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Discurso de la sobreviviente Sara Rus durante el Acto Central Comunitario de Iom Hashoá realizado el 9 de Mayo en el Teatro Coliseo.


Publicado por: Anónimo el 30 Mayo 2016

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Sara Rus

 

“Me llamo Sara Rus. Soy sobreviviente de Auschwitz y madre de un hijo desaparecido. Nací en Polonia, en Lodz, una ciudad importante, fabril, con mucha gente de la colectividad judía.
Fui única hija de padres muy cariñosos. Era una nena bastante consentida, porque además de única hija fui la primera nieta de mis abuelos En el año 39 ya se hablaba en mi casa de que existía un Hitler y lo que hacía en Alemania.
En el ’39, cuando tenía casi 12 años, los nazis llegaron a Lodz. La ciudad se entregó prácticamente sin luchar. Los alemanes iban a cada casa judía y un día entraron a la nuestra. En mi casa todos hablábamos alemán porque teníamos clientes alemanes nacionalizados polacos que venían al taller de costura de mi papa. Teníamos una vida muy linda antes de la guerra. Pero cuando llegó la primera visita de los nazis a mi casa vieron un violín arriba de la mesa. Era mío, me lo habían comprado porque yo estaba aprendiendo a tocar. Cuando entraron preguntaron: ¿“Quién toca acá el violín?”. Mi madre, jactándose y en alemán, les dijo: “Mi nena está aprendiendo a tocarlo”. “Así que a tu nena le gusta el violín”, le contestó y lo reventó de un golpe. Esa fue la primera impresión que tuve de los nazis”

