Ud. está aquí“Siento que escribo en idish”

“Siento que escribo en idish”


Publicado por: Javifenix el 13 Septiembre 2012

Bookmark and Share
Autor: 
Julián Blejmar
Fuente: 
Para Plural JAI

 

Tal vez haya sido la biblioteca ídish que había en su casa. O la influencia de su padre Moishe Koifman, editor del diario ídish Di Presse. Lo cierto es que el ensayista Alejandro Kaufman ha dedicado su carrera al estudio de los medios y la cultura, sobre los cuales desarrolló una vasta obra. Ex director de  la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires, actualmente ejerce allí y en la Universidad de Quilmes como profesor, tarea que desempeñó también en las universidades de Bielefeld, San Diego y la École des Hautes Études en Sciences Sociales. En diálogo con Plural JAI, Kaufman señala que su judaísmo no puede ser definido como un aporte a su vida ni a su carrera profesional, sino que trasciende a ese concepto. “El judaísmo no es una cosa que vino, es lo que soy, mi condición existencial, y no hay manera de separarlo de mí mismo. En algunos momentos de mi vida quise huir de algunos de sus aspectos, pero simplemente no pude. En todo caso fue al contrario, fue descubrir cuántas cosas judías tenía en mi persona aún sin saberlas, e ir descubriéndolas”.

¿Cuáles fueron esos descubrimientos?
Diría que tiene que ver con cuestiones familiares y de mi educación, que se tradujeron en una forma de hablar, de vivir, en una mentalidad, una memoria, una historia, todo de una fuerza inconmensurable. El primer lugar que conocí fuera de mi casa y la escuela fue la redacción de Di Presse, con sus linotipos y maquinas de escribir en ídish, luego el barrio del Once, el bar León, y la calle judía. Eso era toda una cultura, que yo no llegué a practicar pero que me formó, con modalidades afectivas, formas del humor, y cierta visión de las cosas. Y hay algo de la experiencia judía que es descubrir el judaísmo allí donde no se sabía que estaba. Porque se trata de una cultura perseguida, asimilada, denegada, que de repente vuelve a aflorar, e imagino que la idea freudiana del retorno de lo reprimido debe responder a esto, algo negado que vuelve siempre a aparecer.

¿Y en el plano específicamente académico?
En la esfera pública es distinto, es como una entrelinea, un código, algo reconocible para quien entiende estos temas, que no depende de que sea judío. Y mi vida académica está atravesada por todo eso, aunque no de modo explícito porque mi forma de judaísmo es distinta a la de mi padre, que era la del trasplante de la aldea, el shtetl, en el exilio de Buenos Aires. En mi generación hay una hibridación, uno es muchas cosas. Mi vivencia de lo judío es muy poético-filosófica y tiene algo íntimo, que lo veo en marcas de mi escritura, del habla, del modo en que me relaciono con la gente. Muchas veces he dicho incluso que siento que lo que yo escribo, está escrito en ídish, aún sobre temas que la mayoría de las veces ni siquiera son judíos.

¿Cuál es su visión sobre la actualidad comunitaria de nuestro país?
Creo que hay como dos dimensiones, una familiar y comunitaria muy intensa, que tiene que ver con la vida práctica, el club, la escolaridad, las prácticas religiosas, o las prácticas gastronómicas, en la cual yo no participo, y se me escapa un poco. La matriz de la que provengo es cultural, soy un judío profundamente cultural, pero la tarea cultural demanda cierta soledad, y por otra parte en mi familia nunca estuvo lo religioso, ni la militancia comunitaria política. En un momento pareció surgir una serie de instituciones culturales que planteaban una práctica cultural judía cosmopolita, pero creo que eso ahora se atenuó un poco. De todas formas tampoco demando ningún espacio, ya que en una ciudad como Buenos Aires, los espacios son transversales, y se cruzan mucho.

¿Observa alguna amenaza antisemita a estas prácticas a las que hace referencia?
Cada vez es más difícil hablar de antisemitismo, en este terreno existe hipersensibilidad en algunos casos y subsensibilidad en otros. También es difícil saber qué es antisemitismo, ya que las instituciones tratan de objetivarlo, pero la eficacia es relativa, porque allí no se pueden abarcar miradas, percepciones, o expresiones. Por ejemplo, una manifestación inconsciente y moderada de antisemitismo es requerirle a los judíos que seamos mejores que los demás, porque fuimos víctimas de la Shoa, como si esta hubiera sido en última instancia un acto pedagógico para que seamos buenos, una gran lección que pudimos recibir. Por otro lado, a nivel social se puede entender cierta paranoia, luego de haber vivido un Holocausto. Y además, la cultura homogénea católica le requiere a uno vivir con una memoria oculta pero funcional de la expulsión de los judíos de España en 1492, el mismo año en que comienza la colonización de nuestro continente. Ser judío en América Latina es vivir entre las redes de la expulsión, y eso ha dejado sus huellas. En Estados Unidos se dio de otra manera, en el contexto protestante más heterogéneo y plural, donde la cultura ídish estuvo mucho más reconocida en el habla neoyorkina que en la porteña, ya que acá de hecho fue marginal y anecdótica, pese a la gran producción cultural ídish. De todas formas el antisemitismo en la Argentina hoy está en su mínimo nivel histórico, y nunca fue en la proporción de otras sociedades, pero eso no implica que no haya tenido importancia.

