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EL ANTISEMITISMO JUDEOFÓBICO


Publicado por: Agrun el 05 Noviembre 2013

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Autor: 
Victor Zajdenberg

 

“Dios no puede odiar; tampoco Él castiga”. Baruj Spinoza
 

La Enciclopedia Salvat define el antisemitismo como una “doctrina o actitud hostil a los judíos”; una forma “light” de definirlo.

El antisemitismo fue lanzado en las primeras épocas del cristianismo y su vigencia milenaria se percibe en distintos escenarios históricos que lo han adoptado para convertir al judío en el “chivo expiatorio” de todos los males de la humanidad.

Esta pesada carga ha tenido que ser soportada por el Pueblo Judío conjuntamente con la obligada y dolorosa expulsión de su Patria ancestral impuesta por el poderoso y politeísta Imperio Romano. Es necesario diferenciar la característica única del antisemitismo judeofóbico puesto que también varios pueblos semitas fueron y siguen siendo a su vez hostiles a los judíos en general y a un Estado Judío en especial.

“El Judío y la Cruz” del Doctor Dagobert Runes describe con enorme dolor los padecimientos que, durante centurias, los judíos tuvieron que sufrir como consecuencia de la monstruosa elaboración de doctrinas falsas y actitudes perversas.

El Profesor Vergilius Ferm, Director de la Enciclopedia de la Religión, predijo que “a la teología cristiana le espera una fundamental revisión que incluya el “diálogo y la reparación” a los que han sido injuriados, asolados y perseguidos por pecados que no han cometido jamás”.

El diálogo judeo-cristiano comenzó a perfilarse con la asunción del Papa Juan XXIII y su Convocatoria, en 1962, al Concilio Vaticano II. Las relaciones del Papa Juan Pablo II con los judíos fueron ambiguas y contradictorias hasta que los Acuerdos de Oslo entre Israel y la OLP lo decidieron a suscribir el 30 de Diciembre de 1993, 45 años después de la Independencia israelí, el “Acuerdo Fundamental” en el cual el Vaticano reconoce al Estado de Israel como estado soberano. “Al cabo de 90 años Herzl obtenía así una victoria póstuma” (Julián Schvindlerman, “Roma y Jerusalem”).

Un enorme paso adelante fue dado por Juan Pablo II cuando en el año 2000, en un acto trascendental, “pidió perdón públicamente por los grandes pecados históricos de la Iglesia”, los que incluían los actos inicuos cometidos contra judíos por las Cruzadas, la Inquisición, la expulsión de España (Sefarad) en 1492 y más tarde de Portugal. Otro acto fundamental del “diálogo y reparación” de la Iglesia fue dado por el Papa Benedicto XVI cuando, en uno de sus escritos, eximió del deicidio a los judíos, colectivamente y por siempre. Francisco, el nuevo Papa argentino en Roma, ha vuelto a ratificar el sendero por el que transitan el “diálogo y la reparación” entre la Santa Sede, el Pueblo Judío e Israel, manifestando con fuerza al mundo que “Los antisemitas no son verdaderos cristianos”.

Sin embargo la judeofobia se resiste a desaparecer de la faz de la tierra, pues como dice Primo Levy, “Fue y es posible por siglos de ceguera, estupidez, mentiras y odio”.

Ideologías fosilizadas y dogmas cristalizados han estado siempre apropiándose de estas funestas estructuras que, desde siglos atrás, siguen enarbolando el odio y la muerte como objetivos perversos de sus enfermizas existencias.

En el siglo XII los almohades (fundamentalistas musulmanes) establecieron su dominio sobre Al-Ándalus (España) e impusieron las conversiones forzosas a los judíos, entre ellos al Rabino Ibn Maimón, “abba” (padre) de Moisés ben Maimón, conocido también como Maimónides (Rambam), quienes tuvieron que dejar atrás a la amada “Sefarad” para vivir en un constante y doloroso exilio.

Entre 1648 y 1658 fueron masacrados por las hordas cosacas que comandaba el brutal Bogdan Jmielnitzky medio millón de judíos que residían en Ucrania, Polonia y Rusia en una guerra de nacionalidades por el predominio económico, religioso y militar de la región. Estos sucesos se recuerdan como el de los mártires judíos del “kidush hashem” cuyas vidas fueron cercenadas simplemente por ser judíos que respetaban su fe en Dios; traicionados y entregados a la muerte por los cosacos, los polacos y los rusos por igual.