Desgraciadamente los judíos que vivíamos en Lodz teníamos prohibido caminar por las veredas. Ya debíamos identificarnos con la estrella de David y el brazalete amarillo. En el 40 se comenzó a organizar el gueto en la ciudad y hacia ahí tuvimos que mudarnos con mis padres. Ese año mi madre tuvo un bebé, un varoncito hermoso. Pero desgraciadamente no teníamos para alimentarlo. Mi madre estaba muy enferma y no tenía leche. El nene falleció a los tres meses de hambre y desnutrición.
En el gueto se organizaron fábricas de costuras, de zapatos y de otras tantas cosas. Cada uno tenía que trabajar y recibía un talonario que debía presentar para recibir comida. Yo corría por los lugares donde se servía un poquito de leche para llevarle al nene cuando todavía vivía. Pero me sacaban de las filas y me decían que para mí no había nada. Mi madre estaba muy delicada y casi no podía trabajar. Con mis 14 años ya tenía la responsabilidad de una persona adulta. Debía trabajar y además trabajar por mi madre para conseguir otro talonario y conseguir la comida. En el 41 otra vez mi mamá quedó embarazada. Al nene lo mataron los alemanes al nacer”
“En el gueto sufrimos mucha hambre, mucha denigración. Cada una o dos semanas venían los alemanes a hacer selecciones. Quienes se veían mal enseguida eran separados. Los sacaban, se los llevaban en camiones y ya no sabíamos a dónde iban. Desaparecían. Había mucha gente que se presentaba porque ellos ofrecían llevarlos a los campos de trabajo. Algunos campos conocíamos, otros no. El gueto duró hasta el año 44. En el ínterin, ya era una jovencita de casi 16 años.
Pero en el gueto también existía el amor.
“Los domingos no se trabajaba y en la calle mi papá conoció a un joven. Empezó a charlar con él y le gustó mucho. Era un muchacho que en esa época tenía 26 o 27 años. Lo invitó un día a casa. La verdad es que me gustaba mucho.
Charlábamos sobre qué pensábamos hacer si terminaba algún día la guerra. Hablábamos de ir a Israel-Palestina o hacia la Argentina, donde teníamos familiares. El decía que conocía el país porque leía mucho, que sabía que la Ciudad de Buenos Aires tenía mucho futuro. En una libretita que tenía me hizo una clave de música, porque sabía que me gustaba mucho, y me anotó una fecha: 5/5/45. Se le ocurrió que ese día podríamos encontrarnos en Buenos Aires frente al Edificio Kavanagh. Yo ya me estaba enamorando de el.
En el año 44 nos deportaron. Nadie sabía hacia donde. En mi pequeña mochila guardé esa libreta y algunas fotos a las que siempre me aferraba.
Nos metieron en vagones cerrados, como animales. No puedo explicar cuánto tiempo viajamos. Llegamos a Auschwitz – Birkenau. Nos sacaron de los vagones casi desmayadas y sin poder caminar. Mi padre ya no estaba con nosotras.
Mi madre y yo quedamos separadas en Birkenau en una plaza enorme. A ella la mandaron a la izquierda y yo quedé a la derecha. Después de un rato veo a mi mamá desesperada mirándome desde lejos y pensé: “¿Qué hago acá sola?”. No se cómo me atreví, pero me acerqué al alemán y le dije: “Me sacaste a mi mamá”. Él sorprendido me respondió: “A ver, ¿cuál es tu madre? Anda a buscarla”.
Esta fue nuestra primera salvación. Estábamos nuevamente juntas.
A las que quedamos nos mandaron a las revisaciones. Teníamos que pasar frente a los soldados alemanes prácticamente desnudas. Yo tenía el pelo largo y casi me cubría el cuerpo. Las alemanas me revisaron el pelo. No encontraron ni un piojo, pero igualmente me lo cortaron.
A empujones me llevaron a unos baños lleno de vapor. No veía nada, sólo siluetas desnudas totalmente peladas. No reconocía a nadie. Al lado mío una persona estaba sentada en el escalón, la miro y le pregunto por mi mamá. Era ella que me estaba esperando. ¡No la reconocí!!!
Después que nos sacaron de los baños nos tiraron ropa. A una persona alta le dieron un vestido corto y a mí, uno largo. Los nazis se hacían un show con nosotros. Sufrimos tanta denigración. Eran momentos indescriptibles.
Cuando nos ponían en las filas para contarnos, había filas que desaparecían y no sabíamos a dónde iban. No teníamos noción de lo que estaba pasando en el campo de exterminio. Mi madre me decía: “Mirá hija, parece que hay un ángel que nos está cuidando. Le respondí que por suerte estábamos juntas”. Después de dos meses, llegaron unos alemanes que necesitaban gente para trabajar. De nuestro grupo eligieron a 1000 mujeres del campo entre las que estábamos mi mamá y yo. Otra vez a los vagones. Tampoco sabíamos a dónde íbamos. Llegamos a Alemania, a la ciudad de Freiberg en condiciones muy terribles. Sin fuerza, sin poder movernos. Llegamos a una fábrica y allí nos trataron un poquito mejor. Nos dieron algo para vestirnos y nos asignaron un ambiente con catres. A las jóvenes nos dieron el trabajo de remachar partes de aviones.