¿Tiene alguna hipótesis sobre las causas del antisemitismo, es decir las razones por las que el odio se dirigió, en tantas oportunidades de la historia, hacia el judío?
Hay algo estructurante, que describe muy bien el filósofo francés René Girard, quien conforma una teoría del perseguido, pero que no tiene que ver con el judío, sino con el odio colectivo que encuentra un destinatario, que suele ser el minoritario, el débil, el diferente, y el vulnerable. Ese lugar lo ha ocupado históricamente lo judío, pero no le es exclusivo, ya que también le ha tocado a la mujer, el afroamericano, o el aborigen, entre otros. Pero en el judío es recurrente y parece irreductible, esto de ser el culpable recurrente y esencial de la historia, algo de lo cual aún no hemos salido y en los últimos años vuelve a tomar una intensidad impensada, remitiendo a las más absurdas fantasías del pasado. Sucede que el componente que agrega lo judío es la dimensión teológica-política, algo que va más allá de la fe, y que tiene como peculiar una identidad fluida, de la diferencia, que se auto-referencia en relación a una historia milenaria. Y el cristianismo tiene una veta hegemónica de conflictividad con el diferente, y el que mantuvo su lugar originario y rechazó la conversión. Lo interesante es que eso ahora ocurre con un Estado, hay un Estado nacional que en el concierto de los Estados vuelve a ocupar ese lugar.

En un ensayo suyo también plantea un vínculo entre el antiperonismo y el racismo…
Esto proviene de que buena parte de lo que se ha definido como antiperonismo es una forma de racismo. El racismo acontece cuando se sobre califica a un grupo, de manera independiente de lo que ese grupo pueda llegar a hacer. Eso dio lugar en su momento al linchamiento y a los pogroms. Si se lee el libelo “El libro negro de la segunda tiranía” referido al primer peronismo, se pueden observar importantes similitudes con los “Protocolos de los sabios de Sion”, ya que se trata de una matriz afín, donde se denuncia a un conspirador, intrínsecamente malvado, que en secreto formula planes para dominarnos a los buenos y mayoritarios. Un otro que tiene intereses inconfesables, una identidad difusa, está en todas partes, no se sabe exactamente quién es y de hecho puede ser cualquiera que está junto a nosotros, con lo cual es necesario identificarlo para luego poder excluirlo. En el discurso más orgánicamente antiperonista se encuentran de hecho todos esos rasgos.

¿A qué atribuye las frecuentes denuncias que se formulan en estos días respecto a la “banalización de la Shoá”?
 El nazismo es lo que más odiamos, y eso lo vuelve muy apropiado para hacerle algo de lo que se les hacía a los judíos, proscribirlos, con la diferencia que con los nazis esta proscripción es también legítima. Es correcto decir que un nazi no puede hablar, tiene que estar prohibido como tal, con lo cual, para imprimir ese significado a alguien se lo denomina como nazi, al punto de llamarse así a un movimiento popular como la Tupac Amaru, que no tiene nada que ver con algo que pueda asemejarse al nazismo, que es el exterminio, el totalitarismo, y la policía política. Por eso, en ciertos casos es peor que banalización, porque banalización es lo que hace Steven Spielberg con “La lista de Schindler”, pero cuando, por ejemplo, se refieren al peronismo o al kirchnerismo, no hay banalidad, hay una búsqueda de proscripción, ya que de hecho la proscripción al peronismo fue norma durante casi dos décadas en la Argentina, y acá se llama nuevamente a esa proscripción, sea de manera formal o informal.

Como especialista en comunicación,¿está a favor de algún grado de regulación pública que limite ciertas referencias al nazismo u otras expresiones discriminatorias?
La idea de regular la comunicación siempre es compleja, pero actualmente ya existen regulaciones, como por ejemplo en relación a ciertos temas relacionados con la venta de drogas, de armas, o de material pedófilo, donde legalmente no se permite la libre expresión. Y hay otros temas que también están regulados, pero las fuerzas sociales hegemónicas se imponen y legitiman ciertos enunciados. Esto es necesario combatirlo mediante los recursos de los derechos humanos y políticas antidifamatorias. Pero acá no se habla de normas o leyes, sino de políticas, de la misma manera en que hay política de cuidado de la infancia, y de protección a los vulnerables. Es cierto que estas discusiones implican riesgos, ya que cualquier observación restrictiva puede ser utilizada con fines de control, pero la respuesta no es la idea boba de libertad de expresión, más relacionada con las imposiciones de las corporaciones empresarias de comunicación, y el problema es justamente que muchos actores del corporativismo de la prensa, que intervienen en esta discusión, tienen mucho recelo de tomar iniciativas en ese sentido, porque se perjudican sus propios intereses.

