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Algunas poesías de Eliahu Toker


Publicado por: David Salischiker el 07 Noviembre 2010

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Autor: 
José Pivin
Fuente: 
El Gallo en Alpargatas - el-gallo-en-alpargatas.blogspot.com

 

Los dueños de las dudas

En la vereda de enfrente
están los dueños de la verdad escriturada,
los propietarios de la seguridad
del ignorante;
de este lado estamos nosotros,
los dueños de las dudas
sentados a una larga mesa en llamas.

Somos
los que sabemos que no sabemos.
Los que sabemos que no es luz esta claridad,
que este permiso no es la libertad,
que este mendrugo no es le pan
y que no existen una sola realidad
ni una única verdad.

Somos
los hijos de los profetas
pero también hijos de aquellos
a quienes los profetas maldecían;
somos
los que desafinan en los coros de los istas.

Somos
los que confían en la marcha de la historia
sin darla por sobreentendida.
Escépticos y optimistas,
compartimos el pan de la duda,
sentados a una larga mesa en carne viva.

 


Fragmentos de Padretierra (1998)

a.
No recibí de mis abuelos escudos nobiliarios
ni panoplias con espadas y puñales.

Uno me dejó su transitado Pentateuco,
una torrecita jerosolimitana de madera de olivo
y las evaporadas callecitas de Varsovia.
Del otro heredé sus gastadas filacterias,
su amarillento manto de oraciones
y los congelados pantanos de Ucrania.

Ni cohén ni levita, israel apenas,
sigo andando los lodazales del Pripet
y los desolados parques de Varsovia,
por las calles de mi lejana Buenos Aires.

b.
Diez años antes de derrumbarse el mundo
estalló el corazón transido de mi abuelo.

Tenía 56 años al tenderse al lado de su padre
en el cementerio judío de Varsovia /para atravesar la hecatombe
a bordo de ese gueto uncido al gueto.

Ahora que tengo su edad
deambulo a menudo por su casa en sueños,
bailando lentamente con mi madre
como en aquella vieja foto
baila con ella todavía
ese empecinado soñador, mi abuelo.
(1991)

c.
“Era un sastre que componía lo viejo
y no echaba a perder lo nuevo”

Mi padre era un sastre
de puntada pareja y obsesiva.
Con el filo de su tiza trazaba
líneas geométricas sobre la tela,
las seguía con la tijera pulcramente
y las cosía luego con delicadeza.

Poeta de medida y remendón a veces,
también yo mido cuidadosamente los vocablos,
tomo textos viejos, los traduzco a mi aliento
y zurzo los versos uno a uno.

Yo soy el largo pasado de mi padre
y él es mi futuro.

 


Saga judía

—Papá, ¿en qué difiere esta noche de todas las noches,
que, con manos tendidas como si nos protegiera,
bendice mamá sobre nuestra mesa
los ojos encendidos de un par de velas
coloca en el centro una gran copa de vino,
reparte pan ázimo con brazo conmovido
y la casa entera está de fiesta?

—Quiero que sepas, hijo,
que hasta el día de ayer, hace cuarenta siglos,
fuimos esclavos;
nosotros, tu madre, tu hermana, tú y yo,
tal vez bajo otros nombres, detrás de otros rostros,
pero nosotros mismos
fuimos hasta ayer esclavos en Egipto.
Y hoy llegó la hora en que decidimos erguirnos
a tomar la libertad.
Y en estas luminarias que arden sobre nuestra mesa
bendice tu madre el fuego interior que puede con la fuerza.
Y nos sirve pan sin levadura, amasado en la urgencia
por dejar la abundancia del país de los esclavos
a cambio del desierto fértil de ser nosotros mismos.
Y lo hace conmovida porque somos
la última generación que probó la esclavitud
y la primera que entrevé la libertad.
Y aquel copón de vino
espera al profeta que vive en cada uno
y ha de liberarnos,
a nosotros y a todos los hombres del mundo,
de la sumisión, la miseria, el odio y la locura;
que ha de liberarnos por nuestras propias manos
cuando lo querramos de veras,
aunque sea hoy mismo.