Los alemanes nos sacaron de la fábrica porque los rusos ya estaban empezando a bombardear Alemania. La gente de la ciudad no entendía lo que sucedía. Camino a las barracas donde dormíamos pasábamos por algunas colmenas de abejas y yo le decía a mi madre: “¿Viste? Ellas tienen libertad y tienen su casa, y nosotros nada”. Ella me consolaba: “Mira hija, vas a ver que todavía vamos a tener un pan. Porque eso no había existido para nosotros. Las porciones de pan y de comida que nos daban eran muy controladas y ni siquiera se podía compartir con nadie. Todavía teníamos compañeras que cuando íbamos a trabajar nos robaban el pedacito de pan que guardábamos. Esto era lo que pasaba en la fábrica.
A fines de abril de 1945, nuevamente nos metieron en los trenes para llevarnos a Austria. En alemán, nos decían: “Manténganse, estamos cerca de terminar la guerra”. Eran alemanes, no nazis, que pertenecían al ejército alemán. Nosotros no creíamos que podía ser verdad. Llegamos al campo de concentración de Mauthaussen, otro de los que habían preparado para el exterminio. Bajé con mi madre y ella no podía caminar. Parecía muerta. Empecé a arrastrarla, los demás se alejaron y quedamos las dos solas. Entre las alemanas que nos cuidaban, una le dijo a la otra: “Mata a la madre y lleva a la chica”. Le dije: “A mi mamá no la vas a matar. Primero me matas a mí”.
De repente apareció un alemán que no era de las SS y les dijo. “Váyanse que yo me arreglo con esta chica”. Empezamos a hablar y le expliqué que no tenía fuerza de llevar a mi madre, que no sabía si vivía o no. Me contestó que había un arroyo que pasaba por allí cerca. Que fuera, que llenara el jarro que llevaba y que le tirara agua en la cara a mi mamá. Lo hice y abrió los ojos.
Cuando llegamos al campo nos tiraron a unos lugares terribles, donde había muchísima gente. No sabíamos lo que había adentro, si había gente muerta o viva. Nos estaban repartiendo una bebida, pero mi mamá me pedía que no tomara porque decía que era veneno”. “Los alemanes nos preguntaron si alguien quería acompañarlos. Dijeron que los americanos estaban en camino y nos iban matar a todos. Nadie se fue con ellos.
Y así llegó el día: 5/5/45 cuando fuimos liberadas por los americanos. Esa fecha, que mencioné que estaba anotada en mi libreta, quedó en mi mente. Estábamos tan débiles que no podíamos ni pararnos. Mi madre pesaba 28 kilos y yo 26. Cuando los soldados nos vieron todos lloraron. No podían creer lo que se mostraba ante sus ojos. Hicieron todo lo posible por salvarnos. Mi madre se recuperó más rápido que yo.
Una vez recuperada me llamaron por altoparlante y dijeron que había una noticia para Sarenka, así me llamaban mis amigos.
Había llegado una carta desde Polonia. Yo pensé que era de mi papá o de algún familiar, pero era del joven que había conocido en el gueto. Allí me decía que estaba en Polonia esperándome y que, si algún día nos encontrábamos, él pensaba casarse conmigo.
Volví a Lodz y finalmente logramos encontrarnos, no se puede contar la gran emoción que vivimos.
Para poder estar juntos tuvimos que casarnos primero. No hubo rabino, no hubo amigos. Un hombre dijo a mi Madre: “Yo soy un rabino y voy a casar a su hija, así se puede ir con el muchacho”. Ese fue el casamiento. Me puso la mano en la cabeza y dijo que ya me podía ir con él, que ya estaba casada. Mi madre debió aceptar el casamiento.
Tuvimos que escaparnos de Polonia por el gran antisemitismo.
Cruzamos, otra vez, la frontera hacia Alemania que ya estaba bajo el dominio de Inglaterra, Estados Unidos, Francia y Rusia. Fuimos hacia el lado de los americanos donde había campos de refugiados preparados para los sobrevivientes de la guerra. Nos recibieron con los brazos abiertos y nos dieron un lugar donde podíamos estar con mi madre y mi esposo.
Pero lo importante para nosotros era cómo salir de Europa y viajar a buscar familiares que nos esperaban en Sudamérica. Nuestro objetivo era llegar a la Argentina. Nos ayudaron la Cruz Roja y el Joint. Un tío que teníamos en Argentina, hermano de mi mama, pudo conseguirnos papeles para entrar a Paraguay porque en el 48 no se dejaba entrar a los judíos a la Argentina. Estaba prohibido.
Al llegar a Paraguay no sabíamos qué hacer. No teníamos idioma, no teníamos nada. Teníamos que hacer todo lo posible para cruzar ilegalmente la frontera hacia la Argentina.