¿Cómo ve en líneas generales el actual panorama comunicacional argentino?
Las iniciativas que ha habido tuvieron el acierto de discutir la problemática de los medios, pero en el contexto de la gobernabilidad han cedido mucho espacio a prácticas difamatorias gravísimas por parte de los medios hegemónicos, frente a las cuales algunas veces se adoptan comportamientos simétricos por parte de los medios vinculados al kirchnerismo, lo cual es un error, ya que hay un afloramiento de la violencia simbólica. De todas formas no veo simetría en conjunto, sino que frente a la voluntad proscriptiva hacia los movimientos populares, algunos medios vinculados al kirchnerismo reaccionan defensivamente pero con las mismas formas, ya que no existe una experiencia de lucha política antidifamatoria. En todas las sociedad existe la ironía y la burla, pero la democracia se correlaciona necesariamente con formas de corrección política, fundamentales para la convivencia. Allí fracasamos, y esa es una debilidad de nuestra convivencia democrática, salvo para quienes la impulsan, que naturalmente tienen un interés en llevar la comunicación política a este plano. En este punto las instituciones judías, incluso las menos progresistas, tienen una historia y un expertise de prácticas antidifamatorias, lo cual es un gran aporte a la esfera política que a veces no es bien aprovechada.

¿A qué atribuye la desconfianza mutua que existe entre gran parte del espectro periodístico y el mundo académico de la comunicación?
Esa desconfianza existe, otras veces es indiferencia y desencuentro. Los medios hegemónicos no son ajenos a esto, porque en los últimos treinta años se constituyó una corporación que interviene políticamente sobre la sociedad, ocultando esta intervención de modo falaz, y ha contribuido mucho a este desencuentro. De todas formas, los puntos de contacto existen porque salen nuevas generaciones de graduados que pueblan los espacios culturales y mediáticos, pero en la prensa convencional y los medios hegemónicos se produce una distancia, ya que allí las audiencias son manipuladas, despreciadas, y entretenidas del modo más brutal, lo cual produce una esquizofrenia en nuestros graduados, que a veces saben una cosa pero actúan otra.

¿Qué responsabilidad le cabe a la universidad en esta distancia?
Para la universidad las audiencias están conformadas por ciudadanos, personas interesadas en el conocimiento y la información pública, y eso no tiene lugar en los medios hegemónicos, que sostienen ciertas prácticas de prensa esquemáticas rutinarias y poco susceptibles de ser revisadas. Esta universidad no es el medio para insertarse en la sociedad del espectáculo. Porque eso choca con una enseñanza universitaria crítica como la de nuestra facultad, que además es una facultad posdictatorial, con una tradición de izquierda, crítica y progresista, y este choque se viene dando desde que comenzamos esta lucha contra esta sociedad del espectáculo que comienza con la dictadura.

Cifras oficiales señalan que en los últimos cinco años bajó un 40% la cantidad de ingresantes a la carrera ¿A qué atribuye esta fuerte merma?
Creo que hubo expectativas fundadas sobre esa espectacularización, y la carrera parecía una manera de llegar a un lugar al que no necesariamente lleva. Muchos ya han notado eso, y creo que también hubo una inflación en algún momento, ya que la crisis lleva a más jóvenes a la universidad.

El actual director de la carrera de Ciencias de la Comunicación, Glenn Postolski, admite el tiempo promedio de cursada de entre 7 y 8 años ¿No están perjudicando a los estudiantes que no han podido o querido optar por la oferta privada?
Hace años consideramos esto como algo que hay que corregir, pero hay que señalar sin embargo que esto no impide entrar al mercado laboral, ya que muchos estudiantes entran antes de recibirse. Pero la estructura de la Universidad es poco flexible a los cambios, lo que ha llevado a que sea muy difícil reducir la duración de la carrera. En las universidades privadas y algunas pocas públicas es más fácil porque se construyen desde cero y sin cogobierno en el caso de las primeras, pero en la UBA existe una historia que plantea cierto conservadorismo, aunque ahora se está discutiendo una apertura en ese sentido.


El vínculo con Israel

Alejandro Kaufman sostiene que un problema muy serio para la vida judía diaspórica es la relación con Israel. “Se trata de un tema que no se está discutiendo -afirma-, y creo que a partir del atentado contra la Amia se experimentó un fuerte cambio, donde se le dijo a la diáspora judía que tenía que tomar partido en el conflicto de Medio Oriente, o defender las posturas gubernamentales, que son muy difíciles de defender, o guardar silencio y excluirse, porque la otra opción es estar abiertamente en contra de las políticas israelíes y ser funcionales al antisemitismo, como ha sucedido con el académico norteamericano Norman Finkelstein. Ese es un factor constrictivo para la vida judía, y muy difícil de discutir, ya que además, como consecuencia de esto, las instituciones han pasado a estar gobernadas por la derecha, porque el judaísmo cosmopolita, progresista, más o menos asimilado, igualitario, y de los derechos humanos, encontró una gran reducción de su espacio cultural y político. Lo que planteo al respecto es ver las posibilidades de incrementar una vida cultural que promueva ciertos debates, incluso transversales a las identidades judías, saliendo del sectarismo”.

Su voto: Ninguno Promedio: 3.5 (2 votos)
Bookmark and Share