—Ayer... Hace cuarenta siglos...
Papá, qué tiene eso que ver hoy y aquí conmigo?
¿Y en qué me diferencio yo de mis amigos
que celebro historias que ellos desconocen,
y cuando termino mis horas de clase
aprendo geografía de un país lejano,
qué sucedió y sucede con un pueblo abstracto
y estudio una lengua que no habla la calle?

—Quiero que te conozcas a ti mismo, hijo.
Que conozcas la profunda raíz que amamanta tu sangre.
Quiero enriquecerte con tu propio pasado,
contarte tu propia historia,
una historia en la cual, de muchos modos,
repetimos el gesto de liberarnos.

—Papá, ¿qué significa ser judío?

—Los que nacen en Francia son, sin vuelta, franceses.
Los que nacen en Italia
tampoco se preguntan por qué son italianos,
y los israelíes son israelíes simplemente.
Pero la condición judía no va sobreentendida
ni figura anotada en los papeles.
No se nace judío de improviso,
no es un parto simple,
tinieblas por un lado, una puerta que se cruza,
luz sobre el rostro de pronto.
Se va naciendo de a poco,
descubriendo lentamente dentro
siglos de dolor y alegría y pugna reprimidos,
milenios de grandeza y poesía
y pueblo y amor y fe en el hombre
y entereza y caídas y vuelta a empezar
como judío,
no como una sombra nacida casualmente
en un rincón cualquiera de la tierra.
Somos parte de un pueblo inquieto, en movimiento,
disperso entre las fronteras de cinco continentes
desde hace muchos siglos
como tanto pueblo evaporado
al perder su memoria colectiva.
Pero, extrañamente, por encima de montañas y océanos,
en dos milenios de exilio,
siempre hubo judíos
que mantuvieron despiertas sus raíces
y no entregaron sus entrañas al olvido.
Pensando en distintos idiomas
y andando diferentes destinos
seguíamos siendo un solo pueblo
habitante de un territorio metafísico,
con una Jerusalén plantada más allá de los caminos.
Cada festividad era una carga de nostalgia
que crecía de padres a hijos
implicándolos personalmente en la larga memoria
del pueblo judío.
Dentro de cada cual volvía Abraham
a despedazar una y otra vez los ídolos
y cada cual de nuevo optaba
por el difícil pan de la autenticidad
como volviendo a salir de Egipto,
dejando atrás la olla fácil de ser como el vecino.
Por eso es necesario que conozcas tu historia,
para que puedas elegir ser vos mismo.

—Yo no quiero, papá, vivir desarraigado y dividido,
condenado a ser distinto...

—En definitiva la opción ha de ser tuya,
pero ¿es que tengo derecho acaso, hijo,
a ocultar los espejos
para que no te descubras a ti mismo?
¿A escamotearte la historia de tu origen?
¿Y es acaso la ignorancia garantía de entereza?
Más que dividirte yo te multiplico;
te doy a conocer lo que de todas maneras llevas dentro,
algo, que si no aprendieses a usarlo vitalmente,
podría, entonces sí, pudrirse;
el amor volverse encono,
una maldición de la que nunca puedas desprenderte, hijo.
No, yo no tengo todas las respuestas en la mano
pero para saber quién soy
no necesito preguntárselo a nadie,
y nunca me perdonaría burlarte, no decírtelo.

—Pero ¿por qué un Israel en el futuro
para vivir nuestra vida?
¿No querés a este país acaso?

—Es algo que tendrían que explicarte mis entrañas.
Aquí soy un judío que suspìra por su tierra
y en Israel voy a volverme
un argentino enfermo de nostalgia
pendiente de lo que suceda en Buenos Aires.
Argentina e Israel son dos amores entre los que me debato.
Claro que hay mucho por hacer aquí, como argentino,
y están el idioma, las calles, la gente, los amigos,
pero hay un Israel viviente que me llama
y una Jerusalén con la que tengo
fijada una cita desde hace siglos... 

 


Homenaje a Abraxas

Y Abraxas resultaba ser la divinidad encargada de la función simbólica de reunir en sí lo angélico y lo demoníaco.
—Herman Hesse, Demián

 

Exagero
como las pesadillas y los cuentos
para no mentir ni que me crean.

Soy la doble imagen del espejo,
judaísmo diestro: mano sonrisa y sueño;
judaísmo siniestro: ojo, cerebro y culpa.

