, siempre consideró a los judíos defectuosos por sus formas de vida o sus creencias, con la esperanza de inducir el cambio. El nazismo fue más allá y no les dejó ninguna oportunidad: aún los judíos conversos  perecieron en el furioso ataque. Es por ello que el antisemitismo Nazi, aún siendo un subproducto de la vieja tradición antisemita de Europa, fue una desviada deformación y una abominación que no ocurre hoy en día ni se reproducirá probablemente  en Europa en algún momento del próximo futuro (el antisemitismo árabe es otra historia).
 
Pero entre el fin del prejuicio y el mal esencial de Auschwitz hay infinitas graduaciones del gris, todas merecedoras de condena y demandantes de serias respuestas. Es por eso que el antisemitismo de hoy en día debió haber evocado una asociación histórica diferente: el juicio a Dreyfus.
 
Sólo que esta vez, Dreyfus no es un individuo sino un estado. Israel es el Dreyfus colectivo de hoy, juzgado en La Haya del modo que las multitudes hostiles afuera gritan “Muerte a los judíos”; Juzgado en la prensa liberal cuando los diarios europeos muestran una intensidad de pasión y obsesión relacionadas con Israel que no pueden desplegar por ningún otro tema; Juzgado en los círculos intelectuales del modo que los “eruditos” toman partido en amargas peleas verbales, semejando el activismo, los eslóganes y las recriminaciones de los Dreyfusistas y los anti-Dreyfusistas.
 
Conmocionados como lo estuvieron entonces, los judíos se dan cuenta ahora de que su integración en las sociedades europeas, tan esforzadamente ganada, está nuevamente en peligro. Pero los años 1930 no están. Porque la Europa liberal no quiere exterminar a sus judíos ni que Israel desaparezca. Simplemente les susurran en sus oídos el siempre honrado himno del antisemitismo: “Sálvate, redímete,  rectifica tu camino, denuncia al traidor, renuncia a su causa, niega su legitimidad, revela su mendacidad, confiesa sus crímenes, aboga por arrepentimiento y conversión.”
 
Sólo que esta vez, Dreyfus no es un judío asimilado sirviendo en el ejército francés. Israel es el Dreyfus colectivo de nuestros tiempos, en el banquillo de la opinión pública mundial, acusado falsamente de crímenes inenarrables y del que se espera que renuncie a su naturaleza y nacionalismo judíos a efectos de romper el punto muerto de Medio Oriente.
 
Cualquiera que apoye a Israel estará también en juicio, privado de los derechos y el respeto que Europa le otorga a cualquier otro. Pero la salvación sólo cuesta una cosa: abjuración pública. Entonces a los judíos se los dejará tranquilos. De hecho, la sociedad los abrazará del mismo modo que a los judíos conversos en la Edad Media.
 
Esta comparación debería enseñarnos dos lecciones. Una: que aún el más gentil de los judíos, como realmente lo fue Dreyfus, es siempre un judío para la mayoría de los gentiles. Debajo de la delgada máscara de tolerancia, sigue ardiendo una brasa de malevolencia y prejuicio que no aceptará a los judíos aún en sus propios términos. La segunda lección es que en la historia del asunto Dreyfus, su inocencia, en definitiva, probó ser irrelevante para Europa y su odio a los judíos. Aún cuando la verdad eventualmente emerge, el antisemitismo no se desvanece: de hecho, un hilo conductor lleva directamente de Dreyfus a Auschwitz. Fue la Francia liberal de fin de siglo la que condenó a Dreyfus, y fue la totalitaria Alemania Nazi que llevó a cabo la sentencia de muerte para sus familiares y amigos. Hoy hay una mentalidad Dreyfus en Europa y hay un fétido, tipo Nazi, estado de ánimo en el vecino Medio Oriente.
 
¿Es la Europa de los 1930 otra vez? No. Por lo menos no todavía
 
El autor es “Leone Ginzburg Research Fellow” en Israel Studies en la Universidad de Oxford y columnista habitual para los diarios italianos Il Foglio y Il Quotidiano Nazionale.

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