En el siglo XIX comenzaron en la supuestamente “ilustrada” Europa a difundirse una variedad de doctrinas antisemitas seudocientíficas. Si bien la Enciclopedia Salvat menciona los escritos de W. Marr en Alemania y Drumont en Francia, fue el libelo “Los Protocolos de los Sabios de Sión”, engendrado por la Orjana, la temible policía secreta del régimen zarista, lo que provocó la crueldad extrema en la represión y los pogroms sufridos por los judíos en Rusia y Polonia. La obra seudoanalítica del Conde de Gobineau y los panfletos racistas de Houston Stewart Chamberlain sobre la “superioridad blanca y aria” cimentaron las bases para el surgimiento del nazismo y la inaudita implementación de la “solución final” de los judíos conducida por la desvariada mente de Adolf Hitler (“Mi Lucha”) y su redactor adjunto, el perturbado ideólogo Alfred Rosenberg (“El enigma Spinoza” de Irvin D. Yalom).

Así como la ideología judeofóbica nazi-fascista pudo incinerar, en los campos de concentración y exterminio, los cuerpos de 6.000.000 de judíos de los cuales casi 1.500.000 fueron niños, la otra gran ideología nefasta del siglo XX, el marxismo stalinista y su mítica “sociedad sin clases”, exterminó en los “gulags soviéticos” la espiritualidad y el alma del Pueblo Judío, asesinando a sus mejores y más reconocidos escritores, periodistas, cineastas, maestros y artistas. Entre 1948 y 1953, para Salomón Mijoels, David Bergelson, Leib Kvitko, Perets Markish, Der Nister (Pinjas Kahanovich) y centenares de intelectuales judíos, el paraíso soviético se convirtió en infierno.

¿Cómo es posible que después de esta mera síntesis que describe solo pequeñas porciones de los sufrimientos milenarios que ha tenido que soportar el Pueblo Judío se fusionen todavía hoy la izquierda y los ultraderechistas europeos con las fuerzas más retrógradas del islam para resucitar lo peor del antisemitismo judeofóbico?

¿Europa o “Eurabia”, como la llamaba la inolvidable Oriana Fallaci, no está satisfecha todavía con la sangre derramada de generaciones de integrantes de un pueblo que tuvo que deambular durante 2000 años por el mundo hasta poder recuperar nuevamente su suelo patrio? ¿Envidia la poderosa UE (Unión Europea) de 28 países y más de 300 millones de habitantes a la pequeñita Israel, único Estado Judío rodeado de 58 Estados Árabes y Musulmanes que tiene 8 millones de seres de los cuales solo 6 millones y medio son judíos?

¿Con qué derecho se atreven los holandeses, franceses, noruegos y belgas a decirles a los pocos judíos que quedaron con vida después del vil Holocausto provocado por los nazis, del cual la gran mayoría de ellos fueron indiferentes o colaboradores, que sería mejor que se vayan de Europa?

Oriana Fallaci escribió dos históricas proclamas en las que recrea el espíritu combativo de Emilio Zola con su “YO ACUSO” sobre el Caso Dreyfus. En la primera de ellas exclama: “YO ME AVERGÜENZO”. “De Francia, la Francia de la Libertad – Igualdad – Fraternidad, que permite se quemen sinagogas, se aterrorice a los hebreos y se profanen sus cementerios”.

“De que en Italia exhiban pancartas con esvásticas sobre la frente de los líderes israelíes berreando injurias contra Israel”.

“De Holanda, Alemania y Dinamarca donde jóvenes se cubren con el pañuelo palestino tal como lo hacían los imberbes nazis y fascistas”. Si Oriana viviera, seguramente también se hubiese avergonzado del “Boikott” que el gobierno Socialista de Noruega mantiene con Israel y de inculcar a sus niños la falacia de que los terroristas del Hamas son las víctimas y los israelíes los victimarios.

De igual manera Fallaci se sentiría avergonzada de Gran Bretaña que permite y tolera que los judíos ingleses deban vivir, en pleno centro de Londres, ocultando su origen por el temor de ser atacados ellos y sus comercios, los hombres por usar kipá y las mujeres por llevar en sus cuellos un “Jai” (vida) o un Maguen David (estrella de David).

El segundo alegato aparecido en el “Corriere della Sera (2/12/02) dice:

“ESTOY CON ISRAEL, ESTOY CON LOS JUDÍOS”.

En una encuesta europea realizada en 2013 (Fundación Ebert) se consultó que países eran los más peligrosos para la paz mundial: el 59% respondió Irán e Israel. En Noruega la cifra ascendía al 74%. Jaim Weitzman, el primer Presidente de Israel, afirmaba en ese entonces que “a los judíos no los quieren en Europa pero tampoco los quieren en Israel”.

No obstante ello el Estado de Israel, siendo la única democracia del Medio Oriente, necesita fortalecerse económica y militarmente para su defensa, por la seguridad de su población y con el fin de seguir recibiendo en su seno a todos aquellos judíos que sientan el aliento del antisemitismo judeofóbico en los países donde residen. La existencia de un Estado Judío es la garantía necesaria para que “nunca más” esta maligna ideología pueda volver a producir los aberrantes avatares sufridos durante siglos por el Pueblo Judío.

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