Uno me ata a la vida, el otro a la palabra yerta;
uno me nutre, el otro me atormenta;
uno me enorgullece, el otro me avergüenza;
uno me rejuvenece, el otro me avejenta.

Soy simultáneamente la gran ciudad y la pequeña aldea;
el vuelo loco y la piedra;
la superstición, la sutileza, la aristocracia y la miseria.

Como las pesadillas y los cuentos
exagero
para no mentir ni que me crean.
 

 


Buenos Aires de los años setenta

Los campos de concentración andaban por las calles.
Se habían desatado y vestidos de civil,
repartiendo muerte
a manos llenas, andaban en falcon por las calles.

Berlín de los años treinta.
Varsovia de los años cuarenta.
Buenos Aires de los años setenta.
No resultan comparables, claro.
Allí los cristales judíos estallaban espontáneamente
y las barbas se arrancaban de los rostros judíos
por sí mismas
y los muros crecían solos
encerrando a
sospechosos de judaísmo y demás perversiones en
inmensos corrales urbanos mientras
alambradas de púa brotaban por sí solas de la
tierra concentrando a los
infrahumanos judíos y
a los infrahumanos gitanos y a
los infrahumanos políticos mientras
el silencio aullaba en silencio por los barrios
arios, polacos, cristianos. Dios
es justo. Job debe de ser
culpable. Algo habrán hecho estos
judíos, gitanos, políticos. Se la habrán
buscado. Además la guerra es
guerra y mientras yo conserve sano mi
culo, que cada cual cuide del suyo.

Buenos Aires de los años setenta. Los campos
de concentración andaban por las calles en falcon
evaporando infrahumanos de sus
casas. La ceguera crecía por las calles. La sordera
crecía por las calles. La mudez crecía
por las calles. Las dos manos sobre los propios
testículos, nadie quería saber nada de nada.
Job debe de ser culpable y el no oír ni
ver ni pensar ni saber ni hablar garantiza
los propios testículos contra la electricidad.
Un silencio viscoso gritaba desde las
entrelíneas de los diarios, silbaba en
las radios, en los oídos, en los estómagos. Nuestro
silencio.
Aprendimos a caminar con los ojos cerrados. La
fórmula salvadora era no ver o, por
lo menos, no ver en voz alta.

La inquisición es sabia y a ella no se le escapa nada.
Los subversivos son infrahumanos, el demonio mismo,
y no merecen juez ni juicio. Además
el demonio es contagioso:
sus hijos, amigos y conocidos son también infrahumanos,
hijos amigos y conocidos del demonio.
Y también los artistas son infrahumanos y demoníacos.
Y los psicólogos y los sociólogos y los socialistas, infra-
humanos y demoníacos, no merecedores de juez ni juicio.
Y los judíos son, por supuesto, aún más infrahumanos
y demoníacos. Y los artistas judíos, sociólogos, psicólogos y
socialistas judíos son, por
lógica, doblemente infrahumanos y doblemente demoníacos. Y,
lo justo es justo, les corresponde doble exorcismo.
En cuanto a padres, hijos, tíos, amigos y conocidos de
sociólogos, psicólogos, artistas y judíos, resultan
sospechosos y pasibles de evaporación en su propio beneficio
antes de que caigan en la tentación de pactar
con el demonio. Además, todo sospechoso
sabiamente exprimido, termina
confesando su complicidad con el abismo.
Los únicos humanos, super-
humanos, insospechados de pactos con el maligno,
somos los torturadores.
Los únicos angelicales y superhumanos somos
los jefes de los torturadores.
Y nuestros ideólogos y nuestros protectores y nuestros
amigos. Lo sabemos todo, nada se nos oculta;
reconocemos de inmediato al poseído.

Y uno ya no sabe quién es uno;
demonio, ángel, fantasma o sólo un símbolo
a la espera de ser descifrado por alguno
que uno no conoce ni lo conoce a uno.
Otro decide quién soy
desde las sombras de su escritorio,
desde las sombras de su fantasía,
desde las sombras de su delirio.
Uno es apenas un fantasma
en un delirio que tortura al torturador;
¿por qué no habría él de torturarlo a uno a su vez?
Uno existe apenas para que él pueda
vengar en uno,
matar en uno,
a sus fantasmas.

(Agosto de 1980)
 

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