Llegamos a Formosa, donde nos encarcelaron. Los policías nos dieron de comer y se portaron muy bien con nosotros. Al poco tiempo los judíos que allí vivían hicieron todo lo posible para sacarnos de ahí. Mi marido empezó a pensar qué podíamos hacer. Como se escuchaba mucho de Eva Perón, que ayudaba a la gente, a él se le ocurrió escribirle una carta.
¿Qué podíamos arriesgar? La mandó en polaco pidiéndole clemencia por sobrevivir a tantas cosas. Le contaba que estábamos en Argentina, que teníamos familiares y que queríamos estar con ellos.
Nos liberaron y nos dieron pasajes. Nos organizamos y finalmente llegamos. La alegría fue muy grande. El único hermano de mi mamá y toda la familia estaba presente. Imagínense lo que sintió cuando vio a su hermana viva.
En el año 49 quedé embarazada y en el 50 nació mi hijo Daniel. Tener un hijo fue un sueño cumplido. A los cinco años nació mi hija Natalia. Daniel se recibió de físico nuclear en el año 76.
Uno no sabía mucho lo que pasaba en ese tiempo porque estaba ocupado con seguir adelante y con poder vivir mejor. Darles amor y estudio a mis hijos, todo lo que nosotros no tuvimos. En el 77 mi hijo estaba trabajando en la Comisión Nacional de Energía Atómica. El viernes 15 de julio Daniel no volvió a casa. No venía, no venía y nosotros sin saber qué pasaba. Llamamos a la Comisión y nos dijeron que ya no estaba ahí. Pensábamos que podía haber tenido un accidente así que llamamos a hospitales y nos comunicamos con las comisarías sin suerte alguna. Mi hija ya se había casado así que mi yerno también nos ayudaba en su búsqueda.
Una semana antes de que desaparezca Daniel había desaparecido un compañero suyo de Ciencias Exactas. Fue así como nos empezamos a enterar de lo que estaba pasando. Mi esposo le dijo a Daniel que las cosas no andaban bien y que le convenía irse a Uruguay. Pero él decía: “¿Por qué me voy a ir yo? ¿Qué hice para tener que irme? Estoy trabajando y todavía tengo que presentar la tesis”. Así fue que no se quiso ir. Y se lo llevaron también a él.
La situación no fue fácil. Lo buscamos en el Ministerio del Interior, presentamos habeas corpus y después mi esposo empezó a escribir cartas en todos los idiomas y para todos lados. Recibíamos respuestas, pero ninguna ayuda. Ahí empecé a recorrer varios lugares en busca de Daniel, y conoci a otras madres que también estaban buscando a sus hijos. Mi esposo tenía miedo y decía que era peligroso. Pero le respondí que a donde fueran las madres iba a ir yo también. Me sumé a las marchas y empecé a dar vueltas con ellas. Fuimos a iglesias y a otras instituciones, pero el único que nos ayudó fue el rabino Marshall Meyer. En ese momento también estuvo al lado nuestro Herman Schiller, que era el representante del diario Nueva Presencia, y Robert Cox, del Buenos Aires Herald. Nunca supimos nada de mi hijo, jamás tuve noticias suyas.
Finalmente, mi esposo falleció de cáncer, prácticamente de angustia por no poder soportar la espera de su hijo.
En este momento pertenezco a la organización Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Sabemos que nuestros hijos no van a volver, pero la lucha continúa.
Soy miembro de Sherit Hapleitá, un grupo de sobrevivientes que trabajamos juntos hace muchos años, de Generaciones de la Shoá junto a los hijos y nietos de los sobrevivientes y del Museo del Holocausto.
Mi hija Natalia también forma parte de Generaciones de la Shoá que sigue nuestra lucha por la memoria y la transmisión.
Hace 4 años tuve la suerte de ser elegida por Marcha por la Vida para viajar a Polonia. Fue inolvidable lo que vivimos. Llegar a los campos de exterminio, llegar a Auschwitz – Birkenau, ver las barracas donde estuve, y caminar sobre esos escombros… tenía que hablarle a los chicos y a los grandes que participaban de la delegación.
No fue nada fácil. Me preguntaron qué sentía y si podía hablar. Les dije que tenía que hablar porque estaba viva. Yo sobreviví a los nazis.
Nosotros somos gente grande, ya quedamos muy pocos y cada vez menos.
Agradezco esta posibilidad de contar, de poder hablar, porque muchos sobrevivientes por distintos motivos no pudieron hacerlo. Frente al silencio, y aunque sea difícil contar y revivir el dolor y el sufrimiento, está la palabra, el valor de la palabra.
Yo opté por la vida. Amo la vida por todo lo que me dio. Me dio una hermosa familia, nietas, bisnieta y pronto 2 nuevos bisnietos. Todo lo vivo y lo disfruto con mucho amor e intensidad.
Muchas gracias"